2008. Es abril de 1962 en este episodio de "Mad Men" donde una mujer y un cura católico, ambos jóvenes, se encuentran a la salida de la misa del Domingo de Pascua, mientras los niños corretean a su alrededor recogiendo huevos de idem. Intercambian breves palabras amables y luego observan cómo un niño se apresura a recoger un huevo del suelo, arrebatándoselo casi de las manos a otro tan pequeño que apenas sabe andar, dejándole desamparado y desconcertado (y a mí con el corazón roto, porque teniendo diecisiete meses su reacción no puede ser actuada). La chica esboza una sonrisa tensa y efímera y acierta a decir «estos niños...». Él le alarga otro huevo azul, color del renacimiento: «Para el más pequeño», y se aleja con gesto taciturno. El episodio se cierra con un primer plano de ella y, por la expresión de su rostro en ese primer plano, entendemos que acaba de comprender que él ya sabe que tuvo un hijo fruto de su romance con un hombre casado y que, si se aleja, tal vez sea porque se acaba de levantar un muro que impide la amistad que se estaba formando entre los dos. Y aceptamos que lo comprenda sin necesidad de que le hayan informado del motivo por el cual él ha descubierto sus circunstancias, en una elipsis o fuera de campo no destinada al espectador sino al personaje, elipsis que sólo puede darse cuando el primero ya tenía en ese punto más información que el segundo.
En 1895, durante la proyección "La llegada del tren" de los hermanos Lumière, algunos espectadores huyeron de la sala creyendo que el tren se abalanzaba realmente sobre ellos. Algunos de los primeros que vieron el recurso del travelling fueron incapaces de soportarlo. En sólo ciento diez años hemos creado un lenguaje con un elevado grado de abstracción, y aceptamos con naturalidad unas suposiciones, sobreentendidos y maneras de ver el mundo que hemos adquirido sin darnos cuenta. Si unas hordas de otro mundo sustituyeran a la civilización actual dentro de trescientos años, como sucedió tras la caída del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, ¿seríamos capaces de explicarle a alguien de dentro de mil años en qué consistía el lenguaje cinematográfico? Así igual nos está vedada la comprensión de ciertos antiguos mitos, leyendas, arquetipos, figuritas talladas, grupos escultóricos, edificaciones, costumbres, tipos de escritura (miradas directas a una mentalidad ya desaparecida). No sé si el mundo es uno, fuera de la subjetividad de todos nosotros; supongo que las orquídeas y las medusas seguirían ahí aunque nosotros no estuviéramos para darnos cuenta de ellas. Lo que sé es que, desde que andamos por aquí, lo hemos mirado bajo un millar de códigos distintos.
Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)
Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.
Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.
Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.
Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.
No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.
Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.
A lo mejor tiene razón.
Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.
A lo mejor tiene razón.
Que no vuelva a perder este carboncito medio convertido en diamante nunca, nunca más.
More, de Mark Osborne
More, de Mark Osborne
Oh Musas, aplicad sales a Melpómene y Talía, que se han desplomado desvanecidas en la escalinata de mármol entre vaporosas sedas. Lamento el disgusto de las hermanas, los sollozos de Euterpe, el aire grave de Erato, mas no me disculparé, pues no es falta que las tentaciones del suicidio neuronal, del abandono momentáneo del cultivo del gusto artístico y la conciencia humana, me hayan llevado a preferir ver por segunda vez El sonido del trueno antes que por primera vez Matar a un ruiseñor.
Oh, regodeo infame en las palomitas requemadas, la pseudo-ciencia de parvulitos y las cintas de correr a excesivo ralentí ante un croma cutre. Mas no me disculparé, pues ¿acaso es menor mi devoción por Murnau, Lynch, Erice, Kieslowsky, Kubrick o Vidor, por haberme decantado por babuinos-lagartos y serpientes marinas de chichinabo, en vez de paladear un sutil tapiz de denuncia genérico-ético-racial con Gregory Peck en el papel de su vida?
Suave. Suave. Subid la intensidad de los latigazos poco a poco y yo os diré cuándo me empiezo a excitar.
Oh, regodeo infame en las palomitas requemadas, la pseudo-ciencia de parvulitos y las cintas de correr a excesivo ralentí ante un croma cutre. Mas no me disculparé, pues ¿acaso es menor mi devoción por Murnau, Lynch, Erice, Kieslowsky, Kubrick o Vidor, por haberme decantado por babuinos-lagartos y serpientes marinas de chichinabo, en vez de paladear un sutil tapiz de denuncia genérico-ético-racial con Gregory Peck en el papel de su vida?
Suave. Suave. Subid la intensidad de los latigazos poco a poco y yo os diré cuándo me empiezo a excitar.
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| No, Atticus, yo tampoco lo entiendo |
Las verdes praderas, José Luis Garci (1979)
Al día siguiente, las primeras palabras que le dirija al hijo del portero formularán una pregunta: "¿Pero esto tú quieres hacerlo? ¿Qué quieres hacer tú en realidad?".
La frustración de ver que los sueños de infancia iban errados juega con la conocida advertencia de que habremos de arrepentirnos cuando consigamos lo que tanto deseamos. En mi querencia oriental pienso que esto ocurre cuando los sueños de infancia se basan en tener en nuestras manos una cosita material determinada. O varias.
El final es metafórico y optimista, pero ¿y después? Es fácil encender esa cerilla, ¿pero será capaz de renunciar a La Confianza? Y ¿es sensato hacerlo? Romper con todo drásticamente, ¿es siempre la mejor opción? ¿No se puede acaso reformular los valores asumiendo el camino que se ha seguido hasta ese momento en el que uno decide que no le vale?
El protagonista tiene que asumir un fracaso más difícil de afrontar que el de haber querido una cosa y haber sido obligado a hacer otra: el de haber querido una cosa y, tras hacerla, darse cuenta de que era más insignificante que una cáscara de grano de arroz. Alguien que haya tenido que renunciar a un sueño siempre tiene tiempo de rectificar e ir tras él. Pero quien se ha dado cuenta de que su único sueño no valía para hacerle feliz, abre los ojos a la desorientación de qué hacer a continuación.
Puede llegar a ser una situación más envidiable que la del que tiene sus metas claras, porque se impone que quien está totalmente perdido inicie un viaje de autoconocimiento. El viaje más apasionante que cualquier persona pueda emprender.
Al día siguiente, las primeras palabras que le dirija al hijo del portero formularán una pregunta: "¿Pero esto tú quieres hacerlo? ¿Qué quieres hacer tú en realidad?".
La frustración de ver que los sueños de infancia iban errados juega con la conocida advertencia de que habremos de arrepentirnos cuando consigamos lo que tanto deseamos. En mi querencia oriental pienso que esto ocurre cuando los sueños de infancia se basan en tener en nuestras manos una cosita material determinada. O varias.
El final es metafórico y optimista, pero ¿y después? Es fácil encender esa cerilla, ¿pero será capaz de renunciar a La Confianza? Y ¿es sensato hacerlo? Romper con todo drásticamente, ¿es siempre la mejor opción? ¿No se puede acaso reformular los valores asumiendo el camino que se ha seguido hasta ese momento en el que uno decide que no le vale?
El protagonista tiene que asumir un fracaso más difícil de afrontar que el de haber querido una cosa y haber sido obligado a hacer otra: el de haber querido una cosa y, tras hacerla, darse cuenta de que era más insignificante que una cáscara de grano de arroz. Alguien que haya tenido que renunciar a un sueño siempre tiene tiempo de rectificar e ir tras él. Pero quien se ha dado cuenta de que su único sueño no valía para hacerle feliz, abre los ojos a la desorientación de qué hacer a continuación.
Puede llegar a ser una situación más envidiable que la del que tiene sus metas claras, porque se impone que quien está totalmente perdido inicie un viaje de autoconocimiento. El viaje más apasionante que cualquier persona pueda emprender.
Él vino a verme y me hizo sentir importante. Tras un relámpago que duró seis años, vino un trueno de una noche que me dio la vida y me reconcilió conmigo. Durante la cena, mientras en la pared proyectaban a lo Cinexín escenas míticas de películas de terror y ciencia ficción de hace varias décadas, comentó que le gustaría quedarse una noche más, o toda la vida. Empezando a conocer su espíritu guasón, preferí reprimir el «si por mí fuera…». También durante la cena supo que podría quedarse toda la noche, y la vuelta a casa fue más tranquila; el amor de después, sin el apresuramiento que temíamos; poder poner el reloj de cara a la pared, una bendición.
Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.
Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.
Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.
Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.
Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.
Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.
Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».
Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?
La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.
La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.
En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.
B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.
Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.
Un domingo, y otro, y otro más.
Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.
Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «DesiTur, ¿te ayudo…?»
Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?
La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.
La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.
En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.
B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.
Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.
Un domingo, y otro, y otro más.
Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.
Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «DesiTur, ¿te ayudo…?»
Doctor Zhivago, de David Lean (1965)
Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.
Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.
Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.
A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".
Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.
Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.
Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.
A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".
No le quitemos misterio ni magia a la patria de la infancia: pero admitamos que es una cuestión de pura química.
Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.
Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por la domesticación, las sorpresas vitales y el paso del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.
Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.
Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.
La tía de Frankenstein (1987)
Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.
Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por la domesticación, las sorpresas vitales y el paso del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.
Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.
Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.
La tía de Frankenstein (1987)
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