—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Decir y hacer

+ Sin comentarios
Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.

Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.

Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.

Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.

O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.

El león, la cruz rota y el armario

+ Sin comentarios
Terminadas mis obligaciones cuatrimestrales, bajé a los jardines presa del sentimiento de liberación prometido. El jardinero examinaba el jazmín de invierno y al verme, obsequioso, me tendió una flor. Hoy no había historia para contarte, Shahriar, así que el jardinero, quizá desconoces que se llama Mujâhid, me sentó en el cenador y desplegó ante mis ojos Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sydney Lumet.

Interpretar las señales de las películas bien hechas depende del entrenamiento del ojo y de tomarse la molestia de articular un por qué mental. Por eso el camión ocupando la mitad del retrovisor proclamó demasiado pronto la identidad de la hermosa mujer herida.

En un momento dado, Mujâhid se sentó conmigo y susurró en mi oído las palabras que Andy iba articulando cadenciosamente:
«Lo bueno de la contabilidad inmobiliaria es que puedes sumar al final de una página o en medio de una página y todo encaja, todos los días todo encaja: el total es siempre la suma de las partes, es limpio, claro, impecable, indiscutible. Pero mi vida no es… no encaja, es… nada está conectado con el resto, no. Yo no soy la suma de las partes. Todas las partes juntas no suman un único… yo, supongo».
Después de esas palabras, se retiró y siguió la película desde un lugar en el que yo no podía verle.

La carga de fracaso por milímetro cuadrado es excesiva, asfixiante. No hay ni un solo rasgo positivo en los personajes ni en lo que les ocurre, ni un respiro agradable en ningún detalle, todas las risas son amargas y tensas (satura en este punto la sonrisa aviesa de la ex de Hank con respecto a los 130 dólares) y todos se comportan tal y como creen que son (o como les dicen que son), convirtiéndose así en lo que creen ser. Podrían combatirse para intentar superarse a sí mismos, pero la autolimitación requiere menos esfuerzo y menos valentía, y así Hank se convierte en incompetencia, Gina en inutilidad y Andy, más complicado de resumir en una palabra, en ese estallido de resentimiento, exclusión, autosuficiencia, amargura y desencanto que reprimía bajo la carcasa de normalidad.

No hay que olvidar el teatro íntimo de sencillo ciudadano honesto de Charles, al que se le presuponen valores y calidades morales hasta que el mundo se le va en una caja de pino. Quién sabe si la propia dama hermosa y hasta su nieta (todos los secundarios relevantes son mujeres, salvo el trapicheador) no tendrán cuentas pendientes con el diablo. En la realidad de esta película, sin duda («eres un fracasado papi»). Si no se han mostrado ha sido por falta de ocasión. También yo debía de estar haciendo algo miserable en el momento en que la película se concibió.

Lo audiovisual es un ouróboros perverso: es producto de la realidad, y al mismo tiempo crea un mundo simbólico que devuelve a la realidad para que ésta se someta a una autodescodificación. Y nos creemos que las cosas son así, viéndonos reflejados en donde no debiéramos estar, cuando en realidad todo el mundo sin excepción alguna merece tener, como mínimo, media hora en el cielo.

Esta marca que ves aquí se irá. Es solamente que el jardinero me besó la mano antes de separarnos. Si desarrollamos la suficiente confianza le diré que preste atención a la trilogía, que por algo es una trilogía, de mi primera entrada.

Esteta

+ Sin comentarios


El vídeo me conquista, y esta conquista me disgusta por lo que tiene de manipulada y porque apela a una emocionalidad tramposa, inducida.

Me pregunto si volverá a darse esa espontaneidad incondicionada en una revolución, la que no mide el futuro impacto mediático de sus movimientos. Hoy, cualquier temeridad se realiza con la consciencia plena de las cámaras que le apuntan a uno a la espalda. Sabiendo que mañana los informativos arrancarán con tu imagen, que los periódicos de medio mundo hablarán de ti, seas una sola persona o una multitud indignada, y que siempre habrá un apologista que, con música especialmente seleccionada, hará de tu historia una película con la que el espectador de la realidad pueda experimentar masificadas elevaciones del espíritu.

No estás solo: la Sociedad de la Información, que es decir el mundo, está pendiente de ti.

Otro:
Desde el minuto 8:10: http://www.youtube.com/watch?v=fhWQ_VIh8sE

Varios periodistas filmaban desde el hotel, pero quienes corrían no lo sabían. No eran actores semi-conscientes de los que, repito, calculan el futuro impacto mediático de sus actos, sino padres que habían ido a buscar a sus hijos.

Hoy, en cambio, todo somos conscientes de los medios, ese gran dios voraz que todo lo ve y que por fin se manifestó en la Tierra para condicionar

a) nuestro conocimiento del mundo, y
b) la forma en la que el mundo reacciona a sí mismo.

La superioridad del sumiso

+ Sin comentarios
Leo que a Portero de noche se la criticó en su día por varios motivos, y que uno de ellos fue presentar de modo favorable al oficial de las SS, luego portero en el hotel de los cubiles. No veo esa intención de simpatía por ninguna parte.

La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.

A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.

Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.

Hablar por hablar

+ Sin comentarios
"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

+ Sin comentarios
Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla lamentándose de no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

Disección del sentimiento de culpa

+ Sin comentarios
Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

+ Sin comentarios
La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.

Enfoques

+ Sin comentarios
Inteligencia artificial. Cuestionar la mano de Kubrick porque la película es efectista es olvidar la poesía, gélida pero poesía, de este hombre, si dudamos de ella basta preguntar a la muchacha que canta al final de Días de gloria o al ingeniero que hizo aprender Daisy a Hal-9000 cuando era un recién nacido.

Spielberg elimina escenas de sexo, cambia el alcoholismo de la madre de David por su afición a las tazas de café que el niño le prepara (en la historia original era aficionada a sus Bloody Marys), y en las escenas finales decide mostrar lo que Kubrick iba a dejar fuera de plano, pero el resto de la película es bastante fiel a lo que él creó en su cabeza durante tantos años. La historia de Pinocho no está intensificada por Spielberg, el propio Kubrick llamó siempre a esta película por el nombre del muñeco de madera. Y en cuanto al final, quizás Kubrick no lo hubiera magnificado con una banda sonora tan tremendista, pero el objetivo era el mismo.

Sobre el final rescato una frase de Sara Maitland, novelista inglesa a la que Kubrick acudió para encontrar el enfoque de un cuentacuentos. Maitland odiaba el final en el que Kubrick se empeñó:

«Debía de ser una imagen visual muy poderosa para él, porque no solía cometer estupideces con la trama. Me contrató porque yo era experta en cuentos de hadas, pero no quiso escucharme cuando le dije “puedes contar un viaje épico que termine en fracaso, pero no un viaje épico que se complete con éxito y se quede sin recompensa”» - Aquí

There are dreams that cannot be

+ Sin comentarios
Caminando a toda prisa por un MacDonald's, la feiticeira encontró una obsidiana envuelta en papel corporativo. La sacó del envoltorio que olía a fritanga y su brillo le cegó y le habló directamente al corazón.

I dreamed a dream, Les Misérables, 1985


No podía aceptar la falta de aire y el peso en el alma, aún joven. No superar el error cometido, focalizar la atención en ese hueco físico situado en los pulmones, era morir y matarse a destiempo. Le dio vueltas entre los dedos y no había manera de cambiarle el color, pero su belleza merecía algo más que un suelo de baldosa. Ahora la tiene en el alféizar de la ventana sur de su cabaña, donde le da el sol todo el día y ella no la ve, y mientras sigue con su vida alberga la esperanza fiera de encontrar el hechizo que la disuelva.

**
*

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chillón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios, pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acunándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo. Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos habíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz, le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo. Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían dejado. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, aparte de un borracho que estaba meando y un par de monjas negras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulcemente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se estremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-. Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría seguir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tampoco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería incapaz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.


Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote (1950), no anoté traductor