—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

¿A dónde vas por Alfonso XIII?

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Hoy los madrileños caminaban con tanta parsimonia por los pasillos del metro, que pienso que quizás llegaban todos demasiado temprano a trabajar. Al bajarme en el transbordo de Avenida de América a las 8,39 h., comprobé cómo quienes venían de frente refrenaban sus pasos para no llegar a tiempo de coger el tren de la línea 7 que yo estaba dejando. En mi trayecto hacia el siguiente andén, vi cómo los trabajadores se habían convertido en transeúntes y paseaban los pasillos con expresión apacible. En la línea 6, donde el siguiente tren llegó pisándole los talones al que acababa de dejar el andén sin dar tiempo a que los marcadores señalaran ni tan sólo un minuto de espera, algunas personas se levantaron de los bancos protestando porque debían interrumpir la lectura del periódico, mucho más plácida en el asiento del andén que con el traqueteo del vagón. Al trompetista de Nuevos Ministerios se le acumulaban los espectadores y las monedas de veinte y cincuenta, y ante una turista que quería subir a duras penas un maletón gigantesco por un tramo de no más de siete escalones, seis amables transeúntes se abalanzaron para ser los primeros en llegar al rescate (uno de los últimos, frustrado, terminó la faena ayudando a un ejecutivo agresivo a subir su maletín, asiendo la parte trasera y alzándola para ponerlo en horizontal, con grandes molestias para su codo según se adivinaba por las muecas de su rostro).

Como todo se autorregula, según las dinámicas de los ecosistemas y de las teorías económicas liberales, también esta peculiar mañana se arregló con su propia inercia. En las escaleras mecánicas nadie quiso utilizar el hueco izquierdo para adelantar andando, y comenzó a acumularse gente en la parte derecha para subir tranquilamente al ritmo de la cinta. Las filas se hicieron enormes, atascando las escaleras hasta cuando llegaban ya los pasajeros de los siguientes trenes. El tiempo de más se fue agotando, los más impacientes volvieron a usar el carril izquierdo en las subidas, y hacia las 8,53 h. todo el mundo corría ya, pisándose los callos unos a otros.

Madrid natural, texto kitsch

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Subía yo el suelo mecánico del nuevo mercado y a mi lado subía el niño (¿de cuánto? ¿un año, año y medio?), mirando al papá que venía un poco más atrás. Llegamos arriba al mismo tiempo, rebasó con dificultad el fin del suelo mecánico y se quedó petrificado al ver pasar a Minnie Mouse del brazo de una chica, allá, un poco más lejos. Volvió a mirar al papá, que ya llegaba, y alzó un índice diminuto para avisarle. «¡Minnie! ¡Minnie!». Juro que se le desgarraba la voz.Y aunque Minnie se alejaba dándole la espalda, gritó muy serio «¡hola Minnieee!» y empezó a girar la muñeca como un rey, pero con los dedos separados y doblados por la última falange en una garrita conmovedora, los pies clavados al suelo, sin soñar jamás con alcanzarla. Casi se me rompe el corazón de ternura. ¿Qué me pasa últimamente con las reacciones espontáneas de los niños muy pequeños? Y hete aquí que, a pesar de la mucha gente, la chica que iba colgada del brazo de Minnie debió oírle, porque guió a la compañera en un giro de 180º diciendo «¡mira!» en tono fabulador, y allá que se vinieron las dos a dedicarle un poco de atención. Le miré atentamente mientras me alejaba para ver si sonreía, pero nada. Un bebé ilusionado, pero muy serio.

Seguí mi vuelta por el mercado pensando en alguien a quien acababa de ver y que debería entrevistar en unos días. Al bajar, de nuevo oí delante de mí un «¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee!». Era él, que abordaba a la mamá en la cola del frutero. Ella le entendió perfectamente, y cuando salía por la puerta le oí decir: «¿te has encontrado con Minnie? ¡Hala! ¿Y qué te dijo?».

Hay muchas formas de sacar fotografías. Esta es una de ellas.

Por si los pánicos

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Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.

Los hermanos Pinzones eran unos marineros

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2008. Es abril de 1962 en este episodio de "Mad Men" donde una mujer y un cura católico, ambos jóvenes, se encuentran a la salida de la misa del Domingo de Pascua, mientras los niños corretean a su alrededor recogiendo huevos de idem. Intercambian breves palabras amables y luego observan cómo un niño se apresura a recoger un huevo del suelo, arrebatándoselo casi de las manos a otro tan pequeño que apenas sabe andar, dejándole desamparado y desconcertado (y a mí con el corazón roto, porque teniendo diecisiete meses su reacción no puede ser actuada). La chica esboza una sonrisa tensa y efímera y acierta a decir «estos niños...». Él le alarga otro huevo azul, color del renacimiento: «Para el más pequeño», y se aleja con gesto taciturno. El episodio se cierra con un primer plano de ella y, por la expresión de su rostro en ese primer plano, entendemos que acaba de comprender que él ya sabe que tuvo un hijo fruto de su romance con un hombre casado y que, si se aleja, tal vez sea porque se acaba de levantar un muro que impide la amistad que se estaba formando entre los dos. Y aceptamos que lo comprenda sin necesidad de que le hayan informado del motivo por el cual él ha descubierto sus circunstancias, en una elipsis o fuera de campo no destinada al espectador sino al personaje, elipsis que sólo puede darse cuando el primero ya tenía en ese punto más información que el segundo.

En 1895, durante la proyección "La llegada del tren" de los hermanos Lumière, algunos espectadores huyeron de la sala creyendo que el tren se abalanzaba realmente sobre ellos. Algunos de los primeros que vieron el recurso del travelling fueron incapaces de soportarlo. En sólo ciento diez años hemos creado un lenguaje con un elevado grado de abstracción, y aceptamos con naturalidad unas suposiciones, sobreentendidos y maneras de ver el mundo que hemos adquirido sin darnos cuenta. Si unas hordas de otro mundo sustituyeran a la civilización actual dentro de trescientos años, como sucedió tras la caída del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, ¿seríamos capaces de explicarle a alguien de dentro de mil años en qué consistía el lenguaje cinematográfico? Así igual nos está vedada la comprensión de ciertos antiguos mitos, leyendas, arquetipos, figuritas talladas, grupos escultóricos, edificaciones, costumbres, tipos de escritura (miradas directas a una mentalidad ya desaparecida). No sé si el mundo es uno, fuera de la subjetividad de todos nosotros; supongo que las orquídeas y las medusas seguirían ahí aunque nosotros no estuviéramos para darnos cuenta de ellas. Lo que sé es que, desde que andamos por aquí, lo hemos mirado bajo un millar de códigos distintos.

Treinta años

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Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)

Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.

Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.

Pildorilla de la contrariedad

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No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.

Diez años después

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Que no vuelva a perder este carboncito medio convertido en diamante nunca, nunca más.

More, de Mark Osborne

Matar un trueno

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Oh Musas, aplicad sales a Melpómene y Talía, que se han desplomado desvanecidas en la escalinata de mármol entre vaporosas sedas. Lamento el disgusto de las hermanas, los sollozos de Euterpe, el aire grave de Erato, mas no me disculparé, pues no es falta que las tentaciones del suicidio neuronal, del abandono momentáneo del cultivo del gusto artístico y la conciencia humana, me hayan llevado a preferir ver por segunda vez El sonido del trueno antes que por primera vez Matar a un ruiseñor.

Oh, regodeo infame en las palomitas requemadas, la pseudo-ciencia de parvulitos y las cintas de correr a excesivo ralentí ante un croma cutre. Mas no me disculparé, pues ¿acaso es menor mi devoción por Murnau, Lynch, Erice, Kieslowsky, Kubrick o Vidor, por haberme decantado por babuinos-lagartos y serpientes marinas de chichinabo, en vez de paladear un sutil tapiz de denuncia genérico-ético-racial con Gregory Peck en el papel de su vida?

Suave. Suave. Subid la intensidad de los latigazos poco a poco y yo os diré cuándo me empiezo a excitar.

No, Atticus, yo tampoco lo entiendo

Selfmádeman

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Las verdes praderas, José Luis Garci (1979)

Al día siguiente, las primeras palabras que le dirija al hijo del portero formularán una pregunta: "¿Pero esto tú quieres hacerlo? ¿Qué quieres hacer tú en realidad?".

La frustración de ver que los sueños de infancia iban errados juega con la conocida advertencia de que habremos de arrepentirnos cuando consigamos lo que tanto deseamos. En mi querencia oriental pienso que esto ocurre cuando los sueños de infancia se basan en tener en nuestras manos una cosita material determinada. O varias.

El final es metafórico y optimista, pero ¿y después? Es fácil encender esa cerilla, ¿pero será capaz de renunciar a La Confianza? Y ¿es sensato hacerlo? Romper con todo drásticamente, ¿es siempre la mejor opción? ¿No se puede acaso reformular los valores asumiendo el camino que se ha seguido hasta ese momento en el que uno decide que no le vale?

El protagonista tiene que asumir un fracaso más difícil de afrontar que el de haber querido una cosa y haber sido obligado a hacer otra: el de haber querido una cosa y, tras hacerla, darse cuenta de que era más insignificante que una cáscara de grano de arroz. Alguien que haya tenido que renunciar a un sueño siempre tiene tiempo de rectificar e ir tras él. Pero quien se ha dado cuenta de que su único sueño no valía para hacerle feliz, abre los ojos a la desorientación de qué hacer a continuación.

Puede llegar a ser una situación más envidiable que la del que tiene sus metas claras, porque se impone que quien está totalmente perdido inicie un viaje de autoconocimiento. El viaje más apasionante que cualquier persona pueda emprender.

Trama sin desenlace

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Él vino a verme y me hizo sentir importante. Tras un relámpago que duró seis años, vino un trueno de una noche que me dio la vida y me reconcilió conmigo. Durante la cena, mientras en la pared proyectaban a lo Cinexín escenas míticas de películas de terror y ciencia ficción de hace varias décadas, comentó que le gustaría quedarse una noche más, o toda la vida. Empezando a conocer su espíritu guasón, preferí reprimir el «si por mí fuera…». También durante la cena supo que podría quedarse toda la noche, y la vuelta a casa fue más tranquila; el amor de después, sin el apresuramiento que temíamos; poder poner el reloj de cara a la pared, una bendición.

Dos días después, ayer, recordé que era festivo y arrastré mis agujetas hasta la feria del libro. Plácida, feliz, tranquila, complacida. Con silencio en la cabeza por primera vez en bastante tiempo. Ni los madrileños y su poca empatía como transeúntes conseguían cabrearme. Flotaba en el colchón del bienestar. Paseaba por la trastienda del Madrid de la tele. Pasaba a dos metros de la voz, las gafas y las afiladas ocurrencias de Thais Villas (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), pero Madrid no se detenía, Madrid seguía, su inercia era más fuerte que el magnetismo hipnótico del faranduleo. Desde una caseta, una mano y un libro se estiraron hacia mí, y cuando seguí el punto de fuga del brazo, vi que me estaban reclamando los mares del sur de los ojos del Juan Luis Cano de mis amores de los dieciocho años. A su lado, Toni Cantó.

Me acerqué y me dejé envolver un rato por ellos. Pagué el libro de los vecinos de Torrelodones sin pensarlo demasiado. Para eso estaban ellos allí, para que yo no pensara demasiado. Pero como siempre, desaproveché el momento (ya me gustaría a mí esa rapidez verbal y mental), y me fui rauda y veloz tras desearles suerte con la firma, en lugar de inclinarme golpeándome con el índice la mejilla para recoger los besos prometidos en la dedicatoria. Decirles que quería un par de besos por aquella versión flamenquita de The way I’m feeling tonight de hace años, con el mismísimo Paul Carrack a la guitarra, y otro par por el huracanado personaje de El pez gordo de hace meses, que tanto me hizo reír. Y terminar con un «ya sabéis lo que dicen de una mujer que se ríe con un hombre: que se enamora un poco de él. Con todo el respeto debido a vuestras señoras, que yo a los hombres casados ni me acerco». Porque puedo fantasear con ser hipócrita, aunque en la vida real los intereses de la supervivencia social batallen cada día con una transparencia demasiado grande, rebelde y anarquista.

Debería haberles dicho eso. Debería haber dicho también hace dos noches el «si por mí fuera». La vida grita a veces pidiendo un poco de inconsciencia para hacerse más alegre y cómplice, y las segundas oportunidades son raras. Volví veinte minutos después a la caseta a por mis besos, pero ya estaba llena de gente. Ya no les hacía falta atraer a nadie desde la distancia. La gente agolpada arrancó en aplausos con sonrisas muy grandes. Seguramente él acababa de cantar.