En el tsunami de emociones que embarga al decidir un nuevo rumbo vital, se entromete una tentación enemiga: la pereza (más bien la abulia, pero para que nos entendamos). Al sentir que lo que tienes ya no encaja en lo que eres, el esfuerzo para continuarlo es doble. No, triple... "¿Durante cuánto tiempo más deberé seguir por este camino que me estresa, me amarga y me envejece? ¿No sería mejor soltar el lápiz, dejarlo todo y cobijarse en el refugio temporal, yo que puedo hacerlo, para recargar energías y ánimos allí donde me quieren bien y lamerán mis heridas?".
En esas épocas, la fantasía de nuestros sueños explota en una exuberancia orgásmica y saca a la luz nuestros paraísos interiores: ciudades laberínticas de luz crepuscular, llenas de situaciones y misterios; cielos por los que te elevas remando en una silla desde la que observas el mundo a tus pies, lejos de ti, incapaz de mancharte ni herirte; encuentros de buen augurio con quienes viajas en compañía; veleros con los que navegas por los mares del Sur, llenos de azul y de luz... Esos mundos que también somos nosotros, mundos en los que lo indefinido que nos habita y que durante el día está muy enterrado, prácticamente olvidado, pasa al primer plano y nos convertimos en seres que no trabajan ni ven la televisión ni usan el móvil, sino que fundamentalmente (1) exploran y (2) se relacionan. ¿No es eso acaso lo que hacíamos hace milenios, justo antes de dejar el edén de los cazadores-recolectores y embarcarnos en las preocupaciones, las enfermedades y las diversas esclavitudes del sedentarismo?
En esos momentos de hermosa tentación, busco alguna perla de sabiduría con la que encontrarle un sentido al desatino de añadirse arrugas a propósito. Deseando que alguien me recuerde que los seres humanos valientes son aquellos que resisten las adversidades. Resistir, resistir... Nadie vale la pena si abandona el camino demasiado pronto, si no aguanta un poco más hasta que sus músculos estén a punto del desgarro y su cerebro medio frito por las tensiones. "Sé como aquel que, sí vale, tuvo dos infartos seguidos, pero llevó con orgullo las galas de haber resistido algo parecido a las calderas del infierno".
Finalmente, encuentro el apoyo en un lugar insospechado, escrito por alguien de quien no sé si es sabio permanente gracias a la experiencia, o momentáneo debido al dolor: "Hay que permanecer para ganar y para tener la posibilidad y la libertad de irte con garantías", dice. Y yo le creo.
Entonces las fuerzas reverdecen. Porque para convertir en reales los sueños que están por venir, y que en cuestión de semanas empezarán ya a formarse en el vientre, es necesario algo muy mundano: el vil dinero. Si ese es el juego, lo jugaré hasta el final y afrontaré la tormenta con un café en las manos y una sonrisa en los labios: porque, al menos de momento, resistir hace más real la posibilidad de que la victoria final sea mía.