Cosas del silencio que también son musicales
Un jardín de campánulas recién lavado por la lluvia.
Las cajas de madera diminutas.
Una mujer que, cerca del río, escribe una sonata para el hombre que la sueña.
La caída de la nieve.
Un cementerio de pájaros.
El humo de las varas de incienso.
La muerte de las magnolias. En ellas se puede ver, a cierta hora de luz ámbar, a un grupo de mujeres danzando una pavana.
Un cuerpo que ama.
El rostro de una mujer que llora frente al mar. Si sus ojos son grandes, la música es más hermosa. Es probable que quien la escuche también se ponga a llorar.
Sei Shônagon en 'El libro de la almohada' (siglo X)
Los pequeños instantes y las sensaciones que Sei Shônagon retrató en su diario íntimo hace más de mil años son ya inmortales.
En uno de los pasajes se sorprende de que, al contar a otras personas sus impresiones sobre la belleza del rocío que se evapora a medida que transcurre la mañana, éstas apenas se interesaron, ni mucho menos se conmovieron como ella lo hizo. Hoy en cambio sus palabras resuenan en el interior de millones de personas.
A mí este fragmento me ha traído a la cabeza (¿es que en algún momento se ha ido de ahí?) a mi Adorador (¿Adorante, como alternativa a Amante?). No le escribo exactamente sonatas, pero mi alma entera canta con alegría desde que le conozco. Y cuando nuestros cuerpos se imantan y se quedan pegados para darse placer, suena la melodía más hermosa de todas.

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