Hoy los madrileños caminaban con tanta parsimonia por los pasillos del metro, que pienso que quizás llegaban todos demasiado temprano a trabajar. Al bajarme en el transbordo de Avenida de América a las 8,39 h., comprobé cómo quienes venían de frente refrenaban sus pasos para no llegar a tiempo de coger el tren de la línea 7 que yo estaba dejando. En mi trayecto hacia el siguiente andén, vi cómo los trabajadores se habían convertido en transeúntes y paseaban los pasillos con expresión apacible. En la línea 6, donde el siguiente tren llegó pisándole los talones al que acababa de dejar el andén sin dar tiempo a que los marcadores señalaran ni tan sólo un minuto de espera, algunas personas se levantaron de los bancos protestando porque debían interrumpir la lectura del periódico, mucho más plácida en el asiento del andén que con el traqueteo del vagón. Al trompetista de Nuevos Ministerios se le acumulaban los espectadores y las monedas de veinte y cincuenta, y ante una turista que quería subir a duras penas un maletón gigantesco por un tramo de no más de siete escalones, seis amables transeúntes se abalanzaron para ser los primeros en llegar al rescate (uno de los últimos, frustrado, terminó la faena ayudando a un ejecutivo agresivo a subir su maletín, asiendo la parte trasera y alzándola para ponerlo en horizontal, con grandes molestias para su codo según se adivinaba por las muecas de su rostro).
Como todo se autorregula, según las dinámicas de los ecosistemas y de las teorías económicas liberales, también esta peculiar mañana se arregló con su propia inercia. En las escaleras mecánicas nadie quiso utilizar el hueco izquierdo para adelantar andando, y comenzó a acumularse gente en la parte derecha para subir tranquilamente al ritmo de la cinta. Las filas se hicieron enormes, atascando las escaleras hasta cuando llegaban ya los pasajeros de los siguientes trenes. El tiempo de más se fue agotando, los más impacientes volvieron a usar el carril izquierdo en las subidas, y hacia las 8,53 h. todo el mundo corría ya, pisándose los callos unos a otros.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

4 comments
Cuando las escaleras son de bajada, la gente hace cola para coger las mecánicas. Y luego, cuando ya las han alcanzado, bajan a pie. Pim, pam, pim, pam... por las mecánicas, pero a pie.
Me gusta verlos, mientras bajo por mis escaleras que se están quietas. Madrid en el fondo es la ciudad de los locos.
No hay otra igual.
Perdón... Hola Tur Tur. He venido a verte. No importa ¿no?
En absoluto Nepomuk! Encantada de tenerte por aquí.
Yo soy de las que bajan a pie por las mecánicas, aunque en mi descargo diré que no hago la cola sino que me voy colando, y que además también las subo, tenga prisa o no. Viviendo en un 4º sin ascensor, las quietas del Metro intento ni tocarlas.
(Me sale "station" como palabra verificadora; hasta aquí nos vigilan).
Aquí otra que vive en un cuarto piso sin ascensor. Y por eso, luego no bajo / subo más escaleras que las imprescindibles. Si hay escaleras mecánicas, ahí que me quedo yo, quietecita mientras ellas me llevan arriba o abajo ;)
Publicar un comentario