—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

«Luego después»

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La gran belleza, de Paolo Sorrentino (2013).

Las raíces son importantes, Jep Gambardella. Hipnotiza el remix de Raffaella Carrá recordando que en esto de hacer el amor debes tomar la iniciativa. El ritmo machacón arrastra vuestras caderas y también las nuestras, nuestros pies y la parte atávica de nuestro cerebro que nos hace follar, cantar, bailar. ¿Bailar? ¿Es bailar una necesidad de las entrañas, o una de las más refinadas costumbres sociales? ¿Es instintiva, radical (de “raíz”), la liberación de la bacanal, o exige un esteticismo que se regodea en el uso aberrante de los sentidos? El olfato se retrae para dejar pasar la raya de coca, el tacto se vuelve solipsista y deja que las manos se acaricien solo a sí mismas, la vista demanda que en algún punto de la mirada se despliegue el espectáculo de un striptease femenino, sin registrar lo ajenos que son a la fiesta la propia mujer, el 'clic' de los corchetes de su corsé al abrirse y el 'flop' de su abanico de plumas al golpear la piel. A la mañana siguiente —dentro de un par de horas— nadie recordará que estaba ahí. Ah, pero si hubiera faltado...

Aprecias que tus amigos menos hipócritas lleven a Roma en el nombre. Y sin embargo... La carente de afectación Ramona se estremece ante la niña artista que llora creando, y desvía la vista con pudor respetuoso cuando contempla cómo se desmorona tu afectación de 'socialité' en el funeral: porque está observando cómo inicias lentamente el camino hacia las raíces, y ese es un viaje demasiado íntimo. Enferma mortal de normalidad, se extingue con discreción no sin antes regalarte cinco minutos más de su compañía.

En cuanto a Romano, no consigue permanecer indiferente a la belleza más sofisticada (la frivolidad más despiadada) de la ciudad, y la abandona. Te abandona. ¿Quién cuidará de ti ahora, Jep? ¿Habrían estado bien empleados sus cuidados?

La Roma clásica, que hace tanto siglos hizo suyos los mitos griegos que habían desentrañado el aparato humano, sostiene en silencio, qué remedio le queda, el postureo conceptual de los tiempos que tocan. El tan majestuoso como invisible acueducto se deja colocar un poco de gomaespuma para que la artista de moda que se alimenta de vibraciones haga su alegato. La niña llora al elaborar el cuadro postmodernista; mientras tanto, su madre la mira con algo que por su bien debería ser aprensión y el discretísimo poseedor de todas las llaves del clasicismo italiano, que duerme a oscuras en los palacios vacíos, se retrae hacia una esquina del jardín.

Dentro de quince años, a esa otra niña extasiada ante la fuente tallada como una gran cabeza le sabrán a poco las sensaciones fuertes de las drogas blandas, las sofisticaciones del arte conceptual y las exquisiteces del sexo tántrico sin sentimiento. Pocas cosas la conmoverán, y serán sacudidas bastardas o a destiempo, que durarán un instante o la decepcionarán. Aquella novela que empezaba con una pregunta, "¿quién soy yo?", terminaba con una sentencia: "la belleza será convulsiva, o no será". ¿Te has dado cuenta? ¿Lo sabes ya?

«¿Qué haréis esta noche?», le preguntas un día al viudo de tu primer amor —que juró adorarla para siempre— y a su nueva pareja. «Plancha, copa de vino, un rato de tele y a la cama», te responde. Planazo. «¿Y tú?». ¿Desenfreno hasta el amanecer, le respondes? ¿Música y baile de los que te hacen caer rendido? ¿Drogas de gran pureza y mujeres bellísimas a tu disposición? ¿Cotilleo y pseudo-intelectualismo? ¿Festival de los sentidos en tu terraza de alto standing que se abre sobre el Coliseo y bajo la noche romana? Lo que hay detrás de esta mundanidad es más simple: «Beberé mucho, sin llegar al punto de volverme pesado, y me acostaré cuando vosotros os levantéis». Planazo.

Qué banal es tu cotidianidad, Jep Gambardella. Ya te has dado cuenta. En este punto podrías decidir navegar bajo el viento cómodo de la decadencia, pero en su lugar empiezas a desandar tantos años de cinismo de altos vuelos y naderías sensoriales para volver a tus raíces. No para lamentar la pérdida de tu primer amor, sino para recordar al que eras y lo que te hacía sentir la vida entonces.

Por eso los cuidados de tus amigos habrían estado bien empleados. Porque eliges desaprender el mundo, rey de los mundanos, y la agotadora obligación de estar en él.

Es entonces, entonces sí, cuando tu nueva novela puede comenzar.



Ilustración de Robert Nippoldt