—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Elemento

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Hay un quinto elemento que reúne a los otros cuatro: un agua clara, sólida y rotunda como la tierra, que quema como el fuego y refresca y libera como el aire.

 

¿Es el hielo, como sugiere una reciente película 'infantil'?


¿Es el amor, como explicita una 'antigua' película de ciencia ficción?


Es la vida, que debemos triturar entre nuestros dientes como una lasca de hielo y amar con la entrega total que nadie tuvo a bien dedicarnos.

 

 

Objetos

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Las puntas de los dedos acarician el gotelé de la pared al compás de las embestidas. Las muñecas se unen tras la cabeza por el abrazo de las ataduras de cuero grueso, aprisionadas en el cabecero de la cama. Las piernas se entrelazan a la espalda del objeto principal de placer. Y los ojos, ciegos bajo el antifaz, suplican al cuerpo que tire sin ellos.

 

Por eso la piel se eriza más de lo normal con el aceite caliente que la baña, mientras unas manos hábiles la esparcen por el torso. Cada milímetro del pecho, desde la base hasta la punta, siente el jugueteo del vibrador, las papilas gustativas de la lengua sinuosa y los bordes de los dientes que improvisan la tortura dulce, no se sabe dónde ni con qué cadencia. Los pliegues interiores acogen al visitante duro y lubricado, y no poder leer el rostro que está a solo unos centímetros de distancia incorpora el placer añadido de la incertidumbre. ¿Qué movimiento hará a continuación? ¿Seguirá con los embates rítmicos o abandonará la plaza, ahora que ya la sabe rendida? ¿Cuándo lo hará exactamente? ¿Cuánto tiempo durará todavía la visita al cielo? ¿Cuántos orgasmos más se puede experimentar en una sesión de control, tan suave que no llega a sumisión?

 

Desde aquella conversación en la que expresó apuro por hablar de masturbaciones, hasta la falda y el sujetador que aguardan el momento de hacer su aparición (ocultos en una bolsa que hace tiempo que no ve la luz) han pasado exactamente ciento dieciocho días de idealización en evolución y cambio. En este tiempo las mentes, que volaban a la par por una pista deslizante sin rozamiento, han tropezado ya con sus propias limitaciones. Es la cara B de conocerse más, que haya una mayor cercanía y ser incapaces a veces de encontrar palabras certeras, pero no puede ser de otra forma. La idealización no puede pulir con su cera el camino entero. Si lo hace es que el camino está destinado a ser corto, o el vínculo, artificial.

 

Algo más lejos, en la otra habitación, una conversación en un móvil guarda los secretos más íntimos de una emoción genuina y pura, exultante y segurísima de sí por primera vez desde siempre. Está vigente, pero hay algo flotando en el ambiente que sugiere que su momento quedó atrás. Por eso, aunque no se mata, tampoco se cultiva. Se protege como un tesoro propio, más que compartido, y que desaparezca o crezca como quiera. Como también hacen lo que quieren un tongueboy y una maravidiosa cuando se abandonan a la deviciosa perdiversión.

 

Es lo que tiene que ser.

 

La otra conexión aún no se acaba. Volveremos a flotar ingrávidos en el agua tibia; traeremos a la luz la vertiente voyeur; intercambiaremos roles; exploraremos los límites.

 


 

Grande

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Se acaba de ir, dejándome el rastro de su colonia nueva en la casa y el de su esencia en mis manos. "Te dejo con la lectura", me ha dicho con una sonrisa señalándome el mejor de los tres libros que me ha prestado. Y yo he dicho que sí, convencida de que así sería. Pero en cuanto he recogido y me he tumbado en el sofá, he puesto la canción. Una vez. Dos. Tres. Seguramente cuatro. He buscado la letra y su intención (es obvia, pero por si acaso). Incluso he saltado a algún otro tema del disco, al que le prestaré atención con calma muy pronto. Luego he vuelto a escucharla por quinta vez.

 

Porque ya en la segunda vuelta había ocurrido esa cosa infrecuente, imposible de definir aunque lo voy a intentar: una parte muy concreta de la canción ha encarnado todo lo que veo en él. Pero no ha sido 'solo pretendo ser yo'; ni siquiera 'creeremos un ratito en Dios' ni esa frase que comienza con 'es demasiado grande...', porque eso sería lo que me hace sentir y aquí estoy hablando de lo que él es.

 

Y él es ese riff de guitarra que se repite tres veces: justo al principio, en 2:18 y justo al final.


Mi cultura musical va por libre. No soy muy de artistas ni de grupos, o sí, pero de manera muy deslavazada y poco estructurada. A mí sobre todo me provocan terremotos ciertas melodías, ráfagas musicales, destellos de genialidad encarnada en una de las infinitas combinaciones de las siete notas. Quizá viene de la sospecha de haber tenido oído absoluto cuando era niña. Lo que sí sé es que mi relación con la música es sinestésica porque, siendo un estímulo auditivo, me provoca certezas táctiles y visuales.


El riff es la certeza de que él existe. De que, en alguna parte del mundo, su mirada verde y su atención se están fijando en algo o en alguien. Que sus sentidos están abiertos a lo que la vida quiera ofrecerle. Que a su vez comparte su voz, sus ideas y reflexiones con quien quiera escucharlas. Que él, y no otro, está pasando por el mundo ahora, hoy, en este instante. Que tiene mucho placer para dar. Que es importante sin duda para muchas personas. Que deja huella. Que está.


Y al margen de todo lo que me genera, qué suerte tiene el mundo de que él esté.




Silencio musical

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Cosas del silencio que también son musicales

 

Un jardín de campánulas recién lavado por la lluvia.

 

Las cajas de madera diminutas.

 

Una mujer que, cerca del río, escribe una sonata para el hombre que la sueña.

 

La caída de la nieve.

 

Un cementerio de pájaros.

 

El humo de las varas de incienso.

 

La muerte de las magnolias. En ellas se puede ver, a cierta hora de luz ámbar, a un grupo de mujeres danzando una pavana.

 

Un cuerpo que ama. 

 

El rostro de una mujer que llora frente al mar. Si sus ojos son grandes, la música es más hermosa. Es probable que quien la escuche también se ponga a llorar. 

 

Sei Shônagon en 'El libro de la almohada' (siglo X)


Los pequeños instantes y las sensaciones que Sei Shônagon retrató en su diario íntimo hace más de mil años son ya inmortales.

 

En uno de los pasajes se sorprende de que, al contar a otras personas sus impresiones sobre la belleza del rocío que se evapora a medida que transcurre la mañana, éstas apenas se interesaron, ni mucho menos se conmovieron como ella lo hizo. Hoy en cambio sus palabras resuenan en el interior de millones de personas.

 

A mí este fragmento me ha traído a la cabeza (¿es que en algún momento se ha ido de ahí?) a mi Adorador (¿Adorante, como alternativa a Amante?). No le escribo exactamente sonatas, pero mi alma entera canta con alegría desde que le conozco. Y cuando nuestros cuerpos se imantan y se quedan pegados para darse placer, suena la melodía más hermosa de todas.

 


 

En casa

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Llego a casa, la casa de mi infancia, que siempre simboliza que estoy a punto de soñar con algo radical (de "raíz"), algo que surge o se está instalando en lo más profundo dentro de mí. Subo las escaleras pero está oscuro, por algún motivo la luz no funciona. Percibo bultos en los dos tramos de escaleras, pero me las conozco tan bien que los esquivo sin problemas y llego arriba enseguida. Voy algo apurada, porque en el reloj me ha parecido ver que son las nueve menos cinco y debería ponerme a trabajar lo antes posible.

 

Llamo a la puerta y abre mi hermano. Veo que son solo las ocho y cuarto y que tenemos tiempo de estar juntos un rato. Están los cuatro allí, papá, mamá, los dos hermanos con los que me crié en esa casa; sus yoes de hoy, plácidos, tranquilos. 


Están alrededor de la mesa, reuniendo el pan de molde de varias bolsas a medio consumir en una sola. Les ayudo mientras hablamos. En una transición muy suave, ya es la cocina de la segunda casa, la actual, y se me han caído algunos de los mensajes que compartí ayer con A del móvil a la mesa. Están ahí desperdigados, pequeñitos, verdes y blancos, con una letra diminuta. Los recojo con el dedo índice como cuando se recogen migas de pan, presionando para que se sujeten solos con la fina película de grasa de la yema.

 

En un ejercicio parecido al del trasvase del pan de molde, mientras mi hermana me ayuda sujetando el móvil, yo voy devolviendo los pequeños mensajes a su interior con esmero y por su orden, procurando que no se queden del revés. Y ella los lee, claro. Hablando al aire, a nadie concreto porque los demás han desaparecido, dice (por mí) "se está confesando". Yo le respondo que sí, y que no me importa que lo vea.


Es la primera vez que sueño con el móvil, contradiciendo esta entrada y reafirmando algunas hipótesis científicas sobre lo infrecuente que es. En este momento en el que de él ha surgido un conocimiento propio nuevo, le veo todo el sentido.


Captura

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Una madrugada-ya-casi-mañana de hace 22 años, me crucé en la televisión con un nocturno al piano que me fascinó. Mientras lo escuchaba, era consciente de que, como en aquel momento no tenía manera de grabar la pieza, acabaría por olvidarla al cabo de unos días, como así fue. Por eso, durante aquellos minutos en los que la luna bajaba detrás del horizonte y la primera luz del amanecer acariciaba las copas de los robles, cerré mis ojos y decidí dejarme envolver por la melodía, sabiendo que el placer equivalía al de ver pasar una estrella fugaz.

 

Algo parecido me ocurre hoy con uno de los elementos que forman parte de la esencia de A y que me gustaría recordar para siempre.

 

En cambio hay muchos otros que sí se podrían capturar. Podría por ejemplo describir las sensaciones que me produce, porque aunque las palabras sean limitadas me permitirían evocarlas (las sensaciones) toda la vida. O podría grabar un vídeo de un segundo y medio de nuestros encuentros para guardarlo en 1SE y así inmortalizar su mirada que me contempla como nadie, la textura de su piel, la delicadeza de sus caricias, esa deliciosa singularidad de su nariz, o un segundo y medio de su voz que llevo clavada en el alma.

 

El elemento que no puedo retener de ninguna manera es su olor en mis manos cuando vuelvo de verle, de pasar juntos uno de nuestros "muchos pocos".

 

Dudo que pueda inventarse alguna vez el archivador que consiga hacer perdurar algo tan mágico como un olor. Mágico porque, siendo incorpóreo como la luz y también efímero, es tan poderoso que puede reactivar las memorias olvidadizas y conjurar los recuerdos enterrados en lo más profundo, como bien sabía Proust.

 

Pero no tengo forma de guardarlo. Por eso, cuando llego a casa, cierro los ojos y me abrazo la cara con las manos, para aspirar profundamente cada partícula que ha dejado su rastro mientras mis dedos se bañaban en él. Me recuerda al olor tibio de la madera que fue cortada hace unos días y ha estado apilada al sereno en verano, oculta entre hierbas frescas y aromáticas en un entorno limpio, tranquilo y que produce calma. Tres cualidades que también le definen a él incluso cuando hace brincar todos mis anhelos.

 

Dentro de unos días ya me será imposible evocar este olor de la nada. Pero, a diferencia de aquel nocturno perdido, todo parece confabularse para que pueda engancharlo en mis dedos varias veces más.

 

(A)doración

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 Me gustas y me atraes, es cierto.

 

*

 

En los últimos meses vivía sin saber que, a menos de un kilómetro de distancia, la objeción a una creencia firme aguardaba pacientemente a que llegara el momento de encontrarnos.

 

Él es la objeción que ha hecho estallar en pedazos esa creencia firme, que decía así: "A partir de ahora podré seguir sintiendo arrebatos de la piel, pero no de la emoción". 

 

Era un error. A pesar de todo lo vivido, veo que alguien sí me puede sorprender, conmover y hacer que desee sujetar su mano para que no se suelte en un tiempo largo. Alguien puede irrumpir con la promesa del placer y regalarme, sin preverlo ninguno de los dos, una sed inagotable de labios, mirada, voz, mente, abrazos, ideas, susurro. De lascivia y romanticismo. De mirada tierna y visceralidad. De ese fundido de dos cuerpos y mentes que se desean tanto al mismo nivel, que solo hay cabida para una etiqueta. La del título.

 

La mente se ocupa por completo, como si tuviera veintidós años y pocas preocupaciones. Mejor aún: ocurre el milagro de desplazar a un segundo plano las preocupaciones adultas y situar un puñado de (v)ariposas en el hueco del estómago, en el punto medio exacto entre los dos pares de labios que ese Alguien adorado besa con la misma hambre.


Prender la mecha de los fuegos artificiales de la piel puede llegar a ser relativamente fácil. Conmover no lo es en absoluto. En el símil del champán, no hay duda de que estamos bebiendo hasta el fondo la mejor botella de todas.


*

 

 Pero a un nivel que no es normal.