—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Silencio musical

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Cosas del silencio que también son musicales

 

Un jardín de campánulas recién lavado por la lluvia.

 

Las cajas de madera diminutas.

 

Una mujer que, cerca del río, escribe una sonata para el hombre que la sueña.

 

La caída de la nieve.

 

Un cementerio de pájaros.

 

El humo de las varas de incienso.

 

La muerte de las magnolias. En ellas se puede ver, a cierta hora de luz ámbar, a un grupo de mujeres danzando una pavana.

 

Un cuerpo que ama. 

 

El rostro de una mujer que llora frente al mar. Si sus ojos son grandes, la música es más hermosa. Es probable que quien la escuche también se ponga a llorar. 

 

Sei Shônagon en 'El libro de la almohada' (siglo X)


Los pequeños instantes y las sensaciones que Sei Shônagon retrató en su diario íntimo hace más de mil años son ya inmortales.

 

En uno de los pasajes se sorprende de que, al contar a otras personas sus impresiones sobre la belleza del rocío que se evapora a medida que transcurre la mañana, éstas apenas se interesaron, ni mucho menos se conmovieron como ella lo hizo. Hoy en cambio sus palabras resuenan en el interior de millones de personas.

 

A mí este fragmento me ha traído a la cabeza (¿es que en algún momento se ha ido de ahí?) a mi Adorador (¿Adorante, como alternativa a Amante?). No le escribo exactamente sonatas, pero mi alma entera canta con alegría desde que le conozco. Y cuando nuestros cuerpos se imantan y se quedan pegados para darse placer, suena la melodía más hermosa de todas.

 


 

Un vórtice de espanto

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España también está lejos, dijo Silva, aquí estamos en Portugal. Será así, dijo Pereira, pero aquí tampoco van bien las cosas, la policía campa por sus respetos, mata a la gente, hay registros, censuras, éste es un estado autoritario, la gente no cuenta para nada, la opinión pública no cuenta para nada. Silva le miró y dejó el tenedor. Escúchame con atención, Pereira, dijo Silva, ¿tú crees aún en la opinión pública? Pues bien, la opinión pública es un truco que han inventado los anglosajones, los ingleses y los americanos, son ellos los que nos están llenando de mierda, perdona la expresión, con esa idea de la opinión pública, nosotros no hemos tenido nunca su sistema político, no tenemos sus tradiciones, no sabemos lo que son los 'trade unions', nosotros somos gente del Sur, Pereira, y obedecemos a quien grita más, a quien manda. Nosotros no somos gente del Sur, objetó Pereira, tenemos sangre celta. Pero vivimos en el Sur, el clima no favorece nuestras ideas políticas, 'laissez faire', 'laissez passer', es así como estamos hechos [...].
'Sostiene Pereira', Antonio Tabucchi (1994). Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira

Hay muchas formas de novelar la locura fascista que se apoderó de Europa en la primera mitad del siglo XX, y yo —V. apolítica de sangre celta viviendo en el Sur— por casualidad acabo de leer dos muy distintas, una detrás de otra.

Se puede describir como hace Tabucchi en 'Sostiene Pereira', haciendo de voyeur de una vida. Con expresiones sencillísimas, se traza la existencia de un hombre discreto, Pereira, no muerto en vida pero sí sumergido en una burbuja de indiferencia que evita que el mundo roce sus preocupaciones. A esta vida no se la persigue, solo se la observa con respeto. Sus circunstancias son banales: omelette a las finas hierbas; el retrato de su esposa de sonrisa lejana; paseos por las rúas de Lisboa. Pero mientras se le acompaña se asiste a un mundo terrorífico, del que algunas veces no se nos cuentan sus sucesos concretos, solo las emociones que despiertan en el resto de personajes. Con la misma sencillez, Tabucchi describe cómo Pereira sufre un cambio y se rebela sin alharacas, a la manera de un hombre que quería vivir tranquilo pero que termina por entender que a veces algo tan poca cosa, querer vivir tranquilo, es una blasfemia si se atiende a las circunstancias. Uno observa ese cambio de mentalidad y esa rebelión, y no le queda más remedio que aprobarlos. La obra no analiza los porqués del ascenso de los totalitarismos: solo se pregunta de qué lado se va a poner este personaje con respecto a ellos. Su elección viene a ser una lección de principios para quienes aún no nos hemos visto en el brete de tener que formularlos.

Pero también se puede novelar su aparición muy a lo barroco y alegórico, como hace Thomas Pynchon en 'V.', filosofando sobre la entropía del universo, cuya tendencia al caos atenaza también a la especie humana. En este caso se inventan multitud de personajes de ricas personalidades que viven decenas de situaciones sublimes o ridículas, se mueven por chozas y palacios, recorren el mundo entero de la Antártida a Italia pasando por Estados Unidos, Vheissu, Alemania y Egipto, piensan en el infinito y en las bacterias de su estómago, hablan de sí mismos en tercera persona o recorren las cloacas para cazar caimanes de leyenda urbana. Todo este estrambótico armazón se pone al servicio de la persecución de la inicial V., encarnación de un arquetipo ominoso que juega al gato y al ratón con el lector para no dejarle nunca estar seguro de si se trata de una mujer, de la última región ignota y amoral de la Tierra o de un cuadro renacentista.

Acaba siendo una mujer, o algo parecido, que según algunas interpretaciones encarna el concepto del fascismo; según otras, el mecanicismo en el que se sumerge la civilización occidental cuando termina el siglo XIX y que deshumaniza la naturaleza humana; según unas terceras todavía, la decadencia de la humanidad al verse atrapada en el tirón de la inercia que arrastra al universo entero hacia el caos.

V. es todo ello al mismo tiempo, en mi opinión. Se la escribe como un ser animado enamorado de lo inanimado, siempre presente en las situaciones geopolíticas convulsas de la primera mitad del siglo XX, ocurran en Egipto, en la actual Namibia o en Malta. En 1899, V. es un personaje con el que el lector puede empatizar: ex-novicia de diecinueve años, valiente y serena, intuitiva e inteligente, sensible y agradable, capaz de hacer algo parecido a enamorarse, aunque ya ha estado involucrada en una muerte y no deja que el pulso se le altere ante la salvaje fuerza masculina desatada en violencia sin freno. Para los años 30, V. se ha diluido como personaje empático hasta convertirse en una mujer-robot de mediana edad con un corazón de engranajes y tinieblas que encuentra placer en la sordidez y la tiranía. La transición entre una V. y otra es demasiado brusca pero está hecho probablemente a propósito: se pasa de repente de un personaje rico a otro caricaturesco y plano, para terminar con una V. de vacío entre las manos. Una V. de vacuidad.

Al final, las dos obras hablan de un vórtice de espanto. Una sima de oscuridad peor que lovecraftiana, porque casi sería un alivio que hubiera dioses-monstruos de kilómetros de altura aguardando su hora dormidos bajo los hielos del Polo; pero como no los hay, tampoco tienen significado alguno, y son más terroríficos si cabe, los afanes de los seres humanos que se devoran a sí mismos.
Aquella Victoria estaba siendo gradualmente sustituida por V.: algo enteramente distinto, para lo que el joven siglo no tenía aún nombre. Todos nos vemos comprometidos en alguna medida en la política de ir muriendo poco a poco, pero la pobre Victoria había entrado también en íntimo contacto con las Cosas del Cuarto Trasero.
Si V. hubiera sospechado siquiera que su fetichismo formaba parte de una conspiración dirigida contra el mundo animado, del súbito establecimiento aquí de una colonia del Reino de la Muerte, se podría haber justificado la opinión que se mantenía en el Roosty Spoon de que Stencil estaba buscando en ella su propia identidad.
[...]
Si hay alguna moraleja política que sacar de este mundo —escribió en cierta ocasión Stencil en su diario— es la de que conducimos los asuntos de este siglo con una intolerable doble visión. Derecha e izquierda: el invernadero y la calle. La derecha tan sólo puede vivir y trabajar herméticamente en el invernadero del pasado, mientras que fuera, la izquierda prosigue su labor en las calles manipulando la violencia multitudinaria. Y sólo puede vivir en el paisaje soñado del futuro.
¿Qué ha pasado con el presente real, con los hombres apolíticos, con la Media Aurea que una vez fuera respetable? Obsoleta. O en todo caso, se ha perdido de vista. En un Occidente con tales extremos nos cabe esperar, como mínimo, un populacho altamente "alineado" dentro de no tantos años.
[...]
La revuelta era su elemento, tan segura como esa habitación oscura, en la que los objetos se amontonaban invadiéndola casi por entero. La calle y el invernadero; en V. se resolvían, mediante algún tipo de magia, los dos extremos. Le asustaba.
'V.', de Thomas Pynchon (1961). Traducción de Carlos Martín Ramírez

 Firmado: V. apolítica de sangre celta viviendo en el Sur

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Miedos

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"Todo un hombre", de Tom Wolfe (1998).

Charlie Croker tiene miedo a perder las posesiones materiales que tanto le ha costado conseguir; las mil descripciones de todo lo que es importante para él son obscenas y vulgares.
A Martha Croker le espanta el ninguneo social; lo que se le escapa entre los dedos es insignificante, ridículo.
A Ray Peepgass le aterroriza la pobreza; sitúa su idea de la dignidad en un plano equivocado.
A Roger White le asusta no encajar ni entre blancos ni entre negros; no basa sus decisiones ni su idea del triunfo en convicciones propias, sino en lo que piensan o pensarán los demás.
Wes Jordan teme perder el poder; una adicción que se alimenta de los miedos ajenos.
A Conrad Hensley le da pánico traicionar los valores en los que cree y que desea transmitir a sus hijos. A diferencia de casi todos los demás paga un alto precio por este miedo, pero también a diferencia de ellos, es el único ajeno a ese mezquino súcubo llamada cobardía.

Vaivenes

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Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Todas las mujeres de Pueblanueva son unas perdidas que se han entregado a Cayetano, pero Torrente Ballester las pinta mejores personajes que sus maridos: ellos, unos peleles indecisos que cuidan el arcaico status quo y no son capaces de imponer su voluntad en prácticamente ningún aspecto de su vida, y cuando lo hacen, como don Baldomero, yerran y sufren con la consciencia del error; ellas, en cambio, sólidas, seguras, pisan con firmeza y miran de frente, saben lo que quieren y a dónde van, por qué hacen lo que hacen y cómo deben conducirse ellas y, de paso, las demás.

Clara es sobrenatural, un personaje con el que no es difícil empatizar y al que es imposible no respetar, mientras que al protagonista Carlos, pobre sabio soñador y vacilante, le zarandearía con gusto para quitarle el empañamiento que le imagino en la mirada. Pero ya lo hace Clara y el aire estupefacto no se le va.

Cayetano es el que, inesperadamente, más me ha sorprendido. Si en el primer volumen, "El señor llega" (1957), era el malo de la película, en "Donde la vuelta el aire" (1960) me sorprendo simpatizando más con él que con Carlos. Torrente hace que me gane poco a poco, que le vea no como esa especie de señor feudal moderno con derecho de pernada que pintó en "El señor llega", sino como un hombre con una sagaz visión empresarial (tan poco común en la terriña o, cuando menos, mucho menos aireada y fomentada que en el Norte o en el Noreste) que, sorprendentemente, sólo piensa en el progreso del pueblo. Y aquí, en pocas páginas, Torrente vuelve a hacer un ejercicio de genialidad:

En el primer volumen, Torrente había consolidado a conciencia los cimientos de nuestra antipatía hacia el personaje, hasta conseguir hacérnoslo ver como un hombre inmaduro, de motivaciones pueriles, vengativo, rencoroso, fanfarrón, lúbrico e impío, que no respeta a ningún hombre ni mujer en toda Pueblanueva, salvo a su madre por un, según Carlos, complejo de Edipo sin resolver que hace que todas sus acciones estén encaminadas a conseguir que todos los habitantes del pueblo sean indignos, salvo ella. Que quiere la ruina de los pescadores porque "son" de la Vieja, y que golpea hasta la inconsciencia a La Galana por atreverse a dejarle, en lugar de esperar dócilmente el abandono.

En "Donde da la vuelta el aire", se vuelven las tornas poco a poco (¿tendrá este título esta intención?). El autor dosifica en 300 páginas las apariciones del personaje y envuelve cada una de ellas en una creciente ambigüedad, haciendo que le miremos con los ojos cada vez más entornados, esquinados y respetuosos. Y de repente, en el último encuentro con Carlos, Torrente destapa sus cartas:
—Hay un negocio que nadie ha visto todavía y que podríamos empezar. Una flota y una factoría para explotar el bacalao. Hace falta más dinero, pero lo encontraríamos. En Pueblanueva hay un excedente de trabajadores que mi astillero no puede todavía asimilar; son los que andan a la pesca. Mientras esa gente no se acomode, en Pueblanueva no habrá prosperidad. Y cuando el famoso Sindicato dé en quiebra, que la dará, ¿qué haremos de esa gente? Ellos piensan siempre que estoy yo detrás, y que cuando las cosas vayan mal les daré empleo en el astillero. Pero yo no sé si podré hacerlo. Es muy caro transformar a un pescador en obrero. En cambio, el que está acostumbrado a pescar sardinas lo mismo pescaría bacalaos. Tenemos las tripulaciones...

Con este párrafo, Torrente desbarata las imágenes que del pueblo y de todos los personajes había armado en las 760 páginas anteriores. ¿Qué escritor hace eso? ¿Dónde se ven hoy semejantes profundidades a largo plazo a la hora de crear una historia, dibujar unos personajes y respaldar o derrumbar la justificación de unas acciones? Torrente borra de un plumazo todas las seguridades, hace que nos cuestionemos todas nuestras impresiones. Ante este chorreo de cavilaciones prácticas de Cayetano, ¿qué son las etéreas divagaciones intelectuales de un discípulo directo del doctor Freud como es Carlos, un hombre abúlico, de voluntad endeble, que no es capaz de decir que no a una mujer en la noche previa a la de su boda, mientras no se atreve a aceptar la salvación que le ofrece la mujerona Clara por ser eso, una mujerona?

Pero lo bueno es que no acaba aún ahí el zarandeo de Torrente, no. Faltan treinta páginas para terminar, pero aún hay tiempo para darle una vuelta más a la tuerca. Estoy ya encarrilada en el nuevo rumbo de la novela y me parece bien: Cayetano es el personaje más práctico y me descubro agradeciendo el detalle, tras tanta elucubración psiquiátrica y teológica de Carlos con sus frailes. Y por un momento pienso que Torrente está de parte del progreso y de esos nuevos tiempos que se acercan en ese año 35 (visto desde la perspectiva del que no sabía lo que venía en realidad para España, claro): Carlos "vive" estupefacto en Pueblanueva, con sus ambiciones (las que él creía tener) quebradas, dudoso de su carrera psiquiátrica, pero sin dejar de analizarlo todo desde el punto de vista de quien ve la vida pasar a su lado sin rozarle; dando vueltas y más vueltas a ese eje de pereza e inercia que, dicen, atenaza a las almas sensibles en la terriña. Para qué contar nada de fray Ossorio, uno de los protagonistas de este volumen, del carácter intachable y aburrido de su moralidad y de sus luchas internas con su fe. Y por último fray Eugenio, luchando también con un pasado que le atormenta, combatiéndolo desde una fe cristiana que le falla, la obediencia a un prior en el que no cree y la recuperación de un don artístico que teme. Sí, frente a estos personajes, ¿cómo no va a estar también Torrente, como yo, de parte de la acción y el movimiento?

Ah, pero entonces, Carlos se encuentra con fray Eugenio por última vez en este volumen. Y de nuevo el autor, como de pasada, como quien no quiere la cosa, vuelve a lanzarnos a la cara la duda de su posición.
—¿Por qué me descorazona? —dijo el fraile, con voz angustiada.

—Sólo quiero prevenirle y evitar que, sin querer, se aparte de la realidad. Pase lo que pase, habrá hecho usted una hazaña gigantesca: habrá dicho la verdad. siempre más que yo, porque yo, ante la imposibilidad de tener paciencia y esperanza, renuncio de antemano a mi utopía y condeno de por vida a nuestros amigos al uso y abuso de sus complejos. Pero siempre menos que Cayetano. Cayetano nos ganará porque su fórmula consiste sólo en dar de comer a todo el mundo, lo cual es compatible con seguir odiándose, con seguir envidiándose, con hacerse daño los unos a los otros, que es lo que verdaderamente apetecen. Usted quiere hacerlos buenos, yo me contentaría con que fuesen apacibles. Ni la paz ni el amor les interesa. Rechazarán a Cristo con la misma energía con que rechazarían a Freud. Pero no creo que rechacen un jornal suficiente, a menos si se ofrece a los demás sin merma del jornal propio. Porque, en ese caso...

Habían atravesado la plaza. Se oyó, súbita, ronca, sobrecogedora, la sirena del astillero.
Y así, otra vez de golpe, se me cambian las tornas de nuevo, las que había ido construyendo poco a poco durante casi 400 páginas y que había verbalizado por fin unas cuantas más atrás, dando la bienvenida al dinamismo y el pragmatismo. Y me encuentro cuestionando si es loable tanta acción, tanto avance y tanto progreso, si llevan a una sociedad mezquina y monetarista, a la que se le pueden poner muchos adjetivos, salvo el de cohesionada y bien cimentada.

Empiezo ahora el último, "La pascua triste" (1962). Veremos qué acabo concluyendo. Yo me dejo llevar con gusto.

La mirada de la literatura

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Leo La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester, una de esas novelas que, como La montaña mágica, se adora o se rechaza. Yo, como a La montaña mágica, la adoro, pero por ejemplo, si bien antes de leerla me apetecía regalársela a un conocido que aprecia enormemente a Bach, por estar la novela construida como una de sus fugas, ahora que estoy a punto de terminarla no me animaría. No parece una temática que a él pudiera gustarle.

Pero, leyéndola, se me ocurre que lo que hace destacar a un escritor por encima de la mediocridad es que incline la balanza de su cuidado más hacia la forma de mirar lo pequeño cotidiano que hacia la forma de explorar los Grandes Temas. Éstos, cualquier arquetipo en realidad, como un deseo sexual, un amor, la naturaleza de la verdad y de la mentira, la pérdida de la inocencia, un mito, la muerte, una culpabilidad, los padres o su ausencia, la bastardía, el interno tira y afloja entre individualismo y solidaridad de grupo, se escogen como núcleo (cómo no van a serlo) pero se tratan con naturalidad, con las alharacas justas: a veces es mejor dejar paso a la ironía y rebajar un poco el tremendismo, porque ya los escritores comunes se encargan de sublimarlos y convertirlos en la razón de ser de su escritura. Se me antoja que los Escritores, la Literatura, saben que los dilemas y misterios de los Grandes Temas (insertos en nuestro ser como una segunda piel) serán siempre irresolubles. Los escritores comunes, por su parte, encuentran placer en llenar páginas y páginas con su exploración exhaustiva de esta trillada vía central de cuatro carriles sin atender a nada más, con el secreto deseo de que la musa de los arquetipos les sea más favorable a ellos que a otros.

Lo fascinante de los Escritores y la Literatura reside, para mí, en la forma de mirar lo pequeño cotidiano, esos senderos llenos de posibilidades que los escritores comunes descuidan. En donde otro hubiera garabateado «en la taberna irrumpió un hombre disfrazado», Torrente escribe:
Salieron a relucir los papeles doblados, que eran así como cuatro o cinco holandesas, las abrió con parsimonia, y leyó con su habitual, sonora y bien timbrada voz: Puntualizaciones por J(osé) B(astida) y en el mismo momento se detuvo y se quedó mirando hacia la puerta del café, fascinado, porque alguien perteneciente a un sistema real había echado mano de ciertos elementos naturalmente insertos en un sistema imaginario, se los había encasquetado e intentaba ahora introducirlos sin modificación alguna en un tercer sistema, tan real e indiscutible como lo era el salón del Café Suizo, con la pretensión visible, bien de que lo imaginario pasase por real, bien de que lo real se viese inmediatamente introducido en una serie imaginaria o al menos que por tal fuese tenida. Y no era Bastida sólo a mirar y a fascinarse, sino varios de los clientes que golpeaban el mármol de las mesas con las fichas de dominó, y el dueño desde su mostrador, y el correturnos metido en su frac de botones dorados, y el primer camarero en medio del salón (a punto de caérsele la bandeja). También miró el Rey Artús, y se quedó quieto de la sorpresa. Y Merlín. Y Galván, que dijo «¡Atiza!», sin recibir reprimenda; y Gowen, y Galaor y Bohor y, último de todos en mirar y fascinarse, Lanzarote. De la niebla había salido un embozado que no hubiera llamado la atención de nadie de llevar un sombrero cualquiera, o una boina, o una gorra de visera. Pero llevaba un sombrero de copa del año de la Pera; y cuando dejó caer el embozo de la capa con airoso ademán, de esos cuyo secreto se ha perdido, vieron todos un rostro fino y triste, con bigote caído y barba apuntada, que todos conocían. El hombre sacó una mano con guante gris, se quitó el sombrero, hizo una reverencia y volvió a ponérselo. Lanzarote se había levantado y el Rey Artús, la cabeza vuelta, examinaba de cerca el retrato del Vate colgado bajo el busto de Coralina. «Sí, es él», le advirtió Merlín; y José Bastida, con una sonrisa, dobló las cuartillas y las guardó.
Quien escribe algo así con este embrujo oral para hablar de una sensación, apenas un movimiento, que otro despacharía en dos frases, bien puede llamarla Literatura.

Cinismo a borbotones en el siglo XX

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Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.

¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.

Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:

«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.
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