Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.
Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.
Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.
Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.
O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.
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