¿Lo ves? Un falo gigante de madera sobre la mesa de un restaurante a orillas del Douro, en Porto. Los Damocles de aquella noche ocupaban cuatro mesas y tenían el pelo plateado, no sé cuántas centurias podrían sumar entre todos. El vino subió, se volvieron ruidosos, uno de ellos sopló las velas de un pastel y, cuando se levantaron para irse, diciéndonos a los demás que por fin nos devolvían el silencio, uno de ellos que ya nos había ofrecido la botella de vino un poco antes se acercó a nuestra mesa, borracho y encantador, para decir que esperaba que no hubieran hecho mucho el ridículo. «No, en absoluto, ha sido divertido», le dije. Nos contó que eran una asociación gastronómica, que cada uno venía de una parte distinta de Estados Unidos y que se reunían de vez en cuando para recorrer el mundo. No es que el restaurante de aquella noche fuera
espectacular, pero el cachondeo que se traían me hizo pensar que la calidad gastronómica era lo de menos en aquellos viajes. Nos preguntó de dónde veníamos y me alabó el inglés (porque mi acompañante poco dijo).
Se fueron, devolviéndonos el silencio, pero dejándonos envueltos en un aire que siguió vibrando con el rastro de su alegría de segunda infancia.
Publicar un comentario