Y también, cualquiera puede intentar convertirse en opinador: si a un hombre que tiene sólo media hora para comer le invitan a sentarse a una mesa a disfrutar de un solomillo relleno de boletus regado con un Vega Sicilia del 94, por muy exquisito que sea (en este caso por serlo), intentará agendarla para un día que permita degustación tranquila y sobremesa larga. Un momento para cada cosa.
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La primera idea que se me viene a la cabeza lavanda cuando se estrena la enésima película sobre el Holocausto, es conspiranoica y a mayor gloria del lobby; a una se le encadenan pensamientos que terminan en la idea de un acuerdo anual oculto. Pero aunque no sería descabellado pensarlo, tal y como está de sensible la epidermis, no hay que irse tan lejos. Así son. No por nada le llaman industria. Echarán mano de lo que haga falta para dar de comer a iluminadores y actores. Cualquier personaje más o menos descollante (el motivo es lo de menos) será justificación suficiente para hacer un homenaje a una vida. Robarán hasta la última gota el encanto vital de cualquier suceso mínimo. Cómo no entender entonces que para ellos aquella abominable infamia rebosante de innumerables historias y dramas anónimos sea el Atapuerca emocional por antonomasia.
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Miraba los títulos tontorrones de las novedades editoriales cuando sonó un estruendo seco: a una distancia de cinco metros, lo único seguro eran una madre joven y su hijo pequeño junto a una estantería con baldas de cristal, y una de ellas se había roto en dos pedazos al estrellarse contra el suelo. El guardia de seguridad se acercó mientras la madre joven miraba bobamente al suelo, quizá preguntándose si tendría que pagar el estropicio. En un momento dado, quizá cuando ya le habían dado garantías de que no iba a tener que sacar la tarjeta de crédito, pronunció una tímida pero clara disculpa. Me crucé con ellos cuando se alejaban del lugar del estropicio y yo caminaba hacia la salida; el niño pequeño preguntó con su gramática de niño pequeño «¿quién hubiera sido?», y la madre joven dijo, con la voz quejosa que muchos adultos usan cuando hablan con un niño, «nadie, ya estaba roto cariño».
La frase se me quedó metida en la cabeza lavanda como un signo de mal augurio a largo plazo para ambos, la madre madura y el niño crecido, pero a corto plazo y de manera puntual para ninguno de los dos.

1 comment
¿porqúe tu cabeza es una cabeza lavanda?
yo digo que es porque huele bien.
y huele bien porque funcina bien, muy bien, y eso siempre genera aromas seductores para quien tiene pituitarias cultivadas
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