—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Enfoques

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Inteligencia artificial. Cuestionar la mano de Kubrick porque la película es efectista es olvidar la poesía, gélida pero poesía, de este hombre, si dudamos de ella basta preguntar a la muchacha que canta al final de Días de gloria o al ingeniero que hizo aprender Daisy a Hal-9000 cuando era un recién nacido.

Spielberg elimina escenas de sexo, cambia el alcoholismo de la madre de David por su afición a las tazas de café que el niño le prepara (en la historia original era aficionada a sus Bloody Marys), y en las escenas finales decide mostrar lo que Kubrick iba a dejar fuera de plano, pero el resto de la película es bastante fiel a lo que él creó en su cabeza durante tantos años. La historia de Pinocho no está intensificada por Spielberg, el propio Kubrick llamó siempre a esta película por el nombre del muñeco de madera. Y en cuanto al final, quizás Kubrick no lo hubiera magnificado con una banda sonora tan tremendista, pero el objetivo era el mismo.

Sobre el final rescato una frase de Sara Maitland, novelista inglesa a la que Kubrick acudió para encontrar el enfoque de un cuentacuentos. Maitland odiaba el final en el que Kubrick se empeñó:

«Debía de ser una imagen visual muy poderosa para él, porque no solía cometer estupideces con la trama. Me contrató porque yo era experta en cuentos de hadas, pero no quiso escucharme cuando le dije “puedes contar un viaje épico que termine en fracaso, pero no un viaje épico que se complete con éxito y se quede sin recompensa”» - Aquí

There are dreams that cannot be

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Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

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*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor

Soy Ana

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Lo que sí es apropiado es que en El espíritu de la colmena, a la escena del pueblo con los ojos clavados en Frankenstein le siga otra de un apicultor misántropo atontando a las abejas con humo para manejarlas sin peligro de picadura.

El espíritu de la colmena, el momento en que una niña descubre la ambigüedad del mundo a través del cine y aprende que ella ya no es sólo IsabelyAna, ese descubrimiento vital que todos los que no somos hijos únicos podemos reconocer. Desarrollando una personalidad propia, un espíritu independiente que la sitúa ya no junto a su hermana sino frente a ella, dos niñas que crecen y diferencian sus maneras de responder al mundo. El punto de vista de la hermana ya no es fiable, ya no vale; ya muestra dobleces y retorcimientos que ella aún no puede aceptar.

Y si nos hemos saltado las normas de la película y han matado al monstruo antes que a mí, ¿no será que debo hacer yo algo al respecto? Por muy mal que suene por las retorcidas asociaciones adultas, la pregunta es simple, ¿me la como o no me la como, esa que produce tanto rechazo que no hay ni que nombrarla?

Daría para varios párrafos (y ya se ha escrito mucho sobre esta historia) hablar de si termina desafiando la prohibición del padre o no. En todo caso, al final el espíritu no era aquel señor. El espíritu lo ve en su propio rostro cuando se asoma al espejo del agua, y lo encontrará dentro de sí misma para acudir a él cada vez que lo desee, con la libertad que siempre tenemos para recurrir a nuestros propios recursos internos sin censuras ni límites. Si tu mayor anhelo descansa en un elemento externo, como una persona que no da noticias de sí misma, asume los vaivenes del destino y las frustraciones que vengan. Si reside en ti, úsalo y disfrútalo con libertad; no puede haber frustración posible.

También lectura global, Ana como España viviendo su vida de colmena u hormiguero en ese desierto de color ámbar y ceniza que tanta desolación trae a mis ojos que mamaron monte verde y frondoso. No hay más ambición de descollar que la que pueda sugerir la sin embargo engañosa mirada perdida de la maestra ante el poema de Rosalía de Castro (en el caso de aceptar que lo escucha de verdad, entonces su actitud vacía y desencantada contrasta con la de la niña, que absorbe el poema con interés vivo). Y si algún día descollaste y, por circunstancias terribles, los tuyos cayeron en desgracia pero no quisiste llegar tan lejos como para recurrir al exilio autoimpuesto, no te quedará más remedio que pasar desapercibido y estudiar la vida de la colmena desde una de sus celdillas. Pero tu hija no llevará el brasero debajo del brazo cada vez que salga de casa. Tu hija será como tú.

Deséale que no le maten su conocimiento.


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Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa. Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los proyectores y las luces, «siempre las luces», lo habían transfigurado. El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. «Algo iba a pasar», recordó Erice. «Cuando llegó la niña estábamos cenando. También Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué [sic] mataste a la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta cuestión.» (Rodrigo García, El País, 23/09/2003)

Yo no me hice esa pregunta cuando vi la película (de la que sólo recuerdo esa escena) a la edad de Ana; el sentido poético, tan retorcido, ya estaba en mi cabeza.

Lo apropiado

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Cualquiera que tenga una idea interesante puede intentar convertirse en experimentador y "conclusionista".

Y también, cualquiera puede intentar convertirse en opinador: si a un hombre que tiene sólo media hora para comer le invitan a sentarse a una mesa a disfrutar de un solomillo relleno de boletus regado con un Vega Sicilia del 94, por muy exquisito que sea (en este caso por serlo), intentará agendarla para un día que permita degustación tranquila y sobremesa larga. Un momento para cada cosa.

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La primera idea que se me viene a la cabeza lavanda cuando se estrena la enésima película sobre el Holocausto, es conspiranoica y a mayor gloria del lobby; a una se le encadenan pensamientos que terminan en la idea de un acuerdo anual oculto. Pero aunque no sería descabellado pensarlo, tal y como está de sensible la epidermis, no hay que irse tan lejos. Así son. No por nada le llaman industria. Echarán mano de lo que haga falta para dar de comer a iluminadores y actores. Cualquier personaje más o menos descollante (el motivo es lo de menos) será justificación suficiente para hacer un homenaje a una vida. Robarán hasta la última gota el encanto vital de cualquier suceso mínimo. Cómo no entender entonces que para ellos aquella abominable infamia rebosante de innumerables historias y dramas anónimos sea el Atapuerca emocional por antonomasia.

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Miraba los títulos tontorrones de las novedades editoriales cuando sonó un estruendo seco: a una distancia de cinco metros, lo único seguro eran una madre joven y su hijo pequeño junto a una estantería con baldas de cristal, y una de ellas se había roto en dos pedazos al estrellarse contra el suelo. El guardia de seguridad se acercó mientras la madre joven miraba bobamente al suelo, quizá preguntándose si tendría que pagar el estropicio. En un momento dado, quizá cuando ya le habían dado garantías de que no iba a tener que sacar la tarjeta de crédito, pronunció una tímida pero clara disculpa. Me crucé con ellos cuando se alejaban del lugar del estropicio y yo caminaba hacia la salida; el niño pequeño preguntó con su gramática de niño pequeño «¿quién hubiera sido?», y la madre joven dijo, con la voz quejosa que muchos adultos usan cuando hablan con un niño, «nadie, ya estaba roto cariño».

La frase se me quedó metida en la cabeza lavanda como un signo de mal augurio a largo plazo para ambos, la madre madura y el niño crecido, pero a corto plazo y de manera puntual para ninguno de los dos.

British life on Mars

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Érase una vez un hombre desconcertado, un hombre atribulado, un hombre inteligente, sereno y conciliador que tuvo que vivir durante un tiempo sin consciencia. La vida se apagó temporalmente en 2006 y junto a ella se truncaron todas las vicisitudes (un caso policíaco en su punto álgido, dramático a nivel personal), todas las relaciones personales y hábitos, para encenderse en 1973 a unos hábitos, relaciones personales, vicisitudes y vida que parecían de otro mundo.

[No tengamos en cuenta la respuesta que da la serie a la pregunta germen («Am I mad, in a coma, or back in time?»), que puede ser cualquiera de las tres; especulemos con la segunda, la obvia, la mejor para construir un subtexto.]

Atrapado en su interior, el hombre se enzarzó en una lucha continua con cada aspecto de su yo:

Descubrió (quizás; es arriesgado aventurarlo) qué tipo de mujer estaba buscando en realidad, que no tenía mucho que ver con las que hasta ese momento habían entrado en el radar de su atractivo.

Tuvo que enfrentarse a un ambiente inhóspito y, sobre todo, a un compañero hostil, la dura voz del rechazo personal con la que algunos parecemos haber sustituido al Pepito Grillo consejero (la desagradable sorpresa es que si por una vez le desafiamos y nos atrevemos a quitarle la razón, podemos encontrarnos con que quizás está menos equivocada de lo que deseábamos... aunque siempre hay tiempo para una vuelta de tuerca y demostrarle lo mismo a ella). En tono desafiante, nuestro hombre se reafirmaba ante otro personaje, qué más da ante quién si sobre todo se lo estaba recordando a sí mismo: «¿Sabes?, en el lugar del que vengo [...] la gente me quiere. No desean nada de mí, no desean enfrentarse a mí. Simplemente me quieren». En las luchas con nosotros mismos olvidamos que el resto del mundo no nos cuestiona tanto, y lo olvidamos porque nos cuesta creer que la aceptación sea tan fácil como parece.

Y ante todo, sobre todo, batalló con su lado oscuro encarnado en un hombre que no carecía del principio de integridad que a él mismo le movía, pero básicamente violento, visceral, maleducado, ultra-políticamente-incorrecto (ese concepto actual de camino incierto), importante notar que aun siendo un lado oscuro al que nuestro hombre se enfrentaba y al cual cuestionaba, en general ante sus acometidas imposibles de detener, por tratarse de un superior jerárquico, debía retirarse (¿liberadoramente?) a un segundo plano y dejarle actuar.

Mientras tanto, intentó con todas sus fuerzas volver al mundo consciente alentado por las muchas ocasiones de percepción del exterior. Contactó con recuerdos y partes de sí mismo que parecían enterrados muy al fondo de su subconsciente. Interactuó con ellos de forma insólita, pero como experiencias estrictamente personales. Y aún tuvo tiempo, en no pocos momentos, de descubrir
lo solo que está uno
consigo mismo
en su interior.

Auntie Heather, la tía Heather, desde el televisor fantasmal: «Now, from one lovely boy to another... it's Gilbert O'Sullivan and "Alone Again (Naturally)"».

Humanidad

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El hecho de haber visto las caras de esos desconocidos en pleno orgasmo: la más desprevenida y puramente neural de todas las expresiones, esa que es tan vulnerable que durante siglos básicamente tenías que casarte con alguien para dejar que ese alguien la viera (14).

Nota al pie 14. El señor Harold Hecuba, cuyo trabajo en su revista implica reseñar docenas de títulos pornográficos todos los meses, tiene una interesante viñeta sobre un detective de la policía de Los Ángeles al que conoció una vez cuando alguien le abrió el coche y le robó una caja entera de cintas de vídeo de Elegant Angel Inc. (la caja llevaba el nombre y la dirección del trabajo de H.H.), que después la policía recuperó. Un detective fue a devolverle la caja en persona a Hecuba, un gesto que H.H. recordaba haber pensado que resultaba inusualmente considerado y comprometido hasta que salió a la luz que el detective únciamente había usado la devolución de la caja como excusa para conocer a Hecuba, cuyo trabajo crítico parecía conocer, y para conversar sobre los tejemanejes de la industria del vídeo para adultos. Resultó que aquel detective -que tenía sesenta años, estaba felizmente casado era abuelo, tímido, educado y obviamente un tipo decente- también era un fan acérrimo del porno. Él y Hecuba terminaron tomando café, y cuando H.H. por fin carraspeó y le preguntó al poli por qué un tipo que era tan obviamente decente y estaba claramente del lado de la ley y de las virtudes cívicas era fan del porno, el detective confesó que lo que le atraía de las películas eran «las caras», es decir, las caras de las actrices, es decir, aquellos momentos de orgasmo o de ternura accidental en que las actrices dejaban de lado sus muecas burlonas de «fóllame, soy una niña mala» y de pronto se convertían en gente de verdad. «A veces, y nunca sabes cuándo, es lo que tiene... a veces de golpe se revelan a sí mismas», fue la explicación del detective. «Su... cómo se llama eso... humanidad.» Resultaba que al detective de la policía de Los Ángeles las películas para adultos le resultaban conmovedoras, de hecho mucho más que la mayoría de las películas convencionales de Hollywood, en las cuales los actores -a veces actores con mucho talento- se dedican a intentar fingir una humanidad genuina, es decir: «En las películas normales, todo es intencionado. Supongo que lo que me gusta del porno es que ahí pasa de forma accidental».

La explicación del detective de Hecuba resulta intrigante, por lo menos para estos enviados especiales, porque ayuda a explicar parte del atractivo del porno duro, películas que se supone que son «desnudas» y «explícitas» pero que en realidad contienen material filmado que se cuenta entre el más distante y opaco que se puede encontrar. Una gran parte de la naturaleza fría, muerta y mecánica de las películas para adultos es atribuible en realidad a las caras de los actores y actrices. Se trata de caras que suelen parecer aburridas o inexpresivas o profesionales, pero que en realidad están simplemente escondidas, el yo permanece encerrado en algún lugar lejano muy por detrás de los ojos. Seguramente ese naturaleza escondida es la forma que un ser humano que está revelando las partes más íntimas de sí mismo tiene de preservar cierto sentido de la dignidad y la autonomía: negarnos toda expresión verdadera. (Se puede apreciar esta mirada aburrida, dura y muerta en las bailarinas de striptease, prostitutas e intérpretes de pornografía de todos los lugares y géneros.)

Pero también es cierto que de vez en cuando en las escenas de porno duro aparece el yo escondido. Viene a ser lo contrario de actuar. Se puede ver cómo toda la cara del actor o actriz porno cambia cuando la conciencia de uno mismo (en la mayoría de las mujeres) o la inexpresividad desquiciada (en la mayoría de los hombres) ceden el paso a un placer erótico sentido de forma genuina hacia lo que está pasando; los suspiros y gemidos dejan de ser automáticos para volverse expresivos. Solamente pasa de vez en cuando, pero el detective tiene razón: el efecto en el espectador es eléctrico. Y los actores y actrices que pueden hacer esto con frecuencia -permitirse sentir y disfrutar de lo que está sucediendo, con o sin cámaras- se vuelven estrellas enormes y legendarias. En los años ochenta lo podían hacer Ginger Lynn y Keisha, y ahora a veces pueden Jill Kelly y Rocco Siffredi. Jenna Jameson y T.T. Boy no pueden. Siguen siendo nada más que cuerpos.


Gran hijo rojo, de David Foster Wallace, 1998, publicado en Hablemos de langostas (Consider the Lobster), 2006, Mondadori, trad. de Javier Calvo

Retiro de lluvia

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Cuando es diciembre, puente y ha llovido, al Retiro acuden las personas juiciosas. Al atravesar una entrada lateral sin perros, bicicletas ni corredores se tiene la impresión de que se disfrutará del raro milagro de un Retiro solitario; los zapatos se embarran y hasta el libro que se lleva en la bolsa se acomoda al aspecto de las cosas, porque es diciembre, puente y ha llovido, y los árboles están desnudos pero cargados de agua, las nubes grises han bajado hasta casi tocar las ramas ateridas y hay un aire como vintage en el ambiente. Entonces se llega al Paseo de Coches y aparece la gente, pero no los patinadores todo fibra, músculo y empuje, no los ciclistas que sortean a los caminantes, tampoco los alborotadores que jaranean sin gracia, sino los solitarios que caminan pausadamente con las manos en los bolsillos y el paraguas colgando del brazo, las familias tranquilas que pasean apacibles, una chica y una niña que bailan a saltos allá adelante. Y llueven hojas secas sobre todos nosotros. Las nubes grises están muy cerca.

A lo lejos reina el alto carrusel, tras una pequeña bajada y una pequeña subida que durante la Feria del Libro es casi imperceptible pero que el carrusel en perspectiva al fondo ayuda a calibrar. Árboles, ramas y asfalto, puntos de fuga dirigiéndose hacia su carpa granate que combina de muerte con el gris de las nubes. O sea. Carpa altísima y muda que va adquiriendo sonidos según uno se acerca, como el inicio de E la nave va, poco a poco, los sonidos contenidos y expectantes de niños y mayores encaramados a las atracciones de hierro, muy vintage todo, muy vintage, suena un beeeeeerp átono pero lleno de vida y el mecanismo se pone en movimiento, los niños pedalean, los adultos manipulan palancas, el toro gigante da vueltas y asciende hasta una altura de vértigo, los saltamontes hacen oscilar sus vientres de arriba abajo, y el mecanismo nos deja oír su voz engrasada.

Mucho más adelante, el ángel sigue cayendo, esta vez ante el fondo de un cielo que es más apropiado para su desdicha. Entonces se viene a la cabeza el recuerdo de una mañana de verano, en la que tuve varios encuentros con ellos. Iban en grupos de tres, impecablemente vestidos, con corbata, camisa de manga corta de un blanco nuclear, pantalones oscuros de raya esculpida, zapatos relucientes, pelo cortado al rape, libros negros en la mano: El libro... no se pudo leer más que el inicio del título. Hablaban inglés entre ellos.

Una de las trinidades caminaba por la vía del este directamente hacia el Ángel Caído, pero fueron atraídos por la rosaleda y se internaron en su aroma.

En la vía del oeste, la segunda trinidad hablaba con una pareja joven, llevando el libro hacia su pecho a modo de escudo para su recato. Cuando iban a seguir su camino rumbo al Ángel, torcieron en cambio a la izquierda por un camino de tierra y se perdieron entre los árboles.

El último grupo de tres caminaba reciamente por la vía norte procedente del lago. Iban por el centro, derechos y seguros. Pero aun sin vigilar en qué quedó la cosa, apostaría a que no llegaron a la escultura. Sonreí al sentir cómo mi imaginación alzaba el vuelo y, desde una vista panorámica en picado, veía el Parque lleno de tríadas orbitando alrededor del Ángel Caído, sin llegar jamás a él.

Cronos

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A dos metros bajo tierra (Six Feet Under)

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