—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

El golem Juan Sin Miedo

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Maravillas, Manuel Gutiérrez Aragón (1980).

«Saber no puede ser malo», dice Maravillas con una sonrisa de suficiencia. Acaba de cumplir dieciséis años, pero sigue siendo una niña porque aún no tiene miedo. El mago Salomón se lo quitó el día de su primera comunión, le regaló un anillo a cambio y a continuación fue expulsado de la familia.

«El día que hice mi primera comunión pasé llorando mucho tiempo» es la primera frase en off de Maravillas, mientras muestra lo que ocurrió aquel día. Guionistas más torpes pondrían en sus labios frases dramáticas, del estilo «esa fue la última vez que lloré», pero los de Maravillas son elegantes: lo siguiente que dice la chica sobre el tema, ya no en off, es que ella no sabe llorar. No le hace falta. Adopta un papel de adulta, bregando con un padre irresponsable y falsamente infantil al que desprecia porque no se da cuenta de lo que le ocurre en realidad. No se da cuenta porque sólo es una niña representando un papel y para eso no hacen falta lágrimas, sino concentración. La razón se impone. Por algo se le dan bien las matemáticas (y también la física) y calma ansiedades dibujando exquisitas esferas armilares que, ¿acaso nos extraña?, gravitan en una oscuridad sin matices…

El anillo que Salomón le regaló ya le está pequeño. «No pasa nada, te lo cambio por este otro». Ya podría ser igual de fácil cambiar el cascarón de la ausencia de miedo, que también aprieta. Toca deshacerse de él y es el primer amor perdido el que sacude la situación. Siempre lo es. El amor perdido derriba las máscaras y las certezas, y vierte el dique de las emociones contenidas. Ah, ¿pero estaban ahí? Sí, ahí estaban. El chaval es feo, ¡por qué serás tan feo! Pero te quiero. Te quiero.

El chaval comete un crimen por amor (de padre). Salomón le obliga a confesar y Maravillas se queda sola.

En la última secuencia, cada uno de los personajes tiene su frase. Revolotean en torno a la chica, ocupados en la tarea de aterrizar al padre en el mundo adulto. Ilusos. Ella permanece muda, por primera vez en silencio. El amor perdido duele. La traición de Salomón duele. «He pretendido ayudarte, pero no sé si lo he conseguido. ¿Lo he conseguido? Contéstame, ¿lo he conseguido?», pregunta el mago. No va a ser éste el momento en que Maravillas hable. Sigue atravesando Estigia. En silencio, le devuelve el segundo anillo y él comprende que no. Pero yo dudo de si su fracaso ocurrió hace un par de días, cuando arrancó la confesión que privaría a Maravillas del amor, o hace años, arrebatándole el miedo el día de su primera comunión.

Maravillas llora. La voz de su padre dice «se vive como se sueña: solos». Y ella le ve y le entiende por primera vez.


Nabokov y la creación de mundos nuevos

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La creación de mundos nuevos
Una obra de arte es la creación de un mundo nuevo, sin conexión con los mundos que ya conocemos. El escritor es el primero en trazar su mapa y poner nombre a los objetos naturales que contiene. El tiempo y el espacio, el color de las estaciones, el movimiento de los músculos y de la mente no son para los escritores de genio nociones tradicionales, sino una serie de sorpresas extraordinarias que los artistas maestros han aprendido a expresar a su manera personal.

La magia de una buena novela
Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal.

El poder de los detalles
Debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Tenemos que ver cosas y oír cosas: visualizar las habitaciones, las ropas, los modales de los personajes de un autor. El color de los ojos de los protagonistas y el mobiliario de su pequeña y fría habitación, son importantes.

Corazón humano, mundo cerrado, estilo y técnica

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Arturo Pérez-Reverte:
Las únicas novelas válidas de verdad son las que hablan del corazón humano y a través de él nos asoman al mundo real. Lo otro es simple evasión y folclore. Legítimo, por supuesto.

Francisco Umbral:
Una novela es un mundo cerrado o no es nada. Una novela es un ambiente, un clima, según la certera expresión de Maurois, y el novelista incapaz de crear ambientes, o que los desprecia (Unamuno) siempre queda un poco como descarnado y no acaba de situarnos en un mundo que previamente no ha creado.

Francisco Umbral:
Ni el estilo es un sueño ni la técnica es un esnobismo. Estilo y técnica, al presentar las cosas de otra forma, presentan ya otras cosas. O las presentan o otro nivel. La literatura, hoy, por cansancio de sí misma y por invasión de los géneros visual/narrativos, como la televisión y el cine, se ha refugiado en la "literaturidad". Lo cual es todo lo contrario a un exceso de palabras o "palabrería", como pueda creer un juicio vulgar. No hay que imitar con palabras la imagen cinematográfica, sino, mediante las palabras, llevar la narración a un plano intraducible en imágenes: literaturidad. En eso estamos.

Tabaco

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Heaven Knows, Mr. Allison, de John Huston (1957).

Hay dulzura, respeto y elegancia en esta historia de aventuras de un marine y una monja, solos a ratos en una isla de los mares del Sur durante la Segunda Guerra Mundial. No por nada una liga católica puso a uno de los suyos en el rodaje para asegurarse de que ninguna escena blasfemaba contra los votos de la casi esposa de Dios.

Y sin embargo, consigue Huston incluir ese momento escandaloso en el que el enamorado, respetuosísimo, protector marine, en plena borrachera de sake, rompe la pipa en mil pedazos contra la pared diciendo «de qué me sirve una pipa en esta isla si no tengo tabaco».


Bengala

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Pasa A. radiante, no de alegría, no de seguridad, sino brillando desde su blusa de tejido carnavalesco color oro y el collar del mismo tono que atrae las miradas a su cuello.

Pienso que debería hacer esto más a menudo: olvidarse de vez en cuando de sus colores oscuros de mujer discreta y no satisfecha con ningún aspecto de su vida actual, a causa de la debacle que está resultando el profesional. En voz alta le digo que le sientan bien los tonos claros.

Ella me mira con esa sonrisa que siempre acompaña de un encogimiento de hombros, y me cuenta que acaba de estar en una reunión con esa gran institución con la que negocian ella y otras personas de su empresa. Esa que la boicotea sistemáticamente con el objetivo de, según ella, quitarla de en medio. «Al decidir esta mañana en casa qué ropa me pondría para la reunión, pensé que ya que iban a ignorarme por completo, como así ha sido», me dice, «al menos les obligaría a verme».

Yo aprendo, aprendo. Sigo aprendiendo.


Lo que tiene que decir el autor

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El caso es que el karma es un asunto muy serio en ficción, porque constituye el mayor indicador de las intenciones de un autor a nivel moral. Si entendemos que el autor puede disponer todas las piezas que hay en una historia como a él se le antoje, entendemos también que las cosas buenas y malas les ocurren a unos u otros personajes porque dicho autor tiene algo que decir, y que ese algo se traduce en quién es recompensando o castigado. Lo habitual es que el castigo recaiga en el villano, pero también es posible que recaiga en el héroe; quizá para recalcar un camino incorrecto para dicho héroe, o puede que para esbozar un discurso en el que el heroísmo no tiene cabida. Lo mismo ocurre con la recompensa: en quién recaiga ésta determinará qué clase de visión mantiene el autor.

Guillermo García Lapresa en Fabulantes: http://www.fabulantes.com/2016/01/iznogud-rene-goscinny-jean-tabary/

«Luego después»

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La gran belleza, de Paolo Sorrentino (2013).

Las raíces son importantes, Jep Gambardella. Hipnotiza el remix de Raffaella Carrá recordando que en esto de hacer el amor debes tomar la iniciativa. El ritmo machacón arrastra vuestras caderas y también las nuestras, nuestros pies y la parte atávica de nuestro cerebro que nos hace follar, cantar, bailar. ¿Bailar? ¿Es bailar una necesidad de las entrañas, o una de las más refinadas costumbres sociales? ¿Es instintiva, radical (de “raíz”), la liberación de la bacanal, o exige un esteticismo que se regodea en el uso aberrante de los sentidos? El olfato se retrae para dejar pasar la raya de coca, el tacto se vuelve solipsista y deja que las manos se acaricien solo a sí mismas, la vista demanda que en algún punto de la mirada se despliegue el espectáculo de un striptease femenino, sin registrar lo ajenos que son a la fiesta la propia mujer, el 'clic' de los corchetes de su corsé al abrirse y el 'flop' de su abanico de plumas al golpear la piel. A la mañana siguiente —dentro de un par de horas— nadie recordará que estaba ahí. Ah, pero si hubiera faltado...

Aprecias que tus amigos menos hipócritas lleven a Roma en el nombre. Y sin embargo... La carente de afectación Ramona se estremece ante la niña artista que llora creando, y desvía la vista con pudor respetuoso cuando contempla cómo se desmorona tu afectación de 'socialité' en el funeral: porque está observando cómo inicias lentamente el camino hacia las raíces, y ese es un viaje demasiado íntimo. Enferma mortal de normalidad, se extingue con discreción no sin antes regalarte cinco minutos más de su compañía.

En cuanto a Romano, no consigue permanecer indiferente a la belleza más sofisticada (la frivolidad más despiadada) de la ciudad, y la abandona. Te abandona. ¿Quién cuidará de ti ahora, Jep? ¿Habrían estado bien empleados sus cuidados?

La Roma clásica, que hace tanto siglos hizo suyos los mitos griegos que habían desentrañado el aparato humano, sostiene en silencio, qué remedio le queda, el postureo conceptual de los tiempos que tocan. El tan majestuoso como invisible acueducto se deja colocar un poco de gomaespuma para que la artista de moda que se alimenta de vibraciones haga su alegato. La niña llora al elaborar el cuadro postmodernista; mientras tanto, su madre la mira con algo que por su bien debería ser aprensión y el discretísimo poseedor de todas las llaves del clasicismo italiano, que duerme a oscuras en los palacios vacíos, se retrae hacia una esquina del jardín.

Dentro de quince años, a esa otra niña extasiada ante la fuente tallada como una gran cabeza le sabrán a poco las sensaciones fuertes de las drogas blandas, las sofisticaciones del arte conceptual y las exquisiteces del sexo tántrico sin sentimiento. Pocas cosas la conmoverán, y serán sacudidas bastardas o a destiempo, que durarán un instante o la decepcionarán. Aquella novela que empezaba con una pregunta, "¿quién soy yo?", terminaba con una sentencia: "la belleza será convulsiva, o no será". ¿Te has dado cuenta? ¿Lo sabes ya?

«¿Qué haréis esta noche?», le preguntas un día al viudo de tu primer amor —que juró adorarla para siempre— y a su nueva pareja. «Plancha, copa de vino, un rato de tele y a la cama», te responde. Planazo. «¿Y tú?». ¿Desenfreno hasta el amanecer, le respondes? ¿Música y baile de los que te hacen caer rendido? ¿Drogas de gran pureza y mujeres bellísimas a tu disposición? ¿Cotilleo y pseudo-intelectualismo? ¿Festival de los sentidos en tu terraza de alto standing que se abre sobre el Coliseo y bajo la noche romana? Lo que hay detrás de esta mundanidad es más simple: «Beberé mucho, sin llegar al punto de volverme pesado, y me acostaré cuando vosotros os levantéis». Planazo.

Qué banal es tu cotidianidad, Jep Gambardella. Ya te has dado cuenta. En este punto podrías decidir navegar bajo el viento cómodo de la decadencia, pero en su lugar empiezas a desandar tantos años de cinismo de altos vuelos y naderías sensoriales para volver a tus raíces. No para lamentar la pérdida de tu primer amor, sino para recordar al que eras y lo que te hacía sentir la vida entonces.

Por eso los cuidados de tus amigos habrían estado bien empleados. Porque eliges desaprender el mundo, rey de los mundanos, y la agotadora obligación de estar en él.

Es entonces, entonces sí, cuando tu nueva novela puede comenzar.



Ilustración de Robert Nippoldt