El año pasado, las fotos ochenteras y noventeras comenzaron a salir de los cajones de toda la casa y a repartirse por las paredes. Este año han terminado de hacerse fuertes en la sala, las habitaciones y los pasillos.
Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.
Durante la pausa tensa que precede teatralmente a una sentencia aleccionadora, demoledora o ingeniosa, solemos temer lo que pueda salir de ahí. ¿Una verdad como un templo? ¿Palabras grandilocuentes y vacías a mayor gloria del guionista? Por suerte, a veces recibimos el regalo de las palabras justas.
En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:
–¿Por qué tenemos que morir?
Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:
–Para que la vida sea importante.
__
Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:
–¿Por qué tenemos que morir?
Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:
–Para que la vida sea importante.
__
Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
