Durante la pausa tensa que precede teatralmente a una sentencia aleccionadora, demoledora o ingeniosa, solemos temer lo que pueda salir de ahí. ¿Una verdad como un templo? ¿Palabras grandilocuentes y vacías a mayor gloria del guionista? Por suerte, a veces recibimos el regalo de las palabras justas.
En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:
–¿Por qué tenemos que morir?
Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:
–Para que la vida sea importante.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
En el episodio piloto de "A dos metros bajo tierra", un recién fallecido Nathaniel Fisher charla con su hija, tomando el sol en una tumbona. Has tenido suerte, le dice ella. Sí, fue tan rápido que no hubo tiempo de tener miedo ni de pensar en ello; nada de responsabilidades, responde él. Se acabaron las preocupaciones y el aburrimiento.
Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.
Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.
Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
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