—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Jaulas al viento

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El ser humano deja su huella inmortal en trozos de nubes y pone luego jaulas al viento para que no los destruya. Pierde todas las batallas individuales pero gana la gran guerra contra el olvido. ¿O quizá habría que formularlo al revés? Gana la gran guerra contra el olvido, pero pierde todas las batallas individuales. El lenguaje no es conmutativo y las batallas personales son importantes, aunque sean pequeñas. Lo son todo, en realidad, pues hay que estar hecho de una pasta especial para que decidas anteponer la deriva del mundo al derrumbe del tuyo. Esos son los héroes de la historia.

 

Dentro de nuestro discreto ámbito de influencia, hagamos cosas nobles entre tanta mezquindad.

 


 

 

 

- He visto el mundo, rey del sueño. He cabalgado los desiertos y visto las rocas, los viejos muros y las estatuas devastados por el viento del desierto en las tierras baldías de arena. Y el viento y la arena se levantan de nuevo y los restos de las ciudades, palacios y dioses se desvanecen durante otra edad del hombre... sepultados en el olvido... no puede ser de otra manera, ¿cierto?

+ Posiblemente...

- Pero solo Alá lo sabe todo. En efecto.

El sendero del tiempo

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Salta el corazón disgustado cuando le toca el turno a 'Agua' de Jarabe de Palo en la lista de reproducción. No cabe escuchar más canciones de esos labios después de la sabiduría clarividente de 'Eso que tú me das'. Como mucho 'Bonito' y 'Depende', íntimamente relacionadas con lo que vendría después. Pero ahora él no está, ya no es. Así de fácil es quedarnos con cara de tontos al momento de cruzar de la vida a la muerte. ¿De veras me frustré por aquello? ¿Será cierto que tal cosa me desveló durante tantas noches? ¿En serio fui yo quien reaccionó tan mal a aquello otro? A veces no da tiempo a darse cuenta, pero incluso si lo da, allá cuando se acerca la hora, no sirve de nada: tú lamentas haber dado importancia a lo que nunca lo tuvo, y los demás no escarmientan en cabeza ajena.

 

Algunos privilegiados se dan cuenta mientras caminan por el tiempo. Cada cual que lo gestione como pueda.

 

Rueda el trueno por la alfombra de nubes del cielo de Madrid mientras atardece y yo veo mi vida tras de mí y ante mí. Caminamos por el tiempo hacia atrás, es decir, de espaldas, mirando siempre hacia el pasado sin ver dónde ponemos los pies. Si nos diéramos la vuelta no ganaríamos mucho con la vista del futuro: una oscuridad en la que se van destacando bultos informes, cada vez más nítidos a medida que los tenemos a centímetros de la cara. Interactuamos un instante con ellos, estrechamos sus manos para confirmar humo, lamemos su glande en el punto exacto que conduce al éxtasis, reímos y les queremos cuanto dure, nos maravillamos con la naturaleza siempre cambiante, siempre la misma, un pincho de tortilla que viene a nuestros labios, un accidente de coche, una enfermedad, cientos de sorpresas, aprendizaje continuo que no se sabe hacia dónde va. Y luego se proyectan hacia el pasado, estirándose durante el tiempo que comparten nuestro presente.

 

Ciertamente curiosa, la vida esta. Cuando se ve de esta forma podría haber la tentación de no aferrarse y, aun así, unas cuantas personas, ideas y cosas al azar se acercan al calor de nuestro corazón y allí se quedan. Es inevitable. Somos seres con una enorme capacidad de apego y no hay mayor placer en este sinsentido que encontrar a "nuestra gente", "nuestra pasión", aquello que se sincroniza con el paso de nuestra alma.

 

Por eso no debería caber disgusto con 'Agua', porque es fundamentalmente una canción de vida. Vida que todavía está. Todavía es. Todavía tiene capacidad de dolernos pero también de sorprendernos. 




Sueños

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En el tsunami de emociones que embarga al decidir un nuevo rumbo vital, se entromete una tentación enemiga: la pereza (más bien la abulia, pero para que nos entendamos). Al sentir que lo que tienes ya no encaja en lo que eres, el esfuerzo para continuarlo es doble. No, triple... "¿Durante cuánto tiempo más deberé seguir por este camino que me estresa, me amarga y me envejece? ¿No sería mejor soltar el lápiz, dejarlo todo y cobijarse en el refugio temporal, yo que puedo hacerlo, para recargar energías y ánimos allí donde me quieren bien y lamerán mis heridas?".

 

En esas épocas, la fantasía de nuestros sueños explota en una exuberancia orgásmica y saca a la luz nuestros paraísos interiores: ciudades laberínticas de luz crepuscular, llenas de situaciones y misterios; cielos por los que te elevas remando en una silla desde la que observas el mundo a tus pies, lejos de ti, incapaz de mancharte ni herirte; encuentros de buen augurio con quienes viajas en compañía; veleros con los que navegas por los mares del Sur, llenos de azul y de luz... Esos mundos que también somos nosotros, mundos en los que lo indefinido que nos habita y que durante el día está muy enterrado, prácticamente olvidado, pasa al primer plano y nos convertimos en seres que no trabajan ni ven la televisión ni usan el móvil, sino que fundamentalmente (1) exploran y (2) se relacionan. ¿No es eso acaso lo que hacíamos hace milenios, justo antes de dejar el edén de los cazadores-recolectores y embarcarnos en las preocupaciones, las enfermedades y las diversas esclavitudes del sedentarismo?

 

En esos momentos de hermosa tentación, busco alguna perla de sabiduría con la que encontrarle un sentido al desatino de añadirse arrugas a propósito. Deseando que alguien me recuerde que los seres humanos valientes son aquellos que resisten las adversidades. Resistir, resistir... Nadie vale la pena si abandona el camino demasiado pronto, si no aguanta un poco más hasta que sus músculos estén a punto del desgarro y su cerebro medio frito por las tensiones. "Sé como aquel que, sí vale, tuvo dos infartos seguidos, pero llevó con orgullo las galas de haber resistido algo parecido a las calderas del infierno". 

 

Finalmente, encuentro el apoyo en un lugar insospechado, escrito por alguien de quien no sé si es sabio permanente gracias a la experiencia, o momentáneo debido al dolor: "Hay que permanecer para ganar y para tener la posibilidad y la libertad de irte con garantías", dice. Y yo le creo.

 

Entonces las fuerzas reverdecen. Porque para convertir en reales los sueños que están por venir, y que en cuestión de semanas empezarán ya a formarse en el vientre, es necesario algo muy mundano: el vil dinero. Si ese es el juego, lo jugaré hasta el final y afrontaré la tormenta con un café en las manos y una sonrisa en los labios: porque, al menos de momento, resistir hace más real la posibilidad de que la victoria final sea mía. 

 


 


Ponerse moreno

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Una vez tomada la decisión de un cambio vital, te conviertes en extranjero en tu propia vida hasta que "aquello" llega; alguien que está de paso y a quien de pronto todo le parece ajeno y desajustado, quizá curioso y a veces estimulante, pero no del todo importante, no del todo real como sí lo es Ese Otro Lugar, tu País Verdadero, que guardas en el corazón y que te espera en el pasado o en el futuro.

 

Entonces empiezas a comportarte como alguien que ha decidido ponerse permanentemente a la sombra porque ya no confía en ese sol que le quema tanto como le alumbra. Y esto tiene consecuencias, claro, sobre todo si, para no ponerte en evidencia demasiado pronto, te esfuerzas por fingir que aún tienes la capacidad de ponerte moreno.

 

Decía Marco Aurelio que no hay objetivo individual aceptable que no pase por el bien común. Hoy no hay mayor contribución al bien común que fomentar que en el mundo haya:

  1. Más silencio
  2. Menos prisa
  3. Más profundidad (*)

 

¿Tendrás la fortuna de formar parte del gremio de creadores de tales rarezas? Quién sabe, pero mientras tengas vida inténtalo, un paso detrás de otro.

 

(*) Habría todavía una cuarta: más simplicidad. Pero eso nunca pudo ser...