Me gustas y me atraes, es cierto.
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En los últimos meses vivía sin saber que, a menos de un kilómetro de distancia, la objeción a una creencia firme aguardaba pacientemente a que llegara el momento de encontrarnos.
Él es la objeción que ha hecho estallar en pedazos esa creencia firme, que decía así: "A partir de ahora podré seguir sintiendo arrebatos de la piel, pero no de la emoción".
Era un error. A pesar de todo lo vivido, veo que alguien sí me puede sorprender, conmover y hacer que desee sujetar su mano para que no se suelte en un tiempo largo. Alguien puede irrumpir con la promesa del placer y regalarme, sin preverlo ninguno de los dos, una sed inagotable de labios, mirada, voz, mente, abrazos, ideas, susurro. De lascivia y romanticismo. De mirada tierna y visceralidad. De ese fundido de dos cuerpos y mentes que se desean tanto al mismo nivel, que solo hay cabida para una etiqueta. La del título.
La mente se ocupa por completo, como si tuviera veintidós años y pocas preocupaciones. Mejor aún: ocurre el milagro de desplazar a un segundo plano las preocupaciones adultas y situar un puñado de (v)ariposas en el hueco del estómago, en el punto medio exacto entre los dos pares de labios que ese Alguien adorado besa con la misma hambre.
Prender la mecha de los fuegos artificiales de la piel puede llegar a ser relativamente fácil. Conmover no lo es en absoluto. En el símil del champán, no hay duda de que estamos bebiendo hasta el fondo la mejor botella de todas.
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Pero a un nivel que no es normal.

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