Se acaba de ir, dejándome el rastro de su colonia nueva en la casa y el de su esencia en mis manos. "Te dejo con la lectura", me ha dicho con una sonrisa señalándome el mejor de los tres libros que me ha prestado. Y yo he dicho que sí, convencida de que así sería. Pero en cuanto he recogido y me he tumbado en el sofá, he puesto la canción. Una vez. Dos. Tres. Seguramente cuatro. He buscado la letra y su intención (es obvia, pero por si acaso). Incluso he saltado a algún otro tema del disco, al que le prestaré atención con calma muy pronto. Luego he vuelto a escucharla por quinta vez.
Porque ya en la segunda vuelta había ocurrido esa cosa infrecuente, imposible de definir aunque lo voy a intentar: una parte muy concreta de la canción ha encarnado todo lo que veo en él. Pero no ha sido 'solo pretendo ser yo'; ni siquiera 'creeremos un ratito en Dios' ni esa frase que comienza con 'es demasiado grande...', porque eso sería lo que me hace sentir y aquí estoy hablando de lo que él es.
Y él es ese riff de guitarra que se repite tres veces: justo al principio, en 2:18 y justo al final.
Mi cultura musical va por libre. No soy muy de artistas ni de grupos, o sí, pero de manera muy deslavazada y poco estructurada. A mí sobre todo me provocan terremotos ciertas melodías, ráfagas musicales, destellos de genialidad encarnada en una de las infinitas combinaciones de las siete notas. Quizá viene de la sospecha de haber tenido oído absoluto cuando era niña. Lo que sí sé es que mi relación con la música es sinestésica porque, siendo un estímulo auditivo, me provoca certezas táctiles y visuales.
El riff es la certeza de que él existe. De que, en alguna parte del mundo, su mirada verde y su atención se están fijando en algo o en alguien. Que sus sentidos están abiertos a lo que la vida quiera ofrecerle. Que a su vez comparte su voz, sus ideas y reflexiones con quien quiera escucharlas. Que él, y no otro, está pasando por el mundo ahora, hoy, en este instante. Que tiene mucho placer para dar. Que es importante sin duda para muchas personas. Que deja huella. Que está.
Y al margen de todo lo que me genera, qué suerte tiene el mundo de que él esté.
