—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Demonios en el polvo (2004)

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La isla era sólo silencio. Peter vio que sus pasos le habían llevado al lago de las Sirenas en contra de sus deseos y el recuerdo de Wendy llegó como una exhalación. La dulce Wendy, a la que había prometido que algún día les llevaría allí de nuevo. Y había faltado a su palabra. Cuando regresó a por ellos, el Tiempo había matado su infancia, y él simplemente había dejado de existir para ella. Su nieta se le parecía como una gota de agua a otra, pero no era ella.

El Tiempo es impío en todos los sentidos.

El campamento indio había desaparecido y el olfato ya no recogía el olor picante del humo de las hogueras perpetuas. Los Niños Perdidos habían sido excluidos de la magia de Nunca Jamás hacía eones y sus estragos y huellas habían sido borrados por la maleza; desde entonces se había negado a volver al Árbol del Ahorcado, vencido por la vegetación de un punto de la isla cuya localización, pese a su mucho empeño, no había conseguido olvidar. En cuanto a las Sirenas, habían sido las últimas en irse, espantadas por los cambios, pero eso había sucedido en una época tan lejana, que los oídos habían olvidado ya el eco de sus risas. Así que la isla no era sólo silencio, sino también vacío. Y ahí estaba Peter, antiguo dueño y señor de un Nunca Jamás ahora batido por el viento, del que huyó la magia el día en que el barco pirata partió, rendido al fin; el día en que Peter perdió a quien justificaba su infancia eterna y Campanilla languideció sin aplausos.

Abatido, sin detenerse nunca, bajó a la bahía, donde Smee reposaba sus viejos huesos sobre una roca, con un pie colgando sobre el abismo y la cabeza descansando sobre una mano. Sus ojos estaban entrecerrados. Su respiración era entrecortada y ruidosa. Se estaba quedando dormido con la caña en la mano, pero qué más daba. Por hoy ya no picarían más.

Peter, ya nunca más un niño, se sentó a su lado y dijo sin pensar:

—En las noches más llenas de estrellas me persigue a menudo el recuerdo de aquel tic-tac. He llegado a comprender lo que ese sonido significaba para él.

—Ahhh, el buen y viejo capitán —dijo Smee, casi sin creerse la suerte de que por fin su único vecino le diera una ocasión para hablar de él—. Cuánto se le echa de menos... Cuánto le echo de menos, quiero decir.

Pero Peter asentía ya antes de la corrección, sólo que Smee no lo vio porque intentaba no mirarle. Tarea inútil, pues el cambio agredía también sus oídos. La voz de Peter, grave y ronca, diciendo ahora:

—Me aburre ver mi sombra a mis pies día tras día.

Smee, poco amigo de acertijos y confidencias de doble sentido, acabó por mirarle: los ademanes de Peter, pausados y viriles; su cuerpo maduro y musculoso, semidesnudo desde que la ropa dejó de servirle. El viejo contramaestre intentó recordar a un menudo manojo de nervios encaramado a la baranda del barco, con una mano en la cadera y una sonrisa insolente en el rostro, pero tuvo que apartar la vista para retener la imagen durante más de un segundo.

Se levantó y recogió su caña y sus cuatro peces.

—¿Cenamos?

Peter arrojó un guijarro al agua. El día en el que su hasta entonces mayor enemigo se fue, gritándole desde la lejanía que había ganado, un rival más eficaz se hizo dueño invisible de la isla, apoderándose en distintas formas de todos y cada uno de sus habitantes. Lo invadió todo, sin que Peter supiera qué fuerzas eran precisas para hacerle frente, y el niño eterno empezó a envejecer muy lentamente.

La victoria le había derrotado: su vida estaría repleta de años, solitarios y desconcertados por siempre jamás.

Deber de admisión (2004)

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Eran doce en aquella mesa, y ya estaban a los postres cuando empezó a diluviar. Cuando el señor Groucho vio cómo la lluvia golpeaba los cristales y oyó su chapoteo en las grandes hojas de las plantas de la terraza, yo, que no le perdía de vista, le oí decir "¡ay!", saltar de su silla como un resorte y levantar una mano para pegarme un grito tabernario "¡café, tabaco, licores!".

Se los llevamos. Hasta ese momento el señor Groucho había ocupado la plaza contigua a la de la señora Piccolini, la esposa del célebre corredor de Bolsa, y su conversación me había provocado sudores aunque en la cocina celebraban mi llegada cada vez que volvía de su mesa con nuevas ocurrencias. Ahora había logrado que alguien le prestara un sitio junto a los señores Johnson, Halloway y el propio Patrick Piccolini, aunque obligando a que varias personas se desplazaran un lugar, entre ellas el jefe del gabinete del alcalde.

–Traiga unas cartas, ¿eh? –pidió, gesticulando con el puro y señalando las copas.

–No tenemos, señor –aventuré, porque obviamente no se podía jugar.

–Vamos, no me diga que hay que pedírselas personalmente al gerente –y sus hombros, cuello, cara, nariz y ojos se estiraron hacia arriba para localizar al gerente–. Muchachos, recuérdenme que aconseje este ejercicio a la señora madre de Frank Spaulding. Tiene que ser fantástico para las arrugas.

Viendo cernirse la amenaza de una escena bochornosa, volví adentro y localicé al señor Fitzpatrick, gerente del restaurante. Éste dijo «buéeno, buéeno» abriendo las manos y enseñando todos los dientes, que es lo que hace cuando algún camarero entra contándole que el alcalde ha vuelto a anunciar a su señora que según el señor Fitzpatrick la langosta corre a cuenta de la casa. Con esto quiero decir que estaba encantado de que los señores Marx estuvieran allí, aunque implicara algún desastre. Por lo tanto, sacó una baraja del escritorio de su despacho.

–Siento decirle que no tenemos tapete –me disculpé ante el señor Groucho

–Es una vergüenza que un restaurante que cobra veintiséis dólares por un medallón de lubina no haga las cosas como es debido. Sepa que nos lo quedan debiendo.

Y a continuación, sí, se sacó la pechera, la extendió sobre una parte de la mesa libre ya de platos y copas y pidió a los que iban a ser sus compañeros de juego que sujetaran las esquinas con un codo cada uno.

Al otro extremo de la mesa, el protagonista era el señor Harpo. Alguien había mencionado la guerra de España un momento antes y al pasar por su lado le oí contando una historia que incluía un pintor español, un arpa con cuerdas de alambre de espino y el proyecto de una película en la que arderían jirafas. Es el caso que hablaba con mucha vehemencia y, aunque los invitados tenían su solera y se trataba de una cena de negocios, los que se sentaban a su lado se vieron contagiados y se formó una algarabía con la que los comensales de las otras mesas bregaban de distintas formas; algunos se levantaron y se fueron, lanzando hacia la mesa miradas furibundas que buscaban estérilmente una disculpa, pero otros estaban fascinados; había un hombre en particular que no disimulaba su satisfacción; en su cara podía verse una máquina de escribir tecleando a toda velocidad, quién sabe si para un periódico o para convertirse en el centro de alguna fiesta futura.

(Al día siguiente lo supimos: para un periódico…).

Mientras el señor Groucho y sus compañeros soltaban exclamaciones y hacían muchos aspavientos pero sin despegar los codos ni de la mesa ni del cuerpo para que ni la pechera ni las cartas saltaran por los aires (era de verse cómo en los momentos de tensión se agitaban con un brazo pegado al torso, macizos y rígidos como un alcornoque), el señor Harpo se levantaba de su asiento, gesticulaba, hablaba en voz alta o sacaba una armónica de su smoking para arrancarle cuatro acordes. A propósito, no es cierto lo que afirmó el periodista al día siguiente: el señor Harpo no forzó a cierta hija de cierto senador, que estaba en una mesa vecina, a ejecutar un baile por todo el comedor, sino que ella misma se levantó para bailar cuando él solicitó una pareja y en ningún momento se la vio disgustada.

Por abreviar: pasó el tiempo, ya no llovía, pero todos se sentían en su salsa y, aunque se sabía que no podíamos trasladarles a un reservado, algunos clientes airados que no se resignaban a irse habían pedido al señor Fitzpatrick que tomara cartas en el asunto. El gerente sabía bien que se imponía un telefonazo: cuando Chico Marx entró en el comedor quince minutos después, el señor Harpo había levantado a siete personas de varias mesas y las hacía interpretar una escena de Sopa de ganso para explicársela al secretario del alcalde, que no la había entendido, y, mientras las cartas volaban de un lado a otro, el señor Groucho había adoptado la manía de retar a duelo a algún compañero cada diez minutos y cada cinco ponía una copa sobre su esquina de la pechera para, estuviera fumando o no, ir a pedir fuego a las mesas cercanas donde había señoritas bellas y cortejarlas al vuelo ante las narices de sus acompañantes.

Chico Marx contó a sus hermanos maravillas de la fiesta de la que el señor Fitzpatrick le había sacado, por lo que ambos se despidieron de su mesa con mucho énfasis y se fueron, no sin que antes el señor Groucho me dijera en voz bien alta desde la puerta que al final de la velada podíamos quedarnos con la pechera, que nos la cedía para que el restaurante pudiera prestar al menos un tapete digno cuando lo solicitara la gente decente.

Un viejo (2004)

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A menudo el viejo sueña extraños viajes, incoherentes conversaciones o extravagantes compañías, pues no tiene mejor forma de distraer la soledad de su encierro. Por las noches su mente se puebla de movimientos y palabras que debieran haber sido dichas muchos años atrás. Por las mañanas, su cuerpo realiza en silencio mil actividades insignificantes mientras recorre las habitaciones con un arrastrar de pies que, al pasar los años, ha creado un leve surco en las baldosas que le indica invariablemente el camino a seguir.

La chica llega a mediodía llevando en una bolsa la ropa limpia del viejo. Con apenas un saludo, se encierra en la cocina con su música de bolsillo y le prepara algo ligero. Luego recoge la escasa ropa sucia del viejo y le pregunta si ha pasado bien la noche y si necesita alguna cosa y él responde con la cabeza, respectivamente, que sí y que no. Le ha hecho creer desde un principio que es mudo, por lo que la visita de la chica, con gran alivio para ambos, nunca sobrepasa la hora y cuarto. El viejo se recrea en los ecos que el portazo levanta en los pasillos, el único momento del día en que el ruido ocupa por entero la casa, y luego almuerza la mitad de lo que la chica ha preparado.

Dedica las tardes enteras a conjugar los fantasmas que le susurran desde las sombras de las esquinas. Se apoltrona en un sillón que se cae a pedazos, absorbiendo todo el sol que su agrietada piel puede recibir, y a ratos contempla el paisaje urbano y a ratos sueña despierto. El espectro de una mujer se sienta en el alféizar de la ventana de espaldas a la luz y de vez en cuando, si esa noche se le ha ocurrido algo nuevo, habla con ella intentando explicarse, aunque por lo general permanece callado, con la esperanza horrorizada de que ella le hable y que sus primeras palabras sean de perdón.

La noche llega pronto y encuentra al viejo recorriendo de nuevo la casa, atareado en mil pequeñas cosas, o cenando en la cocina la otra mitad del almuerzo. Cuando se acuesta, sueña extravagantes conversaciones, incoherentes viajes o extrañas compañías, como esa noche en que se le aparece el Diablo y le pregunta si ha vivido bien su vida y si necesita alguna cosa; él responde con la cabeza, respectivamente, que no y que sí. Pero el Diablo mira con más atención y ve que no hay nada que le puedan vender, así que por una vez se retira murmurando una disculpa y dejando al viejo con sus pensamientos y su soledad.

Mañanas rojas de domingos azules

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Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».

Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?

La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.

La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.

En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.

B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.

Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.

Un domingo, y otro, y otro más.

Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.

Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «DesiTur, ¿te ayudo…?»
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