—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Objetos

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Las puntas de los dedos acarician el gotelé de la pared al compás de las embestidas. Las muñecas se unen tras la cabeza por el abrazo de las ataduras de cuero grueso, aprisionadas en el cabecero de la cama. Las piernas se entrelazan a la espalda del objeto principal de placer. Y los ojos, ciegos bajo el antifaz, suplican al cuerpo que tire sin ellos.

 

Por eso la piel se eriza más de lo normal con el aceite caliente que la baña, mientras unas manos hábiles la esparcen por el torso. Cada milímetro del pecho, desde la base hasta la punta, siente el jugueteo del vibrador, las papilas gustativas de la lengua sinuosa y los bordes de los dientes que improvisan la tortura dulce, no se sabe dónde ni con qué cadencia. Los pliegues interiores acogen al visitante duro y lubricado, y no poder leer el rostro que está a solo unos centímetros de distancia incorpora el placer añadido de la incertidumbre. ¿Qué movimiento hará a continuación? ¿Seguirá con los embates rítmicos o abandonará la plaza, ahora que ya la sabe rendida? ¿Cuándo lo hará exactamente? ¿Cuánto tiempo durará todavía la visita al cielo? ¿Cuántos orgasmos más se puede experimentar en una sesión de control, tan suave que no llega a sumisión?

 

Desde aquella conversación en la que expresó apuro por hablar de masturbaciones, hasta la falda y el sujetador que aguardan el momento de hacer su aparición (ocultos en una bolsa que hace tiempo que no ve la luz) han pasado exactamente ciento dieciocho días de idealización en evolución y cambio. En este tiempo las mentes, que volaban a la par por una pista deslizante sin rozamiento, han tropezado ya con sus propias limitaciones. Es la cara B de conocerse más, que haya una mayor cercanía y ser incapaces a veces de encontrar palabras certeras, pero no puede ser de otra forma. La idealización no puede pulir con su cera el camino entero. Si lo hace es que el camino está destinado a ser corto, o el vínculo, artificial.

 

Algo más lejos, en la otra habitación, una conversación en un móvil guarda los secretos más íntimos de una emoción genuina y pura, exultante y segurísima de sí por primera vez desde siempre. Está vigente, pero hay algo flotando en el ambiente que sugiere que su momento quedó atrás. Por eso, aunque no se mata, tampoco se cultiva. Se protege como un tesoro propio, más que compartido, y que desaparezca o crezca como quiera. Como también hacen lo que quieren un tongueboy y una maravidiosa cuando se abandonan a la deviciosa perdiversión.

 

Es lo que tiene que ser.

 

La otra conexión aún no se acaba. Volveremos a flotar ingrávidos en el agua tibia; traeremos a la luz la vertiente voyeur; intercambiaremos roles; exploraremos los límites.

 


 

Grande

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Se acaba de ir, dejándome el rastro de su colonia nueva en la casa y el de su esencia en mis manos. "Te dejo con la lectura", me ha dicho con una sonrisa señalándome el mejor de los tres libros que me ha prestado. Y yo he dicho que sí, convencida de que así sería. Pero en cuanto he recogido y me he tumbado en el sofá, he puesto la canción. Una vez. Dos. Tres. Seguramente cuatro. He buscado la letra y su intención (es obvia, pero por si acaso). Incluso he saltado a algún otro tema del disco, al que le prestaré atención con calma muy pronto. Luego he vuelto a escucharla por quinta vez.

 

Porque ya en la segunda vuelta había ocurrido esa cosa infrecuente, imposible de definir aunque lo voy a intentar: una parte muy concreta de la canción ha encarnado todo lo que veo en él. Pero no ha sido 'solo pretendo ser yo'; ni siquiera 'creeremos un ratito en Dios' ni esa frase que comienza con 'es demasiado grande...', porque eso sería lo que me hace sentir y aquí estoy hablando de lo que él es.

 

Y él es ese riff de guitarra que se repite tres veces: justo al principio, en 2:18 y justo al final.


Mi cultura musical va por libre. No soy muy de artistas ni de grupos, o sí, pero de manera muy deslavazada y poco estructurada. A mí sobre todo me provocan terremotos ciertas melodías, ráfagas musicales, destellos de genialidad encarnada en una de las infinitas combinaciones de las siete notas. Quizá viene de la sospecha de haber tenido oído absoluto cuando era niña. Lo que sí sé es que mi relación con la música es sinestésica porque, siendo un estímulo auditivo, me provoca certezas táctiles y visuales.


El riff es la certeza de que él existe. De que, en alguna parte del mundo, su mirada verde y su atención se están fijando en algo o en alguien. Que sus sentidos están abiertos a lo que la vida quiera ofrecerle. Que a su vez comparte su voz, sus ideas y reflexiones con quien quiera escucharlas. Que él, y no otro, está pasando por el mundo ahora, hoy, en este instante. Que tiene mucho placer para dar. Que es importante sin duda para muchas personas. Que deja huella. Que está.


Y al margen de todo lo que me genera, qué suerte tiene el mundo de que él esté.




(A)doración

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 Me gustas y me atraes, es cierto.

 

*

 

En los últimos meses vivía sin saber que, a menos de un kilómetro de distancia, la objeción a una creencia firme aguardaba pacientemente a que llegara el momento de encontrarnos.

 

Él es la objeción que ha hecho estallar en pedazos esa creencia firme, que decía así: "A partir de ahora podré seguir sintiendo arrebatos de la piel, pero no de la emoción". 

 

Era un error. A pesar de todo lo vivido, veo que alguien sí me puede sorprender, conmover y hacer que desee sujetar su mano para que no se suelte en un tiempo largo. Alguien puede irrumpir con la promesa del placer y regalarme, sin preverlo ninguno de los dos, una sed inagotable de labios, mirada, voz, mente, abrazos, ideas, susurro. De lascivia y romanticismo. De mirada tierna y visceralidad. De ese fundido de dos cuerpos y mentes que se desean tanto al mismo nivel, que solo hay cabida para una etiqueta. La del título.

 

La mente se ocupa por completo, como si tuviera veintidós años y pocas preocupaciones. Mejor aún: ocurre el milagro de desplazar a un segundo plano las preocupaciones adultas y situar un puñado de (v)ariposas en el hueco del estómago, en el punto medio exacto entre los dos pares de labios que ese Alguien adorado besa con la misma hambre.


Prender la mecha de los fuegos artificiales de la piel puede llegar a ser relativamente fácil. Conmover no lo es en absoluto. En el símil del champán, no hay duda de que estamos bebiendo hasta el fondo la mejor botella de todas.


*

 

 Pero a un nivel que no es normal.

 

 



El barrio en verano

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Veo cómo el coche se aleja, rumbo a la Galicia verde y fresca, y me quedo a la sombra de cuatro torres de cristal, aplastada por un calor que abrasa y aplana. Es veranazo en Madrid, y en algún momento del futuro cercano alguien me confirma que el calor me ha esperado para radicalizarse.

Me instalo y la angustia de los días anteriores remite. Son gente normal y no tendré que guardar mis cosas bajo llave (por suerte, ya que no hay llave bajo la que guardarlas). El calor no me deja pegar ojo.

*

El barrio es encantador y tranquilo. Los vecinos lo viven, lo pasean y lo juegan. Frente a mi ventana, un parque se llena de niños y papás de 6 a 9. Dos días después, conozco el lugar mítico en el que pasaré los próximos cuatro meses. Una etapa más, un paso menos.

*

Alegría porque la dueña del piso estará fuera durante un mes y su hija adolescente se irá con un familiar durante ese tiempo. Un mes menos de amontonamiento. Giro la llave varias veces para entrar en el piso. En el rellano de arriba, una madre (no distingo la raza) se demora en entrar en su casa mientras habla con una vecina. Ambas se emborronan porque toda mi atención se dirige hacia la niña pequeña china que dirige toda su atención hacia mí, mirándome desde lo alto con cara pícara. Nuestras miradas se persiguen hasta que cierro la puerta.

*

Pasan las noches, sigo sin pegar ojo. Vuelven algunas alucinaciones nocturnas. Imagino que toca acostumbrarse a la cama, aunque lo principal, que es la almohada, se ha venido conmigo. Por suerte el calor ya es menos.

Pero los días siguen siendo brillantes y los paseos diarios de ida y vuelta al lugar mítico me descubren la espalda inesperada de un gran hospital.

*

Empiezo a conocer la trastienda del lugar mítico, con sus luces y sus sombras (*), y abro mis perspectivas a otras posibilidades. Va viniendo lo que llevo seis años persiguiendo y me pregunto si no llegaremos a cruzarnos demasiado pronto. Solo cuatro meses más...

*

Manipulo el programa de edición de vídeo mientras suena en mis oídos un allegretto de Beethoven dirigido por Karajan. Tentada estoy de decir que todo fluye serenamente, pero mentiría, porque fuera de mis auriculares y al otro de la puerta, una manada de adolescentes de 15 años da rienda suelta a sus hormonas y al perreo, aprovechando que la dueña está a miles de kilómetros de distancia. Lo entiendo y no me importa, pero un chaval se ha asomado un segundo a mi habitación, retirándose al ver que no estaba vacía. La otra compañera me cuenta que ha hecho lo mismo en su habitación. Por suerte, también me confirma que esto no es pan nuestro de cada viernes y que en cuanto la dueña regrese no se repetirá. La alegría de hace unos días se convierte en un cálculo de los fines de semana que faltan para que vuelva.

En equilibrio, otro punto que quiero considerar tranquilizador: la hija adolescente, que por lo visto está atada en corto, se queda a limpiar el estropicio.

*

La casa se ha pasado en silencio toda la noche, pero no he dejado de dar vueltas en la cama. Pienso en las bolsas de los ojos, pienso en los compromisos del futuro cercano y suspiro, mientras giro la llave de la puerta lo más silenciosamente posible al salir. Reina el silencio en el edificio y afuera me espera un Madrid aún acogedor. Voy por la segunda vuelta de llave cuando oigo a mi espalda un «hola...» tranquilo, discreto pero carente de timidez, reverberando con el eco del silencio. En el rellano de arriba, la niña pequeña china ha abierto la puerta de su casa y me mira desde lo alto, ocultando medio cuerpo y media cara. Su "hola" está cargado de matices que me dicen que es una niña de las que me gustan. «Hola... ¿Qué haces ahí?». Le sonrío, mientras me mira pícara (no sé cómo describir una cara que sonríe con todos sus rasgos salvo con la boca) y su madre se acerca por un pasillo en penumbra. Sigo sin distinguir la raza. Me despido con la mano y salgo.

Cada vez hace más fresco, pero aún es verano en Madrid.

___________

(*) Espero que sea el primer lugar común que escribo en ocho años.

Ofidio

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Es época de soñar con serpientes. Las encuentro continuamente en mi cabeza.

La de esta noche tenía la cabeza triangular y era de color morado. En un momento dado se revolvía contra mí, me atacaba. Yo la enfrentaba sin miedo, la tomaba entre mis manos y la despedazaba, pero un hilo de carne mantenía las dos partes unidas, estirándose y estirándose por más que yo las separara. Mi último pensamiento antes de despertar fue que ese era el sistema nervioso o la médula, algo así, y que mientras no se lo cortara también, la serpiente seguiría viva. Quise cortar, pensé en buscar alguna herramienta, pero me desperté antes de conseguirlo.

Por lo que he podido leer, en general soñar con serpientes es positivo. La interpretación que más me gusta es la que la liga a mi inconsciente más profundo, del que estoy desconectada últimamente quizás por tener una certeza que no consigo hacer realidad. Independientemente de las posibles interpretaciones, sé que estos sueños tienen que ver con esta imposibilidad actual de conseguir lo que quiero. Una de las interpretaciones leídas me dicen que soñar que se mata a la serpiente implica resolver el problema que nos atormenta. Pero ese hilo que mantenía a la serpiente viva en el mío es garantía de que aún no me libro.

Veremos si con la decisión tomada hoy para la vuelta de las vacaciones, los sueños cambian.

Fogonazo

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Cómoda en la mecedora recién comprada. Madrid nocturno al otro lado de la cortina. Unas tareas de radio y "La conversación" en la televisión. Saxo. Independencia. Noche. Autonomía. Formación. Alucinaciones nocturnas. Renuncias. Salud. Malestar. Bienestar.

Tengo mala memoria. Debo guardar esta alcoba, aunque la cotidianeidad no quede reflejada en ella.

Mujer

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Mujerona.

¿Qué hacen aquí estas anteojeras?

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Desde que comenzó el año 2012, no he hecho otra cosa más que salir de trabajar a horas imposibles de creer. Por eso ha sido muy bueno, 28 días después, dejar que el viento me refrescara la cara; pasar la tarde del viernes viendo Nosferatu en un cine abarrotado (delante de mí se sentaba un chaval cuya presencia quizás era un gesto para combatir las sagas de "vampiros" de moda de hoy; o quién sabe si no sería cosa de su madre, que se sentaba a su lado; el chaval aguantó); y esta mañana, dejarme llevar plácidamente por la cuesta de Ribera de Curtidores bajo un sol espléndido; pese a ser yo tan mía, fue agradable hacer una excepción y charlar en esta tienda de fotografía con un viejo a quien le habían vendido dos pilas de tamaños diferentes; en aquella tienda de artesanía china con una mujer que me explicó las funciones de los enseres de un juego de caligrafía; en la tienda de sillas, con un artesano que me habló de ciertas mecedoras que no se encuentran en España.

Pero he mentido en mi primera frase. En algún momento de esta pesadilla, soñé con una escapada a Barcelona en la que conocía a dos personas excepcionales que me acogían como si fuera de la familia, compartían su comida y sus viajes conmigo, me paseaban pacientemente (y ojalá que sin fastidio) y me hacían recordar que el curriculum puede llevar algo más que hormigón y renuncias.

Y vuelvo a mentir. No fue un sueño, aunque sólo en sueños, o en los mundos virtuales que frecuento últimamente, puedan encontrarse incongruencias como, por ejemplo, baños cuyo lavabo no da a tu propia imagen sino a un paisaje de luz.



Y tampoco puedo decir que las conocí, pues al menos una me acompaña desde hace mucho tiempo desde lejos.Verse fue confirmar la sintonía y querer que la vida, que a fin de cuentas es la que manda, nos siga haciendo coincidir.

En este viaje también recordé que hay mucha gente que enriquece su vida, su bolsillo, sus experiencias y sus conocimientos a costa de mantener las orejas creativamente abiertas. En el trajín de estos días se me volvió a olvidar, pero esta mañana se me presentó una pequeña oportunidad de, quizás, iniciar yo un... no exactamente intercambio de favores, pero sí un quid pro quo que posiblemente a mí no me reportaría nada, pero que me serviría de entrenamiento y tal vez, quién sabe, podría hacerle un favor a un desconocido. Soy tan mía que, como le decía hace unos días a alguien, paso por la vida como si no pasara; ese alguien cree ciegamente en un talento y unas capacidades que me ha visto, y cuando ha vuelto a decírmelo una vez más le he recordado que mi hándicap es no establecer relaciones con casi nadie. Soy tan mía... soy muy mía.

Esta mañana no reconocí la oportunidad cuando la tuve delante, pero al cabo de unas horas la rescaté de mi memoria (vamos mejorando, en otras épocas habría tardado varios días). Veré si puedo hacerle un favor a alguien y si puedo empezar a librarme de la torre de hormigón, si no físicamente de momento, sí al menos mentalmente. Como espere a que me crezcan las trenzas para lanzarlas por la ventana, será tarde.

Voluble

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El año pasado, las fotos ochenteras y noventeras comenzaron a salir de los cajones de toda la casa y a repartirse por las paredes. Este año han terminado de hacerse fuertes en la sala, las habitaciones y los pasillos.

Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.

Por si los pánicos

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Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.

Pildorilla de la contrariedad

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No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.

Trama sin desenlace

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Él vino a verme y me hizo sentir importante. Tras un relámpago que duró seis años, vino un trueno de una noche que me dio la vida y me reconcilió conmigo. Durante la cena, mientras en la pared proyectaban a lo Cinexín escenas míticas de películas de terror y ciencia ficción de hace varias décadas, comentó que le gustaría quedarse una noche más, o toda la vida. Empezando a conocer su espíritu guasón, preferí reprimir el «si por mí fuera…». También durante la cena supo que podría quedarse toda la noche, y la vuelta a casa fue más tranquila; el amor de después, sin el apresuramiento que temíamos; poder poner el reloj de cara a la pared, una bendición.

Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.

Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.

Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.

Decir y hacer

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Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.

Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.

Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.

Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.

O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla lamentándose de no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

There are dreams that cannot be

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Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

**
*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor
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