Quién me diría a mí ayer por la mañana en la capital del reino, con mis problemas laborales, la boina de contaminación, el ruido eterno, el calor abrumador, las prisas estresadas y el espíritu desangelado; quién me diría a mí ayer a las 12 de la mañana que, 12 horas después, a las 12 de la noche, estaría en un lugar solitario, rodeado de bosques, sin una sola luz eléctrica en un kilómetro a la redonda ni resplandores urbanos en más de diez; que estaría mirando hacia arriba, reencontrándome con la Vía Láctea y contando lágrimas de San Lorenzo; que a mi alrededor, el silencio caería como una manta fresca, ese silencio que, en la capital (si tienes la suerte de que tu minipiso dé a un patio de manzana), puede ser, muy entrada la madrugada, el silencio de una tumba; pero que aquí viene punteada con el canto rítmico de las cigarras en primer plano, el de un grillo un poco más distante y el de la lechuza lejos, más lejos en el interior del bosque.
Es posible que, de vez en cuando, la maleza se agite; querrá decir que un animal nocturno está atravesando sus dominios en busca de un deslizamiento rápido, ya que no discreto. Y si, en una casa lejanísima, ladran unos perros lejanísimos, quizás es porque te están sintiendo.
Todo esto ocurrirá en un primer plano de tu percepción auditiva, y sin embargo, por no sé qué atávico criterio, lo calificarás de silencio. Y no estarás mintiendo. Tampoco sabrás lo que es la oscuridad mientras no te encuentres en una situación semejante. No cuando cierres las persianas del todo y bloquees cualquier posibilidad de luz, no (eso es ceguera): sino la oscuridad de la naturaleza cuando no hay ni una sola luz artificial y bañas tu mirada en las estrellas.
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