Entre el final de mis veinte y el principio de mis treinta, fui consciente de que había una interpretación de ciertas cosas que se me escapaba como se escurren los peces vivos de entre las manos. Que al mundo se le debía poner una capa de criterio, para poder decir que hacías algo más que atravesarlo acordándote de respirar.
En ese tiempo frustrante vi 'Atrapado en el tiempo' por primera vez, y el código para descifrarla me esquivó. No conseguía entender por qué el bucle temporal no se rompía tras aquella noche en la que él, medio dormido, le decía a ella, dormida casi del todo, que le parecía un ser maravilloso, que solo le nacía cuidarla, y que si pudiera la amaría durante toda la vida. ¿Pero no era esa la lección que tenía que aprender este egocéntrico desagradable?, pensaba yo. Ya ha aprendido a mirar más allá de sí mismo, ya quiere poner el sentido de la vida al otro lado de su ombligo. ¿Por qué se desatasca más tarde y no en ese momento?
A los cuarenta y medios he vuelto a verla sabiendo que ahora lo captaría. La primera lección es que el amor romántico ha de ser desinteresado para que sea verdadero, eso por descontado. Querer al otro sabiendo que el hecho de que te corresponda o no es secundario: tu certeza serena es que tú amas, por eso no podrías (no deberías) forzarle a nada.
La segunda lección es el amor filantrópico y esta me sorprendió algo más. No por el hecho de que finalmente el gran egocéntrico aprenda a vivir en comunidad, a interesarse genuinamente por el bienestar de sus vecinos y a tratar de salvar vidas imposibles de salvar dejando de esperar un gracias. Está claro que una vida vivida solo para uno mismo es un día de la marmota tan eterno como estéril.
Lo sorprendente fue el detalle del croma de la primera escena. Su vida es tan impostora como su modo de ganársela, poniéndose delante de una tela azul fingiendo ver y apuntar a cosas que no están ahí (es un hombre del tiempo). La película te lo grita desde el primer plano, en el que su mano se sitúa delante de la tela azul en la típica posición en la que cualquier mindundi se dispone a hacer la sombra china de un perro con los dedos. Un trabajo que no es malo en sí mismo porque, aunque no sea infalible (la previsión meteorológica falla), ningún trabajo lo es. Lo malo es que no haga otra cosa en la vida.
Ese humo inicial contrasta con las escenas finales en las que sus acciones por fin tienen resultados tangibles. Sus manos ya no hacen sombras chinas delante de una tela sino cosas reales, como sostener a un niño que se cae de un árbol, tocar una canción en una fiesta para que los demás bailen, pasarle su plato de sopa a un moribundo o, más tarde, aferrarse a su pecho (alguien como él jamás aprendería reanimación cardiopulmonar; para qué) para rogarle que respire, que por favor no se vaya; que no, que precisamente esa noche no.

