—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La libertad de la obligación

+ Sin comentarios
Es libre quien se somete a las obligaciones que ha asumido por propia voluntad.

Lo dijo hace hoy exactamente 26 años el Tribunal Constitucional

Cinismo a borbotones en el siglo XX

+ 1 comentario
Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.

¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.

Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:

«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».

Intimidante

+ Sin comentarios
Como ejemplo de intimidad en su concepto más reducido, acude Béjar al estudio de la tribu brasileña de Mehinacu. Viven en cinco grandes chozas situadas alrededor de una plaza. Las viviendas son comunes, pese a ello, existen reductos de lo íntimo, como alejarse del poblado por senderos secretos, o la imposibilidad de dirigir la palabra a aquél que está tumbado, gesto que expresa un directo deseo de retiro.

“El derecho a la intimidad”, Lucrecio Rebollo Delgado

¿A dónde vas por Alfonso XIII?

+ 4 comentarios
Hoy los madrileños caminaban con tanta parsimonia por los pasillos del metro, que pienso que quizás llegaban todos demasiado temprano a trabajar. Al bajarme en el transbordo de Avenida de América a las 8,39 h., comprobé cómo quienes venían de frente refrenaban sus pasos para no llegar a tiempo de coger el tren de la línea 7 que yo estaba dejando. En mi trayecto hacia el siguiente andén, vi cómo los trabajadores se habían convertido en transeúntes y paseaban los pasillos con expresión apacible. En la línea 6, donde el siguiente tren llegó pisándole los talones al que acababa de dejar el andén sin dar tiempo a que los marcadores señalaran ni tan sólo un minuto de espera, algunas personas se levantaron de los bancos protestando porque debían interrumpir la lectura del periódico, mucho más plácida en el asiento del andén que con el traqueteo del vagón. Al trompetista de Nuevos Ministerios se le acumulaban los espectadores y las monedas de veinte y cincuenta, y ante una turista que quería subir a duras penas un maletón gigantesco por un tramo de no más de siete escalones, seis amables transeúntes se abalanzaron para ser los primeros en llegar al rescate (uno de los últimos, frustrado, terminó la faena ayudando a un ejecutivo agresivo a subir su maletín, asiendo la parte trasera y alzándola para ponerlo en horizontal, con grandes molestias para su codo según se adivinaba por las muecas de su rostro).

Como todo se autorregula, según las dinámicas de los ecosistemas y de las teorías económicas liberales, también esta peculiar mañana se arregló con su propia inercia. En las escaleras mecánicas nadie quiso utilizar el hueco izquierdo para adelantar andando, y comenzó a acumularse gente en la parte derecha para subir tranquilamente al ritmo de la cinta. Las filas se hicieron enormes, atascando las escaleras hasta cuando llegaban ya los pasajeros de los siguientes trenes. El tiempo de más se fue agotando, los más impacientes volvieron a usar el carril izquierdo en las subidas, y hacia las 8,53 h. todo el mundo corría ya, pisándose los callos unos a otros.

Madrid natural, texto kitsch

+ 3 comentarios
Subía yo el suelo mecánico del nuevo mercado y a mi lado subía el niño (¿de cuánto? ¿un año, año y medio?), mirando al papá que venía un poco más atrás. Llegamos arriba al mismo tiempo, rebasó con dificultad el fin del suelo mecánico y se quedó petrificado al ver pasar a Minnie Mouse del brazo de una chica, allá, un poco más lejos. Volvió a mirar al papá, que ya llegaba, y alzó un índice diminuto para avisarle. «¡Minnie! ¡Minnie!». Juro que se le desgarraba la voz.Y aunque Minnie se alejaba dándole la espalda, gritó muy serio «¡hola Minnieee!» y empezó a girar la muñeca como un rey, pero con los dedos separados y doblados por la última falange en una garrita conmovedora, los pies clavados al suelo, sin soñar jamás con alcanzarla. Casi se me rompe el corazón de ternura. ¿Qué me pasa últimamente con las reacciones espontáneas de los niños muy pequeños? Y hete aquí que, a pesar de la mucha gente, la chica que iba colgada del brazo de Minnie debió oírle, porque guió a la compañera en un giro de 180º diciendo «¡mira!» en tono fabulador, y allá que se vinieron las dos a dedicarle un poco de atención. Le miré atentamente mientras me alejaba para ver si sonreía, pero nada. Un bebé ilusionado, pero muy serio.

Seguí mi vuelta por el mercado pensando en alguien a quien acababa de ver y que debería entrevistar en unos días. Al bajar, de nuevo oí delante de mí un «¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee! ¡Minnieee!». Era él, que abordaba a la mamá en la cola del frutero. Ella le entendió perfectamente, y cuando salía por la puerta le oí decir: «¿te has encontrado con Minnie? ¡Hala! ¿Y qué te dijo?».

Hay muchas formas de sacar fotografías. Esta es una de ellas.

Por si los pánicos

+ 3 comentarios
Resulta curioso pararse a mirar lo que me eché al bolso esta mañana, cuando, tras una noche en vela temiendo que el edificio se derrumbara conmigo dentro, evalué al vuelo qué objetos no quería que volvieran a estar bajo este techo. Qué cosas no quería perder por nada del mundo.

El ordenador saltó a un lugar prioritario, claro, pero no era posible. Habrá que hacer esa copia de seguridad tanto tiempo retrasada. Así que, por si los pánicos, eché mano de dos objetos ante los que luego levantaba la ceja mientras cogía un metro por los pelos: el retenedor dental, que me costaría un dineral reponer si acabara bajo varias toneladas de escombros mientras yo me encontrara levantando España, y la piedra con forma de cabeza de alien muerto por disparo que encontró mi padre para mí en una playa, al borde del agua, unos cuantos años atrás.

Y por más que esta noche miro con más calma hacia lo que está a la vista y me abstraigo pensando en lo que no lo está, no consigo encontrar nada adicional que me gustaría echar al bolso mañana por la mañana.

Los hermanos Pinzones eran unos marineros

+ 1 comentario
2008. Es abril de 1962 en este episodio de "Mad Men" donde una mujer y un cura católico, ambos jóvenes, se encuentran a la salida de la misa del Domingo de Pascua, mientras los niños corretean a su alrededor recogiendo huevos de idem. Intercambian breves palabras amables y luego observan cómo un niño se apresura a recoger un huevo del suelo, arrebatándoselo casi de las manos a otro tan pequeño que apenas sabe andar, dejándole desamparado y desconcertado (y a mí con el corazón roto, porque teniendo diecisiete meses su reacción no puede ser actuada). La chica esboza una sonrisa tensa y efímera y acierta a decir «estos niños...». Él le alarga otro huevo azul, color del renacimiento: «Para el más pequeño», y se aleja con gesto taciturno. El episodio se cierra con un primer plano de ella y, por la expresión de su rostro en ese primer plano, entendemos que acaba de comprender que él ya sabe que tuvo un hijo fruto de su romance con un hombre casado y que, si se aleja, tal vez sea porque se acaba de levantar un muro que impide la amistad que se estaba formando entre los dos. Y aceptamos que lo comprenda sin necesidad de que le hayan informado del motivo por el cual él ha descubierto sus circunstancias, en una elipsis o fuera de campo no destinada al espectador sino al personaje, elipsis que sólo puede darse cuando el primero ya tenía en ese punto más información que el segundo.

En 1895, durante la proyección "La llegada del tren" de los hermanos Lumière, algunos espectadores huyeron de la sala creyendo que el tren se abalanzaba realmente sobre ellos. Algunos de los primeros que vieron el recurso del travelling fueron incapaces de soportarlo. En sólo ciento diez años hemos creado un lenguaje con un elevado grado de abstracción, y aceptamos con naturalidad unas suposiciones, sobreentendidos y maneras de ver el mundo que hemos adquirido sin darnos cuenta. Si unas hordas de otro mundo sustituyeran a la civilización actual dentro de trescientos años, como sucedió tras la caída del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, ¿seríamos capaces de explicarle a alguien de dentro de mil años en qué consistía el lenguaje cinematográfico? Así igual nos está vedada la comprensión de ciertos antiguos mitos, leyendas, arquetipos, figuritas talladas, grupos escultóricos, edificaciones, costumbres, tipos de escritura (miradas directas a una mentalidad ya desaparecida). No sé si el mundo es uno, fuera de la subjetividad de todos nosotros; supongo que las orquídeas y las medusas seguirían ahí aunque nosotros no estuviéramos para darnos cuenta de ellas. Lo que sé es que, desde que andamos por aquí, lo hemos mirado bajo un millar de códigos distintos.

Treinta años

+ 2 comentarios
Pescando la luna del lago, de Keqin Zou (1981)

Viven los hombrecitos felices en su vida nocturna, comiendo, jugando, durmiendo y soñando. Un día empiezan a pensar en cosas elevadas. Observan fenómenos extraños, se sienten maravillados, intentan aprehenderlos, pretenden acotarlos. Los persiguen, y cuando creen haberlos capturado en libros gordos y llenos de letras, los fenómenos extraños les hacen una pedorreta y escapan a toda definición, a toda comprensión, dejándoles con el culito al aire pero más enamorados que nunca. Física cuántica, eternidad, teoría de las cuerdas, entendimiento con el Otro diferente, construcción artificiosa del mundo, Dios.

Yo no aparezco en la animación. Soy un monito fuera de cuadro, observando el empeño de los demás, sabiendo que llegará el día en que la luna se quedará en el cuenco. Y un día de estos cumplo treinta años.

Pildorilla de la contrariedad

+ 2 comentarios
No es difícil decirle a alguien que no correspondes a sus sentimientos amorosos. Siempre hay palabras o una justificación suficiente (sea verdad o mentira), y de la habilidad de cada cual depende la delicadeza con la que se dé a entender.

Pero es imposible decirle a alguien que no quieres ser amigo suyo o tener trato estrecho con él. No hay justificaciones que se puedan dar sin herir al otro, ni forma de no quedar como un imbécil. Sólo cabe el desapego para que el otro acabe buscando afinidades en otro sitio, y aún así te tendrá por alguien poco fiable.

A lo mejor tiene razón.

Diez años después

+ Sin comentarios
Que no vuelva a perder este carboncito medio convertido en diamante nunca, nunca más.

More, de Mark Osborne