Llego a casa, la casa de mi infancia, que siempre simboliza que estoy a punto de soñar con algo radical (de "raíz"), algo que surge o se está instalando en lo más profundo dentro de mí. Subo las escaleras pero está oscuro, por algún motivo la luz no funciona. Percibo bultos en los dos tramos de escaleras, pero me las conozco tan bien que los esquivo sin problemas y llego arriba enseguida. Voy algo apurada, porque en el reloj me ha parecido ver que son las nueve menos cinco y debería ponerme a trabajar lo antes posible.
Llamo a la puerta y abre mi hermano. Veo que son solo las ocho y cuarto y que tenemos tiempo de estar juntos un rato. Están los cuatro allí, papá, mamá, los dos hermanos con los que me crié en esa casa; sus yoes de hoy, plácidos, tranquilos.
Están alrededor de la mesa, reuniendo el pan de molde de varias bolsas a medio consumir en una sola. Les ayudo mientras hablamos. En una transición muy suave, ya es la cocina de la segunda casa, la actual, y se me han caído algunos de los mensajes que compartí ayer con A del móvil a la mesa. Están ahí desperdigados, pequeñitos, verdes y blancos, con una letra diminuta. Los recojo con el dedo índice como cuando se recogen migas de pan, presionando para que se sujeten solos con la fina película de grasa de la yema.
En un ejercicio parecido al del trasvase del pan de molde, mientras mi hermana me ayuda sujetando el móvil, yo voy devolviendo los pequeños mensajes a su interior con esmero y por su orden, procurando que no se queden del revés. Y ella los lee, claro. Hablando al aire, a nadie concreto porque los demás han desaparecido, dice (por mí) "se está confesando". Yo le respondo que sí, y que no me importa que lo vea.
Es la primera vez que sueño con el móvil, contradiciendo esta entrada y reafirmando algunas hipótesis científicas sobre lo infrecuente que es. En este momento en el que de él ha surgido un conocimiento propio nuevo, le veo todo el sentido.

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