En 'Two New Worlds' (1907), Fournier d'Albe argumentó que los recientes descubrimientos en radioactividad y estructura atómica implicaban la existencia de un universo espiritual invisible continuo con el nuestro. El universo material ahora debe considerarse propiamente como una serie infinita de mundos dentro de mundos, que Fournier d'Albe consideró que difieren "solo en el tamaño de sus partículas constituyentes elementales". Discutió dos de ellos: el "inframundo" de átomos y electrones, y el "supramundo" de proporciones cósmicas. Ambos están, como nuestro propio mundo, llenos de propósito y vida.
(...) El mundo invisible que invocaba Fournier d'Albe podía ofrecer consuelo a la imagen cada vez más estéril del mundo en la que la ciencia moderna parecía insistir. De la historia natural, escribió:
El mundo invisible continúa siendo el 'hogar' hacia el cual se vuelve el corazón cansado de un mundo que se ha vuelto realmente limpio, brillante y sanitario, pero completamente desesperanzado y vacío, si no injusto y cruel.
'Mundos sin fin', Philip Ball
Hay un quinto elemento que reúne a los otros cuatro: un agua clara, sólida y rotunda como la tierra, que quema como el fuego y refresca y libera como el aire.
¿Es el hielo, como sugiere una reciente película 'infantil'?
¿Es el amor, como explicita una 'antigua' película de ciencia ficción?
Es la vida, que debemos triturar entre nuestros dientes como una lasca de hielo y amar con la entrega total que nadie tuvo a bien dedicarnos.
Llego a casa, la casa de mi infancia, que siempre simboliza que estoy a punto de soñar con algo radical (de "raíz"), algo que surge o se está instalando en lo más profundo dentro de mí. Subo las escaleras pero está oscuro, por algún motivo la luz no funciona. Percibo bultos en los dos tramos de escaleras, pero me las conozco tan bien que los esquivo sin problemas y llego arriba enseguida. Voy algo apurada, porque en el reloj me ha parecido ver que son las nueve menos cinco y debería ponerme a trabajar lo antes posible.
Llamo a la puerta y abre mi hermano. Veo que son solo las ocho y cuarto y que tenemos tiempo de estar juntos un rato. Están los cuatro allí, papá, mamá, los dos hermanos con los que me crié en esa casa; sus yoes de hoy, plácidos, tranquilos.
Están alrededor de la mesa, reuniendo el pan de molde de varias bolsas a medio consumir en una sola. Les ayudo mientras hablamos. En una transición muy suave, ya es la cocina de la segunda casa, la actual, y se me han caído algunos de los mensajes que compartí ayer con A del móvil a la mesa. Están ahí desperdigados, pequeñitos, verdes y blancos, con una letra diminuta. Los recojo con el dedo índice como cuando se recogen migas de pan, presionando para que se sujeten solos con la fina película de grasa de la yema.
En un ejercicio parecido al del trasvase del pan de molde, mientras mi hermana me ayuda sujetando el móvil, yo voy devolviendo los pequeños mensajes a su interior con esmero y por su orden, procurando que no se queden del revés. Y ella los lee, claro. Hablando al aire, a nadie concreto porque los demás han desaparecido, dice (por mí) "se está confesando". Yo le respondo que sí, y que no me importa que lo vea.
Es la primera vez que sueño con el móvil, contradiciendo esta entrada y reafirmando algunas hipótesis científicas sobre lo infrecuente que es. En este momento en el que de él ha surgido un conocimiento propio nuevo, le veo todo el sentido.
Una madrugada-ya-casi-mañana de hace 22 años, me crucé en la televisión con un nocturno al piano que me fascinó. Mientras lo escuchaba, era consciente de que, como en aquel momento no tenía manera de grabar la pieza, acabaría por olvidarla al cabo de unos días, como así fue. Por eso, durante aquellos minutos en los que la luna bajaba detrás del horizonte y la primera luz del amanecer acariciaba las copas de los robles, cerré mis ojos y decidí dejarme envolver por la melodía, sabiendo que el placer equivalía al de ver pasar una estrella fugaz.
Algo parecido me ocurre hoy con uno de los elementos que forman parte de la esencia de A y que me gustaría recordar para siempre.
En cambio hay muchos otros que sí se podrían capturar. Podría por ejemplo describir las sensaciones que me produce, porque aunque las palabras sean limitadas me permitirían evocarlas (las sensaciones) toda la vida. O podría grabar un vídeo de un segundo y medio de nuestros encuentros para guardarlo en 1SE y así inmortalizar su mirada que me contempla como nadie, la textura de su piel, la delicadeza de sus caricias, esa deliciosa singularidad de su nariz, o un segundo y medio de su voz que llevo clavada en el alma.
El elemento que no puedo retener de ninguna manera es su olor en mis manos cuando vuelvo de verle, de pasar juntos uno de nuestros "muchos pocos".
Dudo que pueda inventarse alguna vez el archivador que consiga hacer perdurar algo tan mágico como un olor. Mágico porque, siendo incorpóreo como la luz y también efímero, es tan poderoso que puede reactivar las memorias olvidadizas y conjurar los recuerdos enterrados en lo más profundo, como bien sabía Proust.
Pero no tengo forma de guardarlo. Por eso, cuando llego a casa, cierro los ojos y me abrazo la cara con las manos, para aspirar profundamente cada partícula que ha dejado su rastro mientras mis dedos se bañaban en él. Me recuerda al olor tibio de la madera que fue cortada hace unos días y ha estado apilada al sereno en verano, oculta entre hierbas frescas y aromáticas en un entorno limpio, tranquilo y que produce calma. Tres cualidades que también le definen a él incluso cuando hace brincar todos mis anhelos.
Dentro de unos días ya me será imposible evocar este olor de la nada. Pero, a diferencia de aquel nocturno perdido, todo parece confabularse para que pueda engancharlo en mis dedos varias veces más.
El ser humano deja su huella inmortal en trozos de nubes y pone luego jaulas al viento para que no los destruya. Pierde todas las batallas individuales pero gana la gran guerra contra el olvido. ¿O quizá habría que formularlo al revés? Gana la gran guerra contra el olvido, pero pierde todas las batallas individuales. El lenguaje no es conmutativo y las batallas personales son importantes, aunque sean pequeñas. Lo son todo, en realidad, pues hay que estar hecho de una pasta especial para que decidas anteponer la deriva del mundo al derrumbe del tuyo. Esos son los héroes de la historia.
Dentro de nuestro discreto ámbito de influencia, hagamos cosas nobles entre tanta mezquindad.
- He visto el mundo, rey del sueño. He cabalgado los desiertos y visto las rocas, los viejos muros y las estatuas devastados por el viento del desierto en las tierras baldías de arena. Y el viento y la arena se levantan de nuevo y los restos de las ciudades, palacios y dioses se desvanecen durante otra edad del hombre... sepultados en el olvido... no puede ser de otra manera, ¿cierto?
+ Posiblemente...
- Pero solo Alá lo sabe todo. En efecto.
Salta el corazón disgustado cuando le toca el turno a 'Agua' de Jarabe de Palo en la lista de reproducción. No cabe escuchar más canciones de esos labios después de la sabiduría clarividente de 'Eso que tú me das'. Como mucho 'Bonito' y 'Depende', íntimamente relacionadas con lo que vendría después. Pero ahora él no está, ya no es. Así de fácil es quedarnos con cara de tontos al momento de cruzar de la vida a la muerte. ¿De veras me frustré por aquello? ¿Será cierto que tal cosa me desveló durante tantas noches? ¿En serio fui yo quien reaccionó tan mal a aquello otro? A veces no da tiempo a darse cuenta, pero incluso si lo da, allá cuando se acerca la hora, no sirve de nada: tú lamentas haber dado importancia a lo que nunca lo tuvo, y los demás no escarmientan en cabeza ajena.
Algunos privilegiados se dan cuenta mientras caminan por el tiempo. Cada cual que lo gestione como pueda.
Rueda el trueno por la alfombra de nubes del cielo de Madrid mientras atardece y yo veo mi vida tras de mí y ante mí. Caminamos por el tiempo hacia atrás, es decir, de espaldas, mirando siempre hacia el pasado sin ver dónde ponemos los pies. Si nos diéramos la vuelta no ganaríamos mucho con la vista del futuro: una oscuridad en la que se van destacando bultos informes, cada vez más nítidos a medida que los tenemos a centímetros de la cara. Interactuamos un instante con ellos, estrechamos sus manos para confirmar humo, lamemos su glande en el punto exacto que conduce al éxtasis, reímos y les queremos cuanto dure, nos maravillamos con la naturaleza siempre cambiante, siempre la misma, un pincho de tortilla que viene a nuestros labios, un accidente de coche, una enfermedad, cientos de sorpresas, aprendizaje continuo que no se sabe hacia dónde va. Y luego se proyectan hacia el pasado, estirándose durante el tiempo que comparten nuestro presente.
Ciertamente curiosa, la vida esta. Cuando se ve de esta forma podría haber la tentación de no aferrarse y, aun así, unas cuantas personas, ideas y cosas al azar se acercan al calor de nuestro corazón y allí se quedan. Es inevitable. Somos seres con una enorme capacidad de apego y no hay mayor placer en este sinsentido que encontrar a "nuestra gente", "nuestra pasión", aquello que se sincroniza con el paso de nuestra alma.
Por eso no debería caber disgusto con 'Agua', porque es fundamentalmente una canción de vida. Vida que todavía está. Todavía es. Todavía tiene capacidad de dolernos pero también de sorprendernos.
En el tsunami de emociones que embarga al decidir un nuevo rumbo vital, se entromete una tentación enemiga: la pereza (más bien la abulia, pero para que nos entendamos). Al sentir que lo que tienes ya no encaja en lo que eres, el esfuerzo para continuarlo es doble. No, triple... "¿Durante cuánto tiempo más deberé seguir por este camino que me estresa, me amarga y me envejece? ¿No sería mejor soltar el lápiz, dejarlo todo y cobijarse en el refugio temporal, yo que puedo hacerlo, para recargar energías y ánimos allí donde me quieren bien y lamerán mis heridas?".
En esas épocas, la fantasía de nuestros sueños explota en una exuberancia orgásmica y saca a la luz nuestros paraísos interiores: ciudades laberínticas de luz crepuscular, llenas de situaciones y misterios; cielos por los que te elevas remando en una silla desde la que observas el mundo a tus pies, lejos de ti, incapaz de mancharte ni herirte; encuentros de buen augurio con quienes viajas en compañía; veleros con los que navegas por los mares del Sur, llenos de azul y de luz... Esos mundos que también somos nosotros, mundos en los que lo indefinido que nos habita y que durante el día está muy enterrado, prácticamente olvidado, pasa al primer plano y nos convertimos en seres que no trabajan ni ven la televisión ni usan el móvil, sino que fundamentalmente (1) exploran y (2) se relacionan. ¿No es eso acaso lo que hacíamos hace milenios, justo antes de dejar el edén de los cazadores-recolectores y embarcarnos en las preocupaciones, las enfermedades y las diversas esclavitudes del sedentarismo?
En esos momentos de hermosa tentación, busco alguna perla de sabiduría con la que encontrarle un sentido al desatino de añadirse arrugas a propósito. Deseando que alguien me recuerde que los seres humanos valientes son aquellos que resisten las adversidades. Resistir, resistir... Nadie vale la pena si abandona el camino demasiado pronto, si no aguanta un poco más hasta que sus músculos estén a punto del desgarro y su cerebro medio frito por las tensiones. "Sé como aquel que, sí vale, tuvo dos infartos seguidos, pero llevó con orgullo las galas de haber resistido algo parecido a las calderas del infierno".
Finalmente, encuentro el apoyo en un lugar insospechado, escrito por alguien de quien no sé si es sabio permanente gracias a la experiencia, o momentáneo debido al dolor: "Hay que permanecer para ganar y para tener la posibilidad y la libertad de irte con garantías", dice. Y yo le creo.
Entonces las fuerzas reverdecen. Porque para convertir en reales los sueños que están por venir, y que en cuestión de semanas empezarán ya a formarse en el vientre, es necesario algo muy mundano: el vil dinero. Si ese es el juego, lo jugaré hasta el final y afrontaré la tormenta con un café en las manos y una sonrisa en los labios: porque, al menos de momento, resistir hace más real la posibilidad de que la victoria final sea mía.
Una vez tomada la decisión de un cambio vital, te conviertes en extranjero en tu propia vida hasta que "aquello" llega; alguien que está de paso y a quien de pronto todo le parece ajeno y desajustado, quizá curioso y a veces estimulante, pero no del todo importante, no del todo real como sí lo es Ese Otro Lugar, tu País Verdadero, que guardas en el corazón y que te espera en el pasado o en el futuro.
Entonces empiezas a comportarte como alguien que ha decidido ponerse permanentemente a la sombra porque ya no confía en ese sol que le quema tanto como le alumbra. Y esto tiene consecuencias, claro, sobre todo si, para no ponerte en evidencia demasiado pronto, te esfuerzas por fingir que aún tienes la capacidad de ponerte moreno.
Decía Marco Aurelio que no hay objetivo individual aceptable que no pase por el bien común. Hoy no hay mayor contribución al bien común que fomentar que en el mundo haya:
- Más silencio
- Menos prisa
- Más profundidad (*)
¿Tendrás la fortuna de formar parte del gremio de creadores de tales rarezas? Quién sabe, pero mientras tengas vida inténtalo, un paso detrás de otro.
(*) Habría todavía una cuarta: más simplicidad. Pero eso nunca pudo ser...
Pienso que debería hacer esto más a menudo: olvidarse de vez en cuando de sus colores oscuros de mujer discreta y no satisfecha con ningún aspecto de su vida actual, a causa de la debacle que está resultando el profesional. En voz alta le digo que le sientan bien los tonos claros.
Ella me mira con esa sonrisa que siempre acompaña de un encogimiento de hombros, y me cuenta que acaba de estar en una reunión con esa gran institución con la que negocian ella y otras personas de su empresa. Esa que la boicotea sistemáticamente con el objetivo de, según ella, quitarla de en medio. «Al decidir esta mañana en casa qué ropa me pondría para la reunión, pensé que ya que iban a ignorarme por completo, como así ha sido», me dice, «al menos les obligaría a verme».
Yo aprendo, aprendo. Sigo aprendiendo.

Al cine le gusta mucho narrar las etapas vitales a través de la superación de ritos. En el caso de la infancia/adolescencia, el protagonista siempre pasa por los mismos dolores y los mismos gozos: que tus padres ya no se quieran; que tu padre/madre se caiga del pedestal; el primer beso; la primera vez que te enfrentas a los matones o las pijas bobas del colegio; el baile del instituto y la graduación (en los USA); la pérdida de la virginidad; el primer amor; el triunfo académico; el primer trabajo de porquería; etcétera, etcétera, etcétera.
Supongo que esta narrativa servirá al propósito de mostrar el aprendizaje vital del que nos empapamos al enfrentarnos a estas situaciones. Al fin y al cabo, con menos épica y menos instrumentos de cuerda, casi todas las vidas ordinarias están estructuradas así en buena parte.
Lo que aprecio de Boyhood es que se haya centrado en lo que la vida nos enseña en los tiempos muertos que hay entre rito y rito. Lo que en otras películas es central, aquí aparece esquinado (divorcio), se insinúa (bullying) o directamente ni se enseña (el primer beso, la intensidad o la torpeza de los primeros amores). Uno de los puntos álgidos, una de las breves tensiones argumentales, se basa en la traición a una promesa de infancia que jamás llega a verse en pantalla. Obviamente 'pasan cosas': los padrastros fallidos, las mudanzas constantes, el desarraigo, en definitiva. Pero la película no va de eso.
A mí me deja el recordatorio de que la vida es un eterno momento presente que fluye silencioso en una corriente de tiempo que no espera a nadie. Que es cierto que, como canta Hawke, no podremos bañarnos dos veces en el mismo río, porque río, bañista, tiempo, cielo y todo lo demás serán ya otra cosa la segunda vez. No hay asideros, no hay puntos de apoyo. Podemos reaccionar ante esta verdad como queramos, con frustración, ira o perplejidad según sea nuestro carácter, pero la vida seguirá pasando y careciendo de significado, más allá del que queramos darle en nuestro interior. La cosa no va de pactar con un dios, la justicia o algo más grande que nosotros mismos. El pacto es solo con nosotros mismos y con todo lo que nos importa. Si lo que nos importa está a gran escala, acabaremos involucrando un dios, la justicia, el futuro, cualquier cosa inmensa que nos trascienda. Pero qué bien nos iría si fuéramos conscientes de que esto no es nada más que, en última instancia, un pacto interno con aquel, aquella, que llevamos dentro.
...
Por un momento se me ha pasado por la cabeza el final de El forastero misterioso de Mark Twain, pero no. No es esta mi idea del mundo. Qué terribles serían las relaciones con los demás bajo ese punto de vista.

Stopping by Woods on a Snowy Evening
By Robert Frost
Whose woods these are I think I know.His house is in the village though;
He will not see me stopping here
To watch his woods fill up with snow.
My little horse must think it queer
To stop without a farmhouse near
Between the woods and frozen lake
The darkest evening of the year.
He gives his harness bells a shake
To ask if there is some mistake.
The only other sound’s the sweep
Of easy wind and downy flake.
The woods are lovely, dark and deep,
But I have promises to keep,
And miles to go before I sleep,
And miles to go before I sleep.

(versión desierto)

Cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana. Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
Agrado en 'Todo sobre mi madre' (1999)
Phil: Esta tarde hemos estado hablando de personalidad. Me preguntabas por la personalidad. Que si era algo que se notaba en la cara. Pero la cuestión es que es algo mucho más profundo. Me has preguntado. Querías saber si creía que tenías personalidad. Pues ahora voy a darte mi sincera opinión. No la tienes, por la sencilla razón de que no te arrepientes de nada.
Bob: ¿Estás diciendo que no tendré personalidad hasta que haga algo que lamente?
Phil: No, Bob. Ya has hecho muchas cosas de las que podrías arrepentirte, pero todavía no lo sabes. Cuando empieces a descubrirlas, cuando te des cuenta de los errores que has cometido... y así poderlos rectificar, a pesar de que no puedes porque ya es tarde... no te quedará más remedio que llevarlos contigo. Como evidencia de que la vida pasa, de que el mundo girará sin ti, de que en realidad no eres nadie. Entonces surgirá tu personalidad. Porque la honestidad saldrá de lo más profundo de ti y quedará como una marca indeleble en tu cara.
"El pez gordo" (obra de teatro, Helio Pedregal, Toni Cantó, Bernabé Rico), septiembre de 2009.

Trabajar con Trumbo fue una lección de vida que este honorable anciano [Kirk Douglas, 97 años] no quiere llevarse a su gloriosa tumba. Sus palabras sobre él no pueden ser más hermosas: «Dalton era fiel a sus ideas hasta decir basta, pero jamás se ofendía cuando alguien las ponía en duda. Albergaba una extraña mezcla de seguridad en sí mismo aligerada también por una gran distancia de sí mismo. Tomarse el trabajo muy en serio sin tomarse a uno mismo muy en serio constituye un don muy inusual que en él era abundante… Me enseñó mucho sobre la valentía y la elegancia».Elsa Fernández-Santos
"Espartaco contra las listas negras" | El País

Cada día Harary se reunía conmigo durante cinco minutos, solo cinco minutos; si no podía resolver los problemas durante una semana entonces Frank empezaba a quejarse y decir: «Eres una mierda, eres muy estúpido, no debería haberte empleado, no me esperaba que fueras tan estúpido»; seguía quejándose pero yo resistí y resistí, quería matarlo pero la resistencia es algo muy importante, tenía que resistir.
Jin Akiyama


Se fueron, devolviéndonos el silencio, pero dejándonos envueltos en un aire que siguió vibrando con el rastro de su alegría de segunda infancia.
––Gracias por tan excelente comida ––dijo relamiéndose––. ¡Qué hijos tan hermosos tienes! ¡Cómo se adivina en ellos la nobleza! Tienen unos ojos enormes. Y qué maravilla de juventud la suya. Aunque nada de esto me debería extrañar. Los hijos de los reyes son hombres desde que nacen.
Tabaqui sabía de sobra que no ayuda a la buena crianza alabar a los lobatos estando ellos presentes. El descontento se reflejaba en la actitud de Madre Loba y de su pareja.
El libro de la selva, de Rudyard Kipling (1984)
Surgen dos reflexiones:
Que los practicantes gallegos de BDSM tienen que ser necesariamente más vivos que otros. En Galicia se encuentran trísqueles celtas en todas las esquinas y nadie quiere recibir un bofetón a cada paso.
Y que, independientemente de la justificación que hayan inventado para la elección, me parece de lo más adecuado que hayan escogido el símbolo característico del rincón noroeste de la península. Muy adecuado, dado el carácter. Tal parece que lo hubiera escogido un cacique de esos que todavía hasta hace bien poco se ataban metafóricamente a la silla. Quizás, conociendo el percal, dejaba que le sujetaran a ella también literalmente. Por someter y someterse.
El día termina con una frase:
Gran defensa contra la adversidad efímera es la confianza plena en el valor del valer.
César González Ruano, Diario Íntimo (1951-1965)





