Las puntas de los dedos acarician el gotelé de la pared al compás de las embestidas. Las muñecas se unen tras la cabeza por el abrazo de las ataduras de cuero grueso, aprisionadas en el cabecero de la cama. Las piernas se entrelazan a la espalda del objeto principal de placer. Y los ojos, ciegos bajo el antifaz, suplican al cuerpo que tire sin ellos.
Por eso la piel se eriza más de lo normal con el aceite caliente que la baña, mientras unas manos hábiles la esparcen por el torso. Cada milímetro del pecho, desde la base hasta la punta, siente el jugueteo del vibrador, las papilas gustativas de la lengua sinuosa y los bordes de los dientes que improvisan la tortura dulce, no se sabe dónde ni con qué cadencia. Los pliegues interiores acogen al visitante duro y lubricado, y no poder leer el rostro que está a solo unos centímetros de distancia incorpora el placer añadido de la incertidumbre. ¿Qué movimiento hará a continuación? ¿Seguirá con los embates rítmicos o abandonará la plaza, ahora que ya la sabe rendida? ¿Cuándo lo hará exactamente? ¿Cuánto tiempo durará todavía la visita al cielo? ¿Cuántos orgasmos más se puede experimentar en una sesión de control, tan suave que no llega a sumisión?
Desde aquella conversación en la que expresó apuro por hablar de masturbaciones, hasta la falda y el sujetador que aguardan el momento de hacer su aparición (ocultos en una bolsa que hace tiempo que no ve la luz) han pasado exactamente ciento dieciocho días de idealización en evolución y cambio. En este tiempo las mentes, que volaban a la par por una pista deslizante
sin rozamiento, han tropezado ya con sus propias limitaciones. Es la cara B de conocerse más, que haya una mayor cercanía y ser incapaces a veces de encontrar palabras certeras, pero no puede ser de otra forma. La idealización no puede pulir con su cera el camino entero. Si lo hace es que el camino está destinado a ser corto, o el vínculo, artificial.
Algo más lejos, en la otra habitación, una conversación en un móvil guarda los secretos más íntimos de una emoción genuina y pura, exultante y segurísima de sí por primera vez desde siempre. Está vigente, pero hay algo flotando en el ambiente que sugiere que su momento quedó atrás. Por eso, aunque no se mata, tampoco se cultiva. Se protege como un tesoro propio, más que compartido, y que desaparezca o crezca como quiera. Como también hacen lo que quieren un tongueboy y una maravidiosa cuando se abandonan a la deviciosa perdiversión.
Es lo que tiene que ser.
La otra conexión aún no se acaba. Volveremos a flotar ingrávidos en el agua tibia; traeremos a la luz la vertiente voyeur; intercambiaremos roles; exploraremos los límites.

