—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

De cosas que no se pueden nombrar

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La vida de los otros (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck.

Aunque creo en las casualidades y a Donnersmarck le venía bien enmarcar la historia en 1984 para que la aparición de Gorbachov cerrara la primera parte de la historia, el año elegido encaja demasiado bien con la novela de Orwell (el hermano mayor y la policía del pensamiento) como para no ser intencionada.

Es una joya, y aunque ya no recuerdo bien la oleada de sensaciones que tuve en la sala de aquel cine, sí recuerdo con claridad que cuando Wiesler habla con el niño en el ascensor tuve la necesidad de compartir esta historia de evolución interna tan contenida, privada, íntima, tan sin aspavientos y tan sincera. Pero entiendo las críticas que dicen que no es creíble la rápida transformación de un hombre que abandona en pocas semanas un sendero ideológico de veinte años. Es cierto, no es creíble y no la explican, y aunque hubieran intentado explicarla tal vez no les habría salido una justificación convincente. Son muchos los meses y los impactos que tienen que pasar para que se abandone la senda de toda una vida.

¿Muchos? Doy mi punto de vista: preguntan retóricamente las críticas ¿qué tiene este caso de especial para que se produzca un cambio en Wiesler? Pero hay trampa, esta no es una pregunta retórica porque sí tiene respuesta. Todos los demás eran culpables a priori o inocentes a priori. Con Dreyman, en cambio, Wiesler empieza espiando a un hombre completamente neutral con respecto al régimen. La falta de implicación de Dreyman con un extremo o con otro puede compararse con la asepsia de la vida y las acciones del capitán, eficaz sabueso sin dobleces.

Wiesler identifica su integridad con la de Dreyman, esta identificación pone en evidencia sus carencias, y su evolución interna se produce a la par que la del escritor. Aquí no está frente a un hombre al que, por estar situado desde el principio en su polo opuesto, puede prejuzgar desde el primer momento como un enemigo del régimen sin crédito para ser escuchado. Aquí hay un hombre leal como él que le juega la mala pasada de llevarle a su terreno, de hacerle empatizar con él (el abrazo de consuelo a Christa, donde Wiesler siente el primer ramalazo de identificación y carencia, es todavía el de un hombre leal), para después los dos, contemplando los acontecimientos desde el mismo lado de la honestidad, empezar a ver juntos lo que no habían querido ver antes (llama la atención la frase de Dreyman a Jerska, reproche que sería más legítimo en boca de Jerska: «estás perdiendo el contacto con la realidad»). Dreyman no sabe que en su tránsito está llevando a otra persona con él. Dreyman no sabe el efecto que también él tiene en la vida de los otros.

Tampoco creo que sea una evolución ideológica hacia la posición contraria. Con su hermetismo sólo se puede especular, pero de la misma forma que tampoco sus superiores son objetivos con la investigación, suprimiendo los detalles que no les convienen poniendo los intereses particulares por encima de los intereses del Partido, sin querer esto decir que traicionen manifiestamente al Partido, que Wiesler ayude a Dreyman y a Sieland tampoco tiene por qué querer decir que de la noche a la mañana se haya vuelto un disidente. Ayuda aquí porque quiere proteger a dos personas muy concretas, hacer una justicia individualizada, no universal.

El hombre sin aristas, sin planos, sin dimensiones, entra en contacto con la literatura de Brecht, con la música de la sonata del buen hombre, e inconscientemente libera su creatividad en los informes inventados, atreviéndose incluso a los subniveles al situar una historia (esbozos de la supuesta obra del aniversario) dentro de su historia. El pasado funcionario eficacísimo del régimen, el futuro abridor de cartas y el futuro cartero gris se apartan ante este hombre que en un presente muy concreto que le da la vida aunque también se la pone en juego, se convierte en un hechicero fabulador que crea su propia realidad y la de los otros. Que no sea consciente de ello, y que tampoco se haga patente en la pantalla de una forma obvia, es... pues lo más bonito de todo.

El chico de los viernes

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No hace mucho, no mucho tiempo, en una ciudad de cuento de hadas vivían un niño y una niña lindos como dos soles. Se escondían de los monstruos fingiendo ser uno solo porque eran gemelos, tan parecidos entre sí que ni siquiera su propia madre podía distinguirlos. Se escondían de los monstruos que querían servir al que habitaba dormido en el interior de los niños incubando un nuevo Hitler, y poco importó que el artífice en la sombra diera un giro de última hora a los acontecimientos. Se había llegado demasiado lejos. En el paisaje del fin del mundo que más tarde atravesaron completamente solos, el monstruo, sintiéndose en casa, se despertó.


Monster, de Naoki Urasawa. Una trama muy bien armada, al principio con algunos detalles y personajes innecesarios (pero pocos, menos de los que uno se podría imaginar), casi siempre con planos tremendistas y peliculeros, pero inteligente, meditada y sin huecos en la historia principal. Y qué historia.
Uno de sus tópicos secundarios se repite en otras tramas que tratan oscuridades psicológicas: ninguno de sus muchos personajes, adultos o niños, principales o secundarios, tiene padres, o una buena relación con ellos. El desarraigo como cimiento de la infelicidad o el desequilibrio, y los gemelos sufren este desarraigo por partida triple: primero traicionados, luego huérfanos y siempre sin nombre.

Otro tópico que pocas veces se rompe en las obras de ficción que emplean el formato elegido para Monster, es describir una personalidad a través de la belleza o fealdad física. Pero aquí se respeta a medias: la oscuridad psicológica del monstruo sin nombre es un abismo sin fondo de negrura espesa, pero él es hermoso, equilibrado y seductor.

El último episodio, que uno ve con una atención que rinde al 85% al parecer casi de compromiso, de cierre amable, descansando tras la intensidad de los últimos cuarenta capítulos, deja caer sutilmente, sin embargo, dos detalles magníficos: por un lado, el monstruo recupera su nombre original, qué más da cuál sea porque es el primigenio; por otro, se descubre que la figura monstruosa simbólicamente paterna no fue la única responsable de la manipulación de la negrura, sino que su contraparte femenina tuvo bastante que ver en ello también, cometiendo traición por sus propias razones vengativas: no se llega a saber si se equivocó o no en la elección que hizo (ni siquiera ella podía distinguirlos), pero adelantar uno de sus brazos en lugar del otro, ofreciendo una víctima para el sacrificio, no fue fruto ni del capricho ni de la desesperación.


El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón. A éste, empañado por el desarraigo y la pulsión de muerte, le quedó sin embargo un consuelo: él era ella, y ella era él.

Decir y hacer

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Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.

Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.

Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.

Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.

O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.

El león, la cruz rota y el armario

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Terminadas mis obligaciones cuatrimestrales, bajé a los jardines presa del sentimiento de liberación prometido. El jardinero examinaba el jazmín de invierno y al verme, obsequioso, me tendió una flor. Hoy no había historia para contarte, Shahriar, así que el jardinero, quizá desconoces que se llama Mujâhid, me sentó en el cenador y desplegó ante mis ojos Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sydney Lumet.

Interpretar las señales de las películas bien hechas depende del entrenamiento del ojo y de tomarse la molestia de articular un por qué mental. Por eso el camión ocupando la mitad del retrovisor proclamó demasiado pronto la identidad de la hermosa mujer herida.

En un momento dado, Mujâhid se sentó conmigo y susurró en mi oído las palabras que Andy iba articulando cadenciosamente:
«Lo bueno de la contabilidad inmobiliaria es que puedes sumar al final de una página o en medio de una página y todo encaja, todos los días todo encaja: el total es siempre la suma de las partes, es limpio, claro, impecable, indiscutible. Pero mi vida no es… no encaja, es… nada está conectado con el resto, no. Yo no soy la suma de las partes. Todas las partes juntas no suman un único… yo, supongo».
Después de esas palabras, se retiró y siguió la película desde un lugar en el que yo no podía verle.

La carga de fracaso por milímetro cuadrado es excesiva, asfixiante. No hay ni un solo rasgo positivo en los personajes ni en lo que les ocurre, ni un respiro agradable en ningún detalle, todas las risas son amargas y tensas (satura en este punto la sonrisa aviesa de la ex de Hank con respecto a los 130 dólares) y todos se comportan tal y como creen que son (o como les dicen que son), convirtiéndose así en lo que creen ser. Podrían combatirse para intentar superarse a sí mismos, pero la autolimitación requiere menos esfuerzo y menos valentía, y así Hank se convierte en incompetencia, Gina en inutilidad y Andy, más complicado de resumir en una palabra, en ese estallido de resentimiento, exclusión, autosuficiencia, amargura y desencanto que reprimía bajo la carcasa de normalidad.

No hay que olvidar el teatro íntimo de sencillo ciudadano honesto de Charles, al que se le presuponen valores y calidades morales hasta que el mundo se le va en una caja de pino. Quién sabe si la propia dama hermosa y hasta su nieta (todos los secundarios relevantes son mujeres, salvo el trapicheador) no tendrán cuentas pendientes con el diablo. En la realidad de esta película, sin duda («eres un fracasado papi»). Si no se han mostrado ha sido por falta de ocasión. También yo debía de estar haciendo algo miserable en el momento en que la película se concibió.

Lo audiovisual es un ouróboros perverso: es producto de la realidad, y al mismo tiempo crea un mundo simbólico que devuelve a la realidad para que ésta se someta a una autodescodificación. Y nos creemos que las cosas son así, viéndonos reflejados en donde no debiéramos estar, cuando en realidad todo el mundo sin excepción alguna merece tener, como mínimo, media hora en el cielo.

Esta marca que ves aquí se irá. Es solamente que el jardinero me besó la mano antes de separarnos. Si desarrollamos la suficiente confianza le diré que preste atención a la trilogía, que por algo es una trilogía, de mi primera entrada.

Esteta

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El vídeo me conquista, y esta conquista me disgusta por lo que tiene de manipulada y porque apela a una emocionalidad tramposa, inducida.

Me pregunto si volverá a darse esa espontaneidad incondicionada en una revolución, la que no mide el futuro impacto mediático de sus movimientos. Hoy, cualquier temeridad se realiza con la consciencia plena de las cámaras que le apuntan a uno a la espalda. Sabiendo que mañana los informativos arrancarán con tu imagen, que los periódicos de medio mundo hablarán de ti, seas una sola persona o una multitud indignada, y que siempre habrá un apologista que, con música especialmente seleccionada, hará de tu historia una película con la que el espectador de la realidad pueda experimentar masificadas elevaciones del espíritu.

No estás solo: la Sociedad de la Información, que es decir el mundo, está pendiente de ti.

Otro:
Desde el minuto 8:10: http://www.youtube.com/watch?v=fhWQ_VIh8sE

Varios periodistas filmaban desde el hotel, pero quienes corrían no lo sabían. No eran actores semi-conscientes de los que, repito, calculan el futuro impacto mediático de sus actos, sino padres que habían ido a buscar a sus hijos.

Hoy, en cambio, todo somos conscientes de los medios, ese gran dios voraz que todo lo ve y que por fin se manifestó en la Tierra para condicionar

a) nuestro conocimiento del mundo, y
b) la forma en la que el mundo reacciona a sí mismo.

La superioridad del sumiso

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Leo que a Portero de noche se la criticó en su día por varios motivos, y que uno de ellos fue presentar de modo favorable al oficial de las SS, luego portero en el hotel de los cubiles. No veo esa intención de simpatía por ninguna parte.

La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.

A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.

Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.

Hablar por hablar

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"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".

http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes

Matiz

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Mañana será la gran ciudad de hormigón y cristal que bulle como si no quisiera saber que está rodeada de aridez. El trámite del transporte público pensando en quién sabe. El bullicio frívolo de Goya, tan revitalizador, y el permanente encogimiento de hombros de Azca. Los domingos de Rastro y esa soledad que no es soledad sino Soledad.

Hoy ha sido un trayecto en coche mientras el sol doraba las ocho de la tarde, carretera recta hacia el oeste bajo una bóveda de pinos y robles que filtraban con avaricia los rayos de oro. El guiño de la pulsera bajo el silencio absoluto, sin cuco, sin pájaro carpintero, la charla tranquila y el olor de la menta (ella) y la hierbaluisa (él). Los regalos, tantos regalos de frutas que guardan una explosión de sabor de la que no saben nada los estantes del Mercadona ni los del Eroski. Jugo que correrá por la barbilla lamentándose de no estar bajo la bóveda verde. Y la imagen de una dama, menuda y anciana, vigorosa, estrafalaria, de espaldas, seleccionando los mejores regalos, diminuta figura perdida en la inmensidad del fondo que la contenía, verde y rama, hoja y liquen, subiendo el fondo hacia arriba y hacia atrás, verdes más oscuros, árboles más altos y más viejos, y arriba el turquesa intenso, y atrás, al otro lado, el sol muy dorado porque ya moría.

Disección del sentimiento de culpa

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Solaris, Stanislaw Lem (1961), Ed. Minotauro (por confirmar que la yoísta traducción es de Matilde Horne y F.A.).

El visitante de Snaut es más intrigante que el de Sartorius. Sartorius vive torturado por lo que puede ser el remanente de una tendencia pedófila soterrada, el testimonio de un deseo reprimido de paternidad, o el recuerdo de alguna vivencia traumática de la niñez. El sombrerito de paja y las risas y pisadas infantiles hacen pensar así.

Pero del de Snaut no se tiene la más mínima pista, ni una sola, salvo la sospecha de que se trata de una representación adulta y, tal vez, la posibilidad de que no sea la encarnación de una persona real, sino la manifestación de un deseo, fantasía o inclinación vergonzantes.

Que esto y otras cosas se queden sin resolución defrauda a los apegados a presentación, nudo y desenlace. Es obvio que los creadores que proponen una idea genial y no saben resolverla, están a una altura inferior a la de aquellos que saben cerrarla bien. Pero su "incapacidad" no llega a ser un fracaso si la genialidad trasciende la anécdota y aporta una línea de pensamiento novedosa, si realmente hace participar a las neuronas del espectador/lector más allá del recurso fácil de escudarse tras la excusa de una "obra abierta a interpretaciones".

En el caso de Solaris, el que la historia no esté bien resuelta es discutible. Mi impresión es que sí, aunque el mismo Lem se sintiera abrumado por el peso de la responsabilidad de las interpretaciones, muchas de las cuales iban más allá de sus intenciones o su limitación. Parece que su ambición solariana era mucho más modesta que las expectativas que luego se generaron (*). En todo caso se trata de una historia de incomunicación y falta de entendimiento, y para esas imposibilidades su atmósfera y su transcurso son los que deben ser. Las minuciosas descripciones de los fenómenos solarianos, por ejemplo, no intentan poner ante nuestros ojos todo el misterio de Solaris para que lo desentrañemos con el mayor número de pistas posible, sino que sólo nos hacen ser testigos de acontecimientos ajenos a la inteligencia humana que son, por lo tanto, inaprensibles. A pesar de todo, el ansiado Contacto tiene lugar pero nadie está capacitado para reconocerlo. Si Kelvin no es capaz de entender que durante sus pesadillas su mente se pone en el lugar de la del océano, con esas montañas de dolor (¡dolor!) que cristalizan bajo la luz de ese mundo nuevo, ¿cómo esperar que el propio océano les indique de alguna manera que les ha "visto"?

Es lógico que los robots de la Estación fueran desconectados. Aún no podemos anticipar si los sueños de la inteligencia artificial estarán poblados por algo, sean ovejas eléctricas u otra cosa, pero parece que Gibarian, Sartorius y Snaut llegaron a saberlo.



(*) No es un ejemplo directo de lo mencionado, pero quería hacerlo notar: la aceptación plena de Harey por parte de Kelvin es maravillosamente romántica y liberadora, y se contrapone a la vergüenza de los otros habitantes de la Estación, que luchan con desesperación para ocultar a sus visitantes, pero es posible que en ella pese, aunque sea un poco, la necesidad del autor de encontrar un recurso que permita que los tres científicos estén juntos en la misma habitación para que haya conversaciones y la historia transcurra.

Desde el regazo del hacker

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La primera vez que leí Snow Crash (Neal Stephenson, 1992, Gigamesh, excelente traducción de Juanma Barranquero), hace seis años, me absorbió tanto la parte sumeria de esta historia cyberpunk, que sólo veía al (y soñaba con) el Bibliotecario; así que la relectura me ha traído el "redescubrimiento" de la trama completa, de la cual hasta ahora, exageraciones aparte, no habría podido explicar gran cosa.

La parte sumeria sigue siendo un punto erógeno. Tan bien traída, tan bien hilada, que no voy a ser tan ingenua como para pensar que el señor autor no haya hecho algún juego de manos tramposo que otro para que todo casara. Pero a veces apetece dejarse embaucar y, en este caso, admitir literariamente el hackeo mental, la explicación de Babel y de la desaparición del sumerio, las tentadoras analogías para nam-shub y me, y hasta, literariamente siempre, la presencia del lenguaje binario en el Código de Hammurabi. Porque si se nos exige una respuesta 100% racional a la aridez de la vida, por algún carril tenemos que dejar que corra la imaginación crédula, que es parte inseparable y sana de nuestras neuronas por más que a algunos les pese.


Voltarán as escuras anduriñas
no teu balcón os seus niños a pendurar,
e outra vez coas ás ós seus cristais
xogando chamarán.

Pero aquelas que o voo detían
a túa beleza e a miña ledicia a contemplar,
aquelas que aprenderon os nosos nomes...
esas... non voltarán!

Voltarán as mestas madreselvas
do teu xardín os valos a escalar,
e outra vez á tardiña, aínda más fermosas,
a súas flores abrirán.

Pero aquelas cargadas de resío
cuxas pingas mirábamos tremar
e caer coma bágoas do día...
esas... non voltarán!

Voltarán do amor nos teus oídos
as verbas ardentes a soar;
o teu corazón do seu profundo sono
quizais espertará.

Pero mudo, absorto e de xeonllos
como se adora a Deus ante o seu altar,
como eu te quixen... desengánate,
así... non te quererán!

Gustavo Adolfo Bécquer traducido, porque Babel trajo estas hermosuras.