—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Grande

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Se acaba de ir, dejándome el rastro de su colonia nueva en la casa y el de su esencia en mis manos. "Te dejo con la lectura", me ha dicho con una sonrisa señalándome el mejor de los tres libros que me ha prestado. Y yo he dicho que sí, convencida de que así sería. Pero en cuanto he recogido y me he tumbado en el sofá, he puesto la canción. Una vez. Dos. Tres. Seguramente cuatro. He buscado la letra y su intención (es obvia, pero por si acaso). Incluso he saltado a algún otro tema del disco, al que le prestaré atención con calma muy pronto. Luego he vuelto a escucharla por quinta vez.

 

Porque ya en la segunda vuelta había ocurrido esa cosa infrecuente, imposible de definir aunque lo voy a intentar: una parte muy concreta de la canción ha encarnado todo lo que veo en él. Pero no ha sido 'solo pretendo ser yo'; ni siquiera 'creeremos un ratito en Dios' ni esa frase que comienza con 'es demasiado grande...', porque eso sería lo que me hace sentir y aquí estoy hablando de lo que él es.

 

Y él es ese riff de guitarra que se repite tres veces: justo al principio, en 2:18 y justo al final.


Mi cultura musical va por libre. No soy muy de artistas ni de grupos, o sí, pero de manera muy deslavazada y poco estructurada. A mí sobre todo me provocan terremotos ciertas melodías, ráfagas musicales, destellos de genialidad encarnada en una de las infinitas combinaciones de las siete notas. Quizá viene de la sospecha de haber tenido oído absoluto cuando era niña. Lo que sí sé es que mi relación con la música es sinestésica porque, siendo un estímulo auditivo, me provoca certezas táctiles y visuales.


El riff es la certeza de que él existe. De que, en alguna parte del mundo, su mirada verde y su atención se están fijando en algo o en alguien. Que sus sentidos están abiertos a lo que la vida quiera ofrecerle. Que a su vez comparte su voz, sus ideas y reflexiones con quien quiera escucharlas. Que él, y no otro, está pasando por el mundo ahora, hoy, en este instante. Que tiene mucho placer para dar. Que es importante sin duda para muchas personas. Que deja huella. Que está.


Y al margen de todo lo que me genera, qué suerte tiene el mundo de que él esté.




Silencio musical

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Cosas del silencio que también son musicales

 

Un jardín de campánulas recién lavado por la lluvia.

 

Las cajas de madera diminutas.

 

Una mujer que, cerca del río, escribe una sonata para el hombre que la sueña.

 

La caída de la nieve.

 

Un cementerio de pájaros.

 

El humo de las varas de incienso.

 

La muerte de las magnolias. En ellas se puede ver, a cierta hora de luz ámbar, a un grupo de mujeres danzando una pavana.

 

Un cuerpo que ama. 

 

El rostro de una mujer que llora frente al mar. Si sus ojos son grandes, la música es más hermosa. Es probable que quien la escuche también se ponga a llorar. 

 

Sei Shônagon en 'El libro de la almohada' (siglo X)


Los pequeños instantes y las sensaciones que Sei Shônagon retrató en su diario íntimo hace más de mil años son ya inmortales.

 

En uno de los pasajes se sorprende de que, al contar a otras personas sus impresiones sobre la belleza del rocío que se evapora a medida que transcurre la mañana, éstas apenas se interesaron, ni mucho menos se conmovieron como ella lo hizo. Hoy en cambio sus palabras resuenan en el interior de millones de personas.

 

A mí este fragmento me ha traído a la cabeza (¿es que en algún momento se ha ido de ahí?) a mi Adorador (¿Adorante, como alternativa a Amante?). No le escribo exactamente sonatas, pero mi alma entera canta con alegría desde que le conozco. Y cuando nuestros cuerpos se imantan y se quedan pegados para darse placer, suena la melodía más hermosa de todas.

 


 

En casa

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Llego a casa, la casa de mi infancia, que siempre simboliza que estoy a punto de soñar con algo radical (de "raíz"), algo que surge o se está instalando en lo más profundo dentro de mí. Subo las escaleras pero está oscuro, por algún motivo la luz no funciona. Percibo bultos en los dos tramos de escaleras, pero me las conozco tan bien que los esquivo sin problemas y llego arriba enseguida. Voy algo apurada, porque en el reloj me ha parecido ver que son las nueve menos cinco y debería ponerme a trabajar lo antes posible.

 

Llamo a la puerta y abre mi hermano. Veo que son solo las ocho y cuarto y que tenemos tiempo de estar juntos un rato. Están los cuatro allí, papá, mamá, los dos hermanos con los que me crié en esa casa; sus yoes de hoy, plácidos, tranquilos. 


Están alrededor de la mesa, reuniendo el pan de molde de varias bolsas a medio consumir en una sola. Les ayudo mientras hablamos. En una transición muy suave, ya es la cocina de la segunda casa, la actual, y se me han caído algunos de los mensajes que compartí ayer con A del móvil a la mesa. Están ahí desperdigados, pequeñitos, verdes y blancos, con una letra diminuta. Los recojo con el dedo índice como cuando se recogen migas de pan, presionando para que se sujeten solos con la fina película de grasa de la yema.

 

En un ejercicio parecido al del trasvase del pan de molde, mientras mi hermana me ayuda sujetando el móvil, yo voy devolviendo los pequeños mensajes a su interior con esmero y por su orden, procurando que no se queden del revés. Y ella los lee, claro. Hablando al aire, a nadie concreto porque los demás han desaparecido, dice (por mí) "se está confesando". Yo le respondo que sí, y que no me importa que lo vea.


Es la primera vez que sueño con el móvil, contradiciendo esta entrada y reafirmando algunas hipótesis científicas sobre lo infrecuente que es. En este momento en el que de él ha surgido un conocimiento propio nuevo, le veo todo el sentido.


Captura

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Una madrugada-ya-casi-mañana de hace 22 años, me crucé en la televisión con un nocturno al piano que me fascinó. Mientras lo escuchaba, era consciente de que, como en aquel momento no tenía manera de grabar la pieza, acabaría por olvidarla al cabo de unos días, como así fue. Por eso, durante aquellos minutos en los que la luna bajaba detrás del horizonte y la primera luz del amanecer acariciaba las copas de los robles, cerré mis ojos y decidí dejarme envolver por la melodía, sabiendo que el placer equivalía al de ver pasar una estrella fugaz.

 

Algo parecido me ocurre hoy con uno de los elementos que forman parte de la esencia de A y que me gustaría recordar para siempre.

 

En cambio hay muchos otros que sí se podrían capturar. Podría por ejemplo describir las sensaciones que me produce, porque aunque las palabras sean limitadas me permitirían evocarlas (las sensaciones) toda la vida. O podría grabar un vídeo de un segundo y medio de nuestros encuentros para guardarlo en 1SE y así inmortalizar su mirada que me contempla como nadie, la textura de su piel, la delicadeza de sus caricias, esa deliciosa singularidad de su nariz, o un segundo y medio de su voz que llevo clavada en el alma.

 

El elemento que no puedo retener de ninguna manera es su olor en mis manos cuando vuelvo de verle, de pasar juntos uno de nuestros "muchos pocos".

 

Dudo que pueda inventarse alguna vez el archivador que consiga hacer perdurar algo tan mágico como un olor. Mágico porque, siendo incorpóreo como la luz y también efímero, es tan poderoso que puede reactivar las memorias olvidadizas y conjurar los recuerdos enterrados en lo más profundo, como bien sabía Proust.

 

Pero no tengo forma de guardarlo. Por eso, cuando llego a casa, cierro los ojos y me abrazo la cara con las manos, para aspirar profundamente cada partícula que ha dejado su rastro mientras mis dedos se bañaban en él. Me recuerda al olor tibio de la madera que fue cortada hace unos días y ha estado apilada al sereno en verano, oculta entre hierbas frescas y aromáticas en un entorno limpio, tranquilo y que produce calma. Tres cualidades que también le definen a él incluso cuando hace brincar todos mis anhelos.

 

Dentro de unos días ya me será imposible evocar este olor de la nada. Pero, a diferencia de aquel nocturno perdido, todo parece confabularse para que pueda engancharlo en mis dedos varias veces más.