—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Efectos

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Cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana. Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
Agrado en 'Todo sobre mi madre' (1999)

El barrio en verano

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Veo cómo el coche se aleja, rumbo a la Galicia verde y fresca, y me quedo a la sombra de cuatro torres de cristal, aplastada por un calor que abrasa y aplana. Es veranazo en Madrid, y en algún momento del futuro cercano alguien me confirma que el calor me ha esperado para radicalizarse.

Me instalo y la angustia de los días anteriores remite. Son gente normal y no tendré que guardar mis cosas bajo llave (por suerte, ya que no hay llave bajo la que guardarlas). El calor no me deja pegar ojo.

*

El barrio es encantador y tranquilo. Los vecinos lo viven, lo pasean y lo juegan. Frente a mi ventana, un parque se llena de niños y papás de 6 a 9. Dos días después, conozco el lugar mítico en el que pasaré los próximos cuatro meses. Una etapa más, un paso menos.

*

Alegría porque la dueña del piso estará fuera durante un mes y su hija adolescente se irá con un familiar durante ese tiempo. Un mes menos de amontonamiento. Giro la llave varias veces para entrar en el piso. En el rellano de arriba, una madre (no distingo la raza) se demora en entrar en su casa mientras habla con una vecina. Ambas se emborronan porque toda mi atención se dirige hacia la niña pequeña china que dirige toda su atención hacia mí, mirándome desde lo alto con cara pícara. Nuestras miradas se persiguen hasta que cierro la puerta.

*

Pasan las noches, sigo sin pegar ojo. Vuelven algunas alucinaciones nocturnas. Imagino que toca acostumbrarse a la cama, aunque lo principal, que es la almohada, se ha venido conmigo. Por suerte el calor ya es menos.

Pero los días siguen siendo brillantes y los paseos diarios de ida y vuelta al lugar mítico me descubren la espalda inesperada de un gran hospital.

*

Empiezo a conocer la trastienda del lugar mítico, con sus luces y sus sombras (*), y abro mis perspectivas a otras posibilidades. Va viniendo lo que llevo seis años persiguiendo y me pregunto si no llegaremos a cruzarnos demasiado pronto. Solo cuatro meses más...

*

Manipulo el programa de edición de vídeo mientras suena en mis oídos un allegretto de Beethoven dirigido por Karajan. Tentada estoy de decir que todo fluye serenamente, pero mentiría, porque fuera de mis auriculares y al otro de la puerta, una manada de adolescentes de 15 años da rienda suelta a sus hormonas y al perreo, aprovechando que la dueña está a miles de kilómetros de distancia. Lo entiendo y no me importa, pero un chaval se ha asomado un segundo a mi habitación, retirándose al ver que no estaba vacía. La otra compañera me cuenta que ha hecho lo mismo en su habitación. Por suerte, también me confirma que esto no es pan nuestro de cada viernes y que en cuanto la dueña regrese no se repetirá. La alegría de hace unos días se convierte en un cálculo de los fines de semana que faltan para que vuelva.

En equilibrio, otro punto que quiero considerar tranquilizador: la hija adolescente, que por lo visto está atada en corto, se queda a limpiar el estropicio.

*

La casa se ha pasado en silencio toda la noche, pero no he dejado de dar vueltas en la cama. Pienso en las bolsas de los ojos, pienso en los compromisos del futuro cercano y suspiro, mientras giro la llave de la puerta lo más silenciosamente posible al salir. Reina el silencio en el edificio y afuera me espera un Madrid aún acogedor. Voy por la segunda vuelta de llave cuando oigo a mi espalda un «hola...» tranquilo, discreto pero carente de timidez, reverberando con el eco del silencio. En el rellano de arriba, la niña pequeña china ha abierto la puerta de su casa y me mira desde lo alto, ocultando medio cuerpo y media cara. Su "hola" está cargado de matices que me dicen que es una niña de las que me gustan. «Hola... ¿Qué haces ahí?». Le sonrío, mientras me mira pícara (no sé cómo describir una cara que sonríe con todos sus rasgos salvo con la boca) y su madre se acerca por un pasillo en penumbra. Sigo sin distinguir la raza. Me despido con la mano y salgo.

Cada vez hace más fresco, pero aún es verano en Madrid.

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(*) Espero que sea el primer lugar común que escribo en ocho años.

Insomnium, insomnii

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A una de las vecinas la odio con toda el alma. A la otra la adoptaría como muy mejor amiga para siempre jamás. Verónica "Me-viene-muy-bien" Forqué en Qué he hecho yo para merecer esto (1984) trae en un fogonazo a la cándida Marilyn Monroe de La tentación vive arriba. Aderezada, claro, con aquellas otras dimensiones inconfesables que se le otorgaron en el plano de los sobreentendidos a la mujer solitaria por excelencia, Barbie pin-up hecha a medida con el material con el que se fabricaron los sueños lúbricos de guionistas, directores, productores y millones de admiradores.

La abuela no se adapta a la ciudad. La rechaza con todo su cuerpo. Pasa total de la ciudad. Su nieto también. Mientras no pueden huir al campo, el agua de Vichy, el caballo y el parque les ofrecen un escape tramposo, en nada comparable al subidón permanente de darle la espalda a Madrid y marcharse al pueblo. Suyas son las ilusiones de futuro, el optimismo de volver a donde siempre se fue feliz (ella) y el optimismo de comenzar de cero en un lugar nuevo para poder serlo (él).

Al segundo hijo le rechazo con todo mi cuerpo como a una araña, aunque su papel sea salvífico. Vive únicamente el presente y sus ilusiones se encaminan a mejorar el corto plazo.

El currito es seco, duro, amargo, como corresponde a su papel en la colmena de clase baja en la que vive. Suyos son los sueños del pasado alemán en el que fue feliz, pero, a diferencia del escape al pasado de la abuela, las ilusiones del currito no pueden proyectarse hacia el futuro, porque se apoyan en elementos que el tiempo ha cambiado demasiado como para que esos sueños no estén ya podridos y enquistados y sea inútil conservarlos. Sus papeles de hijo, padre y marido prácticamente no existen, su papel de currito lo ocupa casi todo, pero no se resigna a perder del todo un pequeño papel de hombre.

La maruja no tiene ningún mundo de ensueño al que escapar: ni del pasado, ni hacia el futuro, ni para el presente, ni en su imaginación. Hace mucho que dejó de ser madre y esposa, y te miraría como a un alienígena si le preguntaras en qué momento se perdió la mujer. Es maruja en toda la extensión del coloquialismo despectivo de la RAE. También trabajadora, pero ambos papeles se superponen y embarullan. Maldecir su vida es lo único que le da la vida. Por eso, cuando todos sus vampiros vitales se van, se le va el fuel que le quitaban y que también le daban, electrodoméstico que se puede desconectar porque ya no se necesita.

De la espectadora son los sueños de justicia para el personaje. Por un momento, la niña-meiga descorre un poco el velo y la maruja está muy cerca de aprender que, a veces, la presión hace desarrollar fortalezas insospechadas; que se puede ser poderosa por y para una misma en una soledad que no tiene por qué dar miedo: nada asegura que vaya a ser permanente y, mientras dura, se puede intentar recuperar a la mujer que se fue, o crear una mejor. Pero al final el personaje, quién sabe si como hubiera ocurrido en el mundo real, agradece tener la ilusión de que alguien haya vuelto para seguir necesitándola. Soñaré con que ambos acaben siguiendo, a su manera, el ejemplo de la abuela y el nieto.

Y además Bonezzi. Bernardo Bonezzi melografiando con deje onírico la soledad de Gloria.

Insignificante pez grande

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Phil: Esta tarde hemos estado hablando de personalidad. Me preguntabas por la personalidad. Que si era algo que se notaba en la cara. Pero la cuestión es que es algo mucho más profundo. Me has preguntado. Querías saber si creía que tenías personalidad. Pues ahora voy a darte mi sincera opinión. No la tienes, por la sencilla razón de que no te arrepientes de nada.

Bob: ¿Estás diciendo que no tendré personalidad hasta que haga algo que lamente?

Phil: No, Bob. Ya has hecho muchas cosas de las que podrías arrepentirte, pero todavía no lo sabes. Cuando empieces a descubrirlas, cuando te des cuenta de los errores que has cometido... y así poderlos rectificar, a pesar de que no puedes porque ya es tarde... no te quedará más remedio que llevarlos contigo. Como evidencia de que la vida pasa, de que el mundo girará sin ti, de que en realidad no eres nadie. Entonces surgirá tu personalidad. Porque la honestidad saldrá de lo más profundo de ti y quedará como una marca indeleble en tu cara.

"El pez gordo" (obra de teatro, Helio Pedregal, Toni Cantó, Bernabé Rico), septiembre de 2009.

Justicia desde la segunda infancia

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Trabajar con Trumbo fue una lección de vida que este honorable anciano [Kirk Douglas, 97 años] no quiere llevarse a su gloriosa tumba. Sus palabras sobre él no pueden ser más hermosas: «Dalton era fiel a sus ideas hasta decir basta, pero jamás se ofendía cuando alguien las ponía en duda. Albergaba una extraña mezcla de seguridad en sí mismo aligerada también por una gran distancia de sí mismo. Tomarse el trabajo muy en serio sin tomarse a uno mismo muy en serio constituye un don muy inusual que en él era abundante… Me enseñó mucho sobre la valentía y la elegancia».
Elsa Fernández-Santos
"Espartaco contra las listas negras" | El País


Dalton Trumbo en 1947 ante el Comité de Actividades Antiamericanas. / Universal Studios Licensing LCC

Hay que resistir

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Cada día Harary se reunía conmigo durante cinco minutos, solo cinco minutos; si no podía resolver los problemas durante una semana entonces Frank empezaba a quejarse y decir: «Eres una mierda, eres muy estúpido, no debería haberte empleado, no me esperaba que fueras tan estúpido»; seguía quejándose pero yo resistí y resistí, quería matarlo pero la resistencia es algo muy importante, tenía que resistir.
Jin Akiyama

«Qué bien se está cuando se está bien»

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¿Lo ves? Un falo gigante de madera sobre la mesa de un restaurante a orillas del Douro, en Porto. Los Damocles de aquella noche ocupaban cuatro mesas y tenían el pelo plateado, no sé cuántas centurias podrían sumar entre todos. El vino subió, se volvieron ruidosos, uno de ellos sopló las velas de un pastel y, cuando se levantaron para irse, diciéndonos a los demás que por fin nos devolvían el silencio, uno de ellos que ya nos había ofrecido la botella de vino un poco antes se acercó a nuestra mesa, borracho y encantador, para decir que esperaba que no hubieran hecho mucho el ridículo. «No, en absoluto, ha sido divertido», le dije. Nos contó que eran una asociación gastronómica, que cada uno venía de una parte distinta de Estados Unidos y que se reunían de vez en cuando para recorrer el mundo. No es que el restaurante de aquella noche fuera espectacular, pero el cachondeo que se traían me hizo pensar que la calidad gastronómica era lo de menos en aquellos viajes. Nos preguntó de dónde veníamos y me alabó el inglés (porque mi acompañante poco dijo).

Se fueron, devolviéndonos el silencio, pero dejándonos envueltos en un aire que siguió vibrando con el rastro de su alegría de segunda infancia.

Ser honesto y tener éxito

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Adaptation, de Spike Jonze (2002).

En 1998, a Charlie Kaufman le encargaron el guion del libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Aceptó la historia porque le había gustado el libro, pero supuso un reto imprevisto al no tener la suficiente chicha cinematográfica. Angustiado por unos plazos que se le echaban encima, Kaufman sufrió un bloqueo de varios meses del que finalmente salió con una huida hacia adelante. Y el clic que hizo que empezara a disfrutar del encargo fue una construcción a varios niveles en los que se combinaban la propia historia contada en el libro, la conexión que se establece entre el cazador de orquídeas y la autora, las reflexiones que la pasión de este hombre le inspira a ella, la dificultad del proceso creativo que implica la elaboración de un guion que se atasca, el dilema de decidir entre la alta cultura y la cultura de masas (¿me aceptarán un guion no comercial?) y los laberintos adaptativos que culminan en la maravilla que suponen las flores y el cerebro de Charlie Kaufman (es muy estrecho el umbral de sucesos, y muy largo el camino evolutivo, que permite la existencia de algo tan delicado y sofisticado: una flor, un cerebro).


Kaufman venía de firmar otros dos trabajos que desafiaban convenciones con Being John Malkovich (que escribió sin esperar verlo jamás en pantalla) y Human Nature, pero con Adaptation creyó estar pasándose de la raya definitivamente. «Creí que al entregar aquello estaba acabando con mi carrera», diría más tarde, cuando ya la película se había ganado unas críticas excelentes.

Una de las mejores de la década, en opinión de los críticos. Mágica, inteligente, apasionada. La cinta de Moebius hecha película. Pero durante aquellos meses en los que la página en blanco no paría nada satisfactorio, la inseguridad era lo único que existía. Así dice el Charlie Kaufman real que lo experimentó y así lo transmite el Charlie Kaufman ficticio, cuyas inseguridades específicas en la pantalla (no solo profesionales, sino también físicas y emocionales) son metáfora de otras que el Kaufman real deja a veces traslucir en sus charlas, entrevistas y conferencias, pero cuyo trasfondo solo él conoce del todo.

Kaufman expone en Adaptation su cabeza torturadora, excesivamente pensante (¿se ríe de ella o la asume?). Además, su personaje aspira a escribir un guion que trascienda las convenciones del cine más comercial:
No quiero que vaya de sexo, o de tiros, o de persecuciones de coches; ni de personajes que aprendan grandes lecciones de la vida, o que lleguen a quererse uno al otro, o a superar obstáculos y que triunfen al final. El libro no es así y la vida tampoco.
Pero resulta que tiene un hermano gemelo, Donald, que sí se siente a gusto en su cuerpo y en su cabeza, que asiste a cursos sobre cómo escribir buenos guiones y prepara uno repleto de todos los clichés comerciales. Así que, como este personaje es el más simbólico de todos al no haber existido nunca, cuando Charlie le invita a Nueva York para que le ayude, la película da un giro y surgen la historia de amor entre la escritora y el horticultor; una droga que abre la percepción y es la llave a la fascinación; las persecuciones; los intentos de asesinato; las lecciones de vida; esa evolución de personajes que su hermano quería evitar; los accidentes; el deus ex machina del cocodrilo... y la muerte; por más que sea cierto que en muchas de las vidas reales casi nunca ocurre nada, la muerte nunca queda fuera de ninguna de ellas.


Y Donald no existió, es cierto, pero Kaufman insiste en que acreditarlo como co-guionista no es algo que deba tomarse a la ligera. ¿Qué quiere expresar con Adaptation? ¿Cree en la necesidad de seguir las convenciones narrativas o se burla de la industria? Mi opinión es que la parte de Kaufman que comprende que debe usar los mecanismos típicos del storytelling batalla con esa otra parte a la que le repugna utilizarlos, como miedo, quizá, a jugar en el campo de los vendedores de emociones fáciles y necesidades falsas.

Abusando de esos mecanismos, en el clímax de la película Charlie ficticio aprende a estar en paz con lo que uno regala a los demás sin pensar si los demás lo tomarán bien o mal. Algo me dice que esto es nuclear, que no hay burla. Pero personalmente, agradezco aún más ese otro cambio en el personaje que se nos muestra de pasada al final, sin dramatismos, con rápido corte de plano y cambio de escena: «¿Y a ti cómo te va?», le pregunta a su amiga-amada Amelia, sinceramente interesado en las preocupaciones de otro ombligo por primera vez.

En cuanto al proceso creativo en sí, el secreto de parte del pensamiento de Kaufman está en esta conferencia impartida en la BAFTA en 2011, donde apunta a la honestidad con uno mismo y con las historias de las que es responsable. Dialogar en privado con el propio yo hasta que uno se levanta de la silla enriquecido por la conversación y satisfecho con lo que ha surgido de ella.


¿Falla la película en el objetivo, menor pero declarado, de mostrar el prodigio de sofisticación evolutiva que son las flores? ¿Habrá que creer que el lenguaje audiovisual no puede llegar a todo? Lo dudo. En el último plano, las flores (Osteospermum Amelia…) dialogan con su entorno abriéndose y cerrándose al compás de los ciclos de luz, como termina por dialogar Kaufman con su propia Amelia, como dialoga la escritora con la realidad gracias a ese alucinógeno que esconde la orquídea fantasma.

Tras los títulos de crédito, un fragmento del guion ficticio de Donald nos recuerda otra variante de esta filosofía que se escondía en la delirante trama comercial de su película. Es una premisa que parece obsesionar al Kaufman real: que todos somos parte del mismo engranaje, del mismo organismo sintiente. Que nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestros deseos no son raros, sino compartidos. Que por lo tanto no puede haber soledad completa y no deberíamos dejar que la incomunicación, nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestros deseos den al traste con esta verdad.

Cuando a uno le preocupan cosas como esta, ¿cómo va a pararse a tomar posiciones talibanes sobre si una voz narrando es apropiada o no?

 

Más

Darwin en Baltimore

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—El árbol que no se dobla se rompe, Cedric.
—Si se dobla de más, es que ya está roto.

Las dos primeras temporadas de The Wire me parecieron bien, pero nada del otro mundo. No llegué a comprender por qué se consideraba la mejor serie de televisión hasta la fecha.

Pero cuando a partir de la tercera pisaron el acelerador con la historia de Barksdale, empezó a ganar enteros, poco a poco aunque sin retroceder.

Cuando la organización de Barksdale cedió el protagonismo y apareció ese Marlo frío y de ojos muertos, me disgustó el cambio de protagonistas y el cambio de color de la temperatura de sus motivaciones.

Pero The Wire ha sabido hacer que me acostumbrara pronto a los personajes nuevos (ocurrió en la segunda temporada, cuando pasamos del escenario de las calles al del puerto, volvió a ocurrir en la cuarta y en la quinta, con los universos de la escuela y la prensa), así que cuando quise darme cuenta, estaba aceptando a Marlo, Chris y Snoop como si Avon y Stringer Bell fueran cosa de un pasado muy lejano. En este sentido, esta serie es como las calles o la propia vida: no tiene piedad con las caras habituales.

La historia de la falsificación de unos asesinatos en la quinta y última temporada me molestó al principio; me pareció un giro irritante, innecesario a aquellas alturas.

Pero cuando el periodista se metió en el juego por su cuenta, disparando un embrollo de mentiras y papelones, la serie me conquistó de nuevo, mientras al policía se le iba la cosa de las manos a varios niveles y el periodista solo quería llamar la atención de algún periódico grande.

Me consta que me he perdido varias referencias, porque la serie rebosa detalles y guiños, pero pude captar muchos de ellos. No recuerdo quién es el hombre al que Daniels le dice «me alegro de que acabaras bien» en el último episodio, pero aprecio, por ejemplo, que los títulos de crédito de la última temporada hagan guiños a quienes se quedaron por el camino en las anteriores; recuperar personajes dos o tres temporadas después y recordar incluso a los über secundarios (que un acuario en una casa te haga recordar al traficante que está a punto de reaparecer, o que el niño que acaba con el mito en la quinta sea aquel que le imitaba en sus juegos durante la tercera); ver un tablero de ajedrez en el último episodio y preguntarnos si lo estarán utilizando para jugar a las damas; que un chico mire hacia la cámara rota de la escuela que llama a la cámara rota que nos acompaña en los créditos desde la primera temporada; que otros intenten replicar la proeza pero fallen en el intento durante las últimas escenas (qué bueno que esta serie encierre tanto humor).

Al final valoro esos pequeños detalles como una de las grandezas de esta serie, imbatida (sí) hasta la fecha, como lo son también la ausencia de condescendencia con personajes y espectadores, la perspectiva inédita y rica en matices de los habitualmente considerados "malos", las tramas complejas que se entretejen en el tiempo, la multidimensionalidad de unos personajes zarandeados por sus circunstancias, tan doblegados ante ellas que significa que ya se han roto, y en ese humor, de nuevo, que encaja perfectamente en el cuadro.

Algunas piezas desaparecen del tablero, otras se reacomodan en él, pero siempre habrá alguien dispuesto a interpretar un papel vacante. Leander es el nuevo McNulty en el despacho del juez, Michael se coloca la corona de cañones recortados del inefable, inmenso, Omar Little, y alguien nuevo tomará sin duda el relevo de Avon, Proposition Joe y Marlo, si es que este último puede mantenerse lejos de un territorio en el que, tras apenas unos días transcurridos, comprueba que ya empiezan a olvidarle, en el primer enfrentamiento cuerpo a cuerpo que se permite el señor y que le desvela tan vulnerable como cualquier otro. Porque las calles, por si había que recordarlo una vez más, no tienen piedad con las caras habituales.

Pero la leyenda de un hombre se acrecienta y reinará sobre todas ellas. Y es que las calles también construyen su propia Historia, tan apuntalada con mitos, realidades y medias verdades como la Historia que construimos fuera de The Wire.

Erotismo

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Picnic, 1955. Hasta este momento, Novak y Holden apenas se había cruzado algunas palabras. Sobre todo, en tres ocasiones, unos “hey” a modo de saludo, cada vez más llenos de significado.