Once años y varios trabajos muy diferentes después, todavía le veo: el inolvidable J. afanado en la cocina, mirándome por encima del hombro con tensión en el rostro, y repartiendo las tareas entre ambos para cuando B. llegara: «he preparado el mayor número de aperitivos posible, con esto tendremos bastante para el primer apretón; tú te quedas en la barra y yo fuera, en las mesas; en cuanto pueda, entro para ayudarte y organizarnos con la barra, los aperitivos y el lavavajillas».
Llegaba el primer apretón, domingo a media mañana: sobre las once empezaba a entrar el pueblo entero, como saliendo a los atropellos de la misa de diez y media. Las mañanas de domingo eran sobre todo de bitter y vermut: mañanas rojas de domingos azules. Disfrutaba a conciencia cuando me quedaba en las mesas: volaba; sudaba; me sumergía en una barahúnda de lonja; apuntaba siete pedidos en la cabeza; controlaba los aperitivos que iban faltando; pásame las cuentas de las mesas dos y siete; en esta bandeja me faltan un cortado y una coca con poco hielo; y a veces aparecían propinas acordes al esfuerzo. ¿Qué más se podía pedir?
La barra te daba un control distinto pero también interesante. El secreto del disfrute, tanto dentro como fuera, consistía en alcanzar un pico de trabajo tan continuado y extenuante que se acababa entrando en una especie de trance de meditación oriental en el cual dejar de ser el recipiente de pensamientos, complejos y sentimientos lastrantes, para ser en un Yo mecánico puro que no hacía más que servir, cobrar, correr, reponer, preguntar, sonreír, alternar. Y lo más mágico era que en ese estado todo salía bien.
La sensación de poder que da un trabajo físico frenético bajo control es pura dinamita. En los momentos previos, cuando sabíamos que se acercaban un par de horas así y todos nos preparábamos con una decena de pequeños detalles, era como saborear una muerte pequeña que ya te está llegando y que sabes que pronto estará ahí.
En el local más popular ese pico se alcanzaba muy a menudo, sobre todo los desayunos, los sábados a partir de las doce y media de la noche, las tardes de fútbol, las épocas de fiestas… y las mañanas de domingo, en las que estábamos sólo J. y yo.
B. entraba a trabajar justo en ese momento de la mañana. La habían contratado como refuerzo, pero esta ilusión (suponerla un refuerzo) nos duró pocos fines de semana. Cuando la conocimos pudimos ver que a ella este frenesí, esta petit morte, no sólo no le daba ni frío ni calor, sino que procuraba evitarlo a toda costa. No es que ser camarera fuera mi vocación en la vida, pero en aquel momento no había otra cosa y me sumergía en ello a pecho metafórico descubierto. B., con una situación vital que dependía más directamente de su trabajo que la mía, era en cambio una artista del escaqueo.
Yo entablaba diálogos frecuentes con el lavavajillas, servía y recogía en la barra, preparaba los aperitivos cuando hacía falta, llenaba las bandejas de J., me iba al cuarto del fondo a por las botellas de vino, manejaba el cambio de caja. Mientras, J. volaba de mesa en mesa y cuando me veía hasta arriba entraba a saldar las cuentas o a ponerse sus propios cafés en la cafetera mientras me decía «éste es con leche, el otro va solo y ponme dos más descafeinados de sobre, van con un zumo de melocotón», mientras salía ya hacia otra mesa. B., lánguida, se movía con pausa, me hacía el favor de rellenarme las neveras de bebidas cuando se lo pedía, servía con parsimonia, se apoyaba en la esquina más alejada del bullicio para charlar con aquel habitual entre grandes risas y un paño al hombro, contando sus pequeños acontecimientos personales con cara de estrés.
Un domingo, y otro, y otro más.
Desistimos pronto, porque el inolvidable J. tenía un recorrido muy largo y una gran falta de fe en ciertas personas: pocos obstáculos son más insalvables que la falta de iniciativa propia. Así que dejamos que los jefes se dieran cuenta por sí solos y nos organizamos las mañanas sin contar con ella.
Pero no he olvidado a B. una mañana, inclinadas las dos ante el lavavajillas, su dulce cara morena frente a mí, sus grandes ojos y su débil ofrecimiento con voz suave, aunque hayan pasado los años y tantas cosas aún recuerdo la suavidad de su voz preguntándome «DesiTur, ¿te ayudo…?»
Doctor Zhivago, de David Lean (1965)
Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.
Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.
Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.
A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".
Cuando la vi por primera vez, me quedé casi dormida. Él me la puso para compartir conmigo la que consideraba la mejor historia de amor que había visto. No sabía que en este tipo de historias no me identifico con los protagonistas, sino con el lado del triángulo que sale perdiendo (nunca he tenido motivos, pero soy demasiado empática). Cinco años después duele menos, aunque siga sin identificarme con Yuri y Lara. Ah, las películas basadas en novelas... su alma pocas veces es completa. Demasiado apresuramiento en el enamoramiento en el frente; tan apresurado como indefinida está la obsesión con que se desvive el mezquino Komarovsky por ayudarles, más allá de toda comprensión sobre todo si se tiene en cuenta el carácter del personaje; puede suponerse amor por Lara, pero hay que suponer demasiado y no son esas suposiciones que tanto gusto da hacer en base a pistas sutiles y bien construidas que están ahí aunque no se verbalicen.
Pero entiendo más cosas que aquella primera vez. Poder querer a Tonya y amar a Lara. Y enfrente, el vacío de relaciones insatisfactorias y vida gris, borrado por el poder que te otorga saberte amada por quien adoras. Para ambos, la alegría del amor libremente encontrado por encima del que la vida te ha ido imponiendo, aunque haya sido sutilmente y a pesar de que uno al principio se dejara llevar de buen grado, porque no es hasta que llega el verdadero cuando se da uno cuenta del estado de duermevela en el que se había vivido hasta entonces.
Además de la bella metáfora de la balalaika, allí donde está tiene Zhivago su hogar; es lógico que acabe en el regazo de ella.
A falta de revisar el DVD con los comentarios, por si confirma la historia de la espontaneidad de "a las barricadas".
No le quitemos misterio ni magia a la patria de la infancia: pero admitamos que es una cuestión de pura química.
Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.
Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por la domesticación, las sorpresas vitales y el paso del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.
Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.
Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.
La tía de Frankenstein (1987)
Al escribir sobre este tema tengo que tener cuidado: es fácil caer en el ombliguismo de los nacidos a finales de los setenta, hipersensibilizados con la infancia que nos tocó vivir. Yo me incluyo aunque haya nacido casi en el 81, porque guardo recuerdos muy muy tempranos (de cuando tenía menos de dos años y me llevaron a ver "ET"; de cuando tenía dos recién cumplidos y apoyaba la oreja en la barriga de mi madre para oír las patadas de quien estaba llegando...); y si fui consciente de una Alaska enfundada en un mandilón y cantando que no quería ir a la escuela, del pequeño vampiro y de la tía de Frankenstein, nadie me dirá que no me incluya.
Pero es una fortuna de la que todo el mundo puede tomar su parte. Nadie cambiaría los recuerdos de su infancia por los de cualquier otra, no importa qué circunstancias sean las de cada cual; también muchos niños con infancias desgraciadas tienen un paraíso propio. Pero ese paraíso no son unas vivencias concretas, sino la pura mente infantil, elástica y eterna. Porque de niños somos casi mágicos, podemos experimentar viajes astrales, tenemos siete sentidos, el tiempo es elástico y vivimos en un estado de perpetua alteración sensorial, aún no atrofiada por la domesticación, las sorpresas vitales y el paso del tiempo. Por eso las visitas a una mercería pueden ser el recuerdo más mágico y consolador en la vida adulta. No importa que escribamos un artículo entero para intentar transmitir a los lectores las sensaciones que nos embargaban en aquellos momentos y hacerles empatizar un poco con nuestra vivencia, como hacía un escritor hace poco: porque son las propias sensaciones las que nos grabaron a fuego la vivencia, ellas son el paraíso que echamos de menos, el que nunca recuperaremos y nunca podremos cazar con palabras.
Esto es pura química. Pero a la química no hay que quitarle su misterio.
Mi tesoro tiene una banda sonora rica. Podría poner un aséptico audio de tres minutos y pico, pero prefiero acompañar con un final de episodio que filma la manera más sencilla, hermosa y falta de grandilocuencia televisiva de ver por primera vez a un futuro ser amado. Y, como guinda, una canción que trae todos los recuerdos en una sacudida, tanto los que se conservaban como los que se habían perdido, de un mundo tan vivo que parecía mentira. De unos años en los que el gatillo más insospechado, como una música oída por casualidad, disparaba tu hipersensibilidad y te elevaba a alturas de vértigo que estaban profundamente enterradas en tu interior. Unos años en los que se escribía una biografía interior completa a cada paso que se daba.
La tía de Frankenstein (1987)
La vida de los otros (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck.
Aunque creo en las casualidades y a Donnersmarck le venía bien enmarcar la historia en 1984 para que la aparición de Gorbachov cerrara la primera parte de la historia, el año elegido encaja demasiado bien con la novela de Orwell (el hermano mayor y la policía del pensamiento) como para no ser intencionada.
Es una joya, y aunque ya no recuerdo bien la oleada de sensaciones que tuve en la sala de aquel cine, sí recuerdo con claridad que cuando Wiesler habla con el niño en el ascensor tuve la necesidad de compartir esta historia de evolución interna tan contenida, privada, íntima, tan sin aspavientos y tan sincera. Pero entiendo las críticas que dicen que no es creíble la rápida transformación de un hombre que abandona en pocas semanas un sendero ideológico de veinte años. Es cierto, no es creíble y no la explican, y aunque hubieran intentado explicarla tal vez no les habría salido una justificación convincente. Son muchos los meses y los impactos que tienen que pasar para que se abandone la senda de toda una vida.
¿Muchos? Doy mi punto de vista: preguntan retóricamente las críticas ¿qué tiene este caso de especial para que se produzca un cambio en Wiesler? Pero hay trampa, esta no es una pregunta retórica porque sí tiene respuesta. Todos los demás eran culpables a priori o inocentes a priori. Con Dreyman, en cambio, Wiesler empieza espiando a un hombre completamente neutral con respecto al régimen. La falta de implicación de Dreyman con un extremo o con otro puede compararse con la asepsia de la vida y las acciones del capitán, eficaz sabueso sin dobleces.
Wiesler identifica su integridad con la de Dreyman, esta identificación pone en evidencia sus carencias, y su evolución interna se produce a la par que la del escritor. Aquí no está frente a un hombre al que, por estar situado desde el principio en su polo opuesto, puede prejuzgar desde el primer momento como un enemigo del régimen sin crédito para ser escuchado. Aquí hay un hombre leal como él que le juega la mala pasada de llevarle a su terreno, de hacerle empatizar con él (el abrazo de consuelo a Christa, donde Wiesler siente el primer ramalazo de identificación y carencia, es todavía el de un hombre leal), para después los dos, contemplando los acontecimientos desde el mismo lado de la honestidad, empezar a ver juntos lo que no habían querido ver antes (llama la atención la frase de Dreyman a Jerska, reproche que sería más legítimo en boca de Jerska: «estás perdiendo el contacto con la realidad»). Dreyman no sabe que en su tránsito está llevando a otra persona con él. Dreyman no sabe el efecto que también él tiene en la vida de los otros.
Tampoco creo que sea una evolución ideológica hacia la posición contraria. Con su hermetismo sólo se puede especular, pero de la misma forma que tampoco sus superiores son objetivos con la investigación, suprimiendo los detalles que no les convienen poniendo los intereses particulares por encima de los intereses del Partido, sin querer esto decir que traicionen manifiestamente al Partido, que Wiesler ayude a Dreyman y a Sieland tampoco tiene por qué querer decir que de la noche a la mañana se haya vuelto un disidente. Ayuda aquí porque quiere proteger a dos personas muy concretas, hacer una justicia individualizada, no universal.
El hombre sin aristas, sin planos, sin dimensiones, entra en contacto con la literatura de Brecht, con la música de la sonata del buen hombre, e inconscientemente libera su creatividad en los informes inventados, atreviéndose incluso a los subniveles al situar una historia (esbozos de la supuesta obra del aniversario) dentro de su historia. El pasado funcionario eficacísimo del régimen, el futuro abridor de cartas y el futuro cartero gris se apartan ante este hombre que en un presente muy concreto que le da la vida aunque también se la pone en juego, se convierte en un hechicero fabulador que crea su propia realidad y la de los otros. Que no sea consciente de ello, y que tampoco se haga patente en la pantalla de una forma obvia, es... pues lo más bonito de todo.
Aunque creo en las casualidades y a Donnersmarck le venía bien enmarcar la historia en 1984 para que la aparición de Gorbachov cerrara la primera parte de la historia, el año elegido encaja demasiado bien con la novela de Orwell (el hermano mayor y la policía del pensamiento) como para no ser intencionada.Es una joya, y aunque ya no recuerdo bien la oleada de sensaciones que tuve en la sala de aquel cine, sí recuerdo con claridad que cuando Wiesler habla con el niño en el ascensor tuve la necesidad de compartir esta historia de evolución interna tan contenida, privada, íntima, tan sin aspavientos y tan sincera. Pero entiendo las críticas que dicen que no es creíble la rápida transformación de un hombre que abandona en pocas semanas un sendero ideológico de veinte años. Es cierto, no es creíble y no la explican, y aunque hubieran intentado explicarla tal vez no les habría salido una justificación convincente. Son muchos los meses y los impactos que tienen que pasar para que se abandone la senda de toda una vida.
¿Muchos? Doy mi punto de vista: preguntan retóricamente las críticas ¿qué tiene este caso de especial para que se produzca un cambio en Wiesler? Pero hay trampa, esta no es una pregunta retórica porque sí tiene respuesta. Todos los demás eran culpables a priori o inocentes a priori. Con Dreyman, en cambio, Wiesler empieza espiando a un hombre completamente neutral con respecto al régimen. La falta de implicación de Dreyman con un extremo o con otro puede compararse con la asepsia de la vida y las acciones del capitán, eficaz sabueso sin dobleces.
Wiesler identifica su integridad con la de Dreyman, esta identificación pone en evidencia sus carencias, y su evolución interna se produce a la par que la del escritor. Aquí no está frente a un hombre al que, por estar situado desde el principio en su polo opuesto, puede prejuzgar desde el primer momento como un enemigo del régimen sin crédito para ser escuchado. Aquí hay un hombre leal como él que le juega la mala pasada de llevarle a su terreno, de hacerle empatizar con él (el abrazo de consuelo a Christa, donde Wiesler siente el primer ramalazo de identificación y carencia, es todavía el de un hombre leal), para después los dos, contemplando los acontecimientos desde el mismo lado de la honestidad, empezar a ver juntos lo que no habían querido ver antes (llama la atención la frase de Dreyman a Jerska, reproche que sería más legítimo en boca de Jerska: «estás perdiendo el contacto con la realidad»). Dreyman no sabe que en su tránsito está llevando a otra persona con él. Dreyman no sabe el efecto que también él tiene en la vida de los otros.
Tampoco creo que sea una evolución ideológica hacia la posición contraria. Con su hermetismo sólo se puede especular, pero de la misma forma que tampoco sus superiores son objetivos con la investigación, suprimiendo los detalles que no les convienen poniendo los intereses particulares por encima de los intereses del Partido, sin querer esto decir que traicionen manifiestamente al Partido, que Wiesler ayude a Dreyman y a Sieland tampoco tiene por qué querer decir que de la noche a la mañana se haya vuelto un disidente. Ayuda aquí porque quiere proteger a dos personas muy concretas, hacer una justicia individualizada, no universal.
El hombre sin aristas, sin planos, sin dimensiones, entra en contacto con la literatura de Brecht, con la música de la sonata del buen hombre, e inconscientemente libera su creatividad en los informes inventados, atreviéndose incluso a los subniveles al situar una historia (esbozos de la supuesta obra del aniversario) dentro de su historia. El pasado funcionario eficacísimo del régimen, el futuro abridor de cartas y el futuro cartero gris se apartan ante este hombre que en un presente muy concreto que le da la vida aunque también se la pone en juego, se convierte en un hechicero fabulador que crea su propia realidad y la de los otros. Que no sea consciente de ello, y que tampoco se haga patente en la pantalla de una forma obvia, es... pues lo más bonito de todo.
No hace mucho, no mucho tiempo, en una ciudad de cuento de hadas vivían un niño y una niña lindos como dos soles. Se escondían de los monstruos fingiendo ser uno solo porque eran gemelos, tan parecidos entre sí que ni siquiera su propia madre podía distinguirlos. Se escondían de los monstruos que querían servir al que habitaba dormido en el interior de los niños incubando un nuevo Hitler, y poco importó que el artífice en la sombra diera un giro de última hora a los acontecimientos. Se había llegado demasiado lejos. En el paisaje del fin del mundo que más tarde atravesaron completamente solos, el monstruo, sintiéndose en casa, se despertó.
Monster, de Naoki Urasawa. Una trama muy bien armada, al principio con algunos detalles y personajes innecesarios (pero pocos, menos de los que uno se podría imaginar), casi siempre con planos tremendistas y peliculeros, pero inteligente, meditada y sin huecos en la historia principal. Y qué historia.
Uno de sus tópicos secundarios se repite en otras tramas que tratan oscuridades psicológicas: ninguno de sus muchos personajes, adultos o niños, principales o secundarios, tiene padres, o una buena relación con ellos. El desarraigo como cimiento de la infelicidad o el desequilibrio, y los gemelos sufren este desarraigo por partida triple: primero traicionados, luego huérfanos y siempre sin nombre.
Otro tópico que pocas veces se rompe en las obras de ficción que emplean el formato elegido para Monster, es describir una personalidad a través de la belleza o fealdad física. Pero aquí se respeta a medias: la oscuridad psicológica del monstruo sin nombre es un abismo sin fondo de negrura espesa, pero él es hermoso, equilibrado y seductor.
El último episodio, que uno ve con una atención que rinde al 85% al parecer casi de compromiso, de cierre amable, descansando tras la intensidad de los últimos cuarenta capítulos, deja caer sutilmente, sin embargo, dos detalles magníficos: por un lado, el monstruo recupera su nombre original, qué más da cuál sea porque es el primigenio; por otro, se descubre que la figura monstruosa simbólicamente paterna no fue la única responsable de la manipulación de la negrura, sino que su contraparte femenina tuvo bastante que ver en ello también, cometiendo traición por sus propias razones vengativas: no se llega a saber si se equivocó o no en la elección que hizo (ni siquiera ella podía distinguirlos), pero adelantar uno de sus brazos en lugar del otro, ofreciendo una víctima para el sacrificio, no fue fruto ni del capricho ni de la desesperación.
El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón. A éste, empañado por el desarraigo y la pulsión de muerte, le quedó sin embargo un consuelo: él era ella, y ella era él.
Monster, de Naoki Urasawa. Una trama muy bien armada, al principio con algunos detalles y personajes innecesarios (pero pocos, menos de los que uno se podría imaginar), casi siempre con planos tremendistas y peliculeros, pero inteligente, meditada y sin huecos en la historia principal. Y qué historia.
Uno de sus tópicos secundarios se repite en otras tramas que tratan oscuridades psicológicas: ninguno de sus muchos personajes, adultos o niños, principales o secundarios, tiene padres, o una buena relación con ellos. El desarraigo como cimiento de la infelicidad o el desequilibrio, y los gemelos sufren este desarraigo por partida triple: primero traicionados, luego huérfanos y siempre sin nombre.
Otro tópico que pocas veces se rompe en las obras de ficción que emplean el formato elegido para Monster, es describir una personalidad a través de la belleza o fealdad física. Pero aquí se respeta a medias: la oscuridad psicológica del monstruo sin nombre es un abismo sin fondo de negrura espesa, pero él es hermoso, equilibrado y seductor.
El último episodio, que uno ve con una atención que rinde al 85% al parecer casi de compromiso, de cierre amable, descansando tras la intensidad de los últimos cuarenta capítulos, deja caer sutilmente, sin embargo, dos detalles magníficos: por un lado, el monstruo recupera su nombre original, qué más da cuál sea porque es el primigenio; por otro, se descubre que la figura monstruosa simbólicamente paterna no fue la única responsable de la manipulación de la negrura, sino que su contraparte femenina tuvo bastante que ver en ello también, cometiendo traición por sus propias razones vengativas: no se llega a saber si se equivocó o no en la elección que hizo (ni siquiera ella podía distinguirlos), pero adelantar uno de sus brazos en lugar del otro, ofreciendo una víctima para el sacrificio, no fue fruto ni del capricho ni de la desesperación.
El monstruo sin nombre se llevó consigo aquel paisaje desolado en el equipaje de su turbio corazón. A éste, empañado por el desarraigo y la pulsión de muerte, le quedó sin embargo un consuelo: él era ella, y ella era él.
Recibo unas líneas que me llaman cariño (resultará que sus preferencias sexuales coincidirán con las mías, lo intuyo), y las leo ocho veces en un día para revivir el contento que me despierta esa palabra.
Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.
Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.
Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.
O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.
Quiero que se me despierte lo que se me ha ido durmiendo, escribir de nuevo textos con sal y pimienta después de tres años sin vivir la alegría del tacto afectivo.
Adormecida, preguntándome si volveré a ser protagonista de alguna de las miles de historias privadas que nacen y crecen mientras el sol sale y se pone. Que alguien me mire con ganas, que la alegría silenciosa sea el motor que active las miradas, las sonrisas y las manos. Desconfío de las palabras "te quiero", no las echo en falta. Añoro la sensación de ser ad-mirada por quien ad-miro. Tengo ganas de algún término medio entre el altar y el encogimiento de hombros. Aunque no se pueda volver atrás en el tiempo, pero asumo. Asumo. Eso es la madurez.
Yo que no me voy tropezando con polvos futuribles cada vez que salgo a la calle, ya he superado la corta etapa en la que casi deseaba esa experiencia. Quiero que alguien me despierte, me mire y me diga que Sí.
O que no me lo diga. Que con detalles, gestos y tacto, me haga un Sí inmenso que me llene de alegría y me deje temblando.
Terminadas mis obligaciones cuatrimestrales, bajé a los jardines presa del sentimiento de liberación prometido. El jardinero examinaba el jazmín de invierno y al verme, obsequioso, me tendió una flor. Hoy no había historia para contarte, Shahriar, así que el jardinero, quizá desconoces que se llama Mujâhid, me sentó en el cenador y desplegó ante mis ojos Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sydney Lumet.
Interpretar las señales de las películas bien hechas depende del entrenamiento del ojo y de tomarse la molestia de articular un por qué mental. Por eso el camión ocupando la mitad del retrovisor proclamó demasiado pronto la identidad de la hermosa mujer herida.
En un momento dado, Mujâhid se sentó conmigo y susurró en mi oído las palabras que Andy iba articulando cadenciosamente:
La carga de fracaso por milímetro cuadrado es excesiva, asfixiante. No hay ni un solo rasgo positivo en los personajes ni en lo que les ocurre, ni un respiro agradable en ningún detalle, todas las risas son amargas y tensas (satura en este punto la sonrisa aviesa de la ex de Hank con respecto a los 130 dólares) y todos se comportan tal y como creen que son (o como les dicen que son), convirtiéndose así en lo que creen ser. Podrían combatirse para intentar superarse a sí mismos, pero la autolimitación requiere menos esfuerzo y menos valentía, y así Hank se convierte en incompetencia, Gina en inutilidad y Andy, más complicado de resumir en una palabra, en ese estallido de resentimiento, exclusión, autosuficiencia, amargura y desencanto que reprimía bajo la carcasa de normalidad.
No hay que olvidar el teatro íntimo de sencillo ciudadano honesto de Charles, al que se le presuponen valores y calidades morales hasta que el mundo se le va en una caja de pino. Quién sabe si la propia dama hermosa y hasta su nieta (todos los secundarios relevantes son mujeres, salvo el trapicheador) no tendrán cuentas pendientes con el diablo. En la realidad de esta película, sin duda («eres un fracasado papi»). Si no se han mostrado ha sido por falta de ocasión. También yo debía de estar haciendo algo miserable en el momento en que la película se concibió.
Lo audiovisual es un ouróboros perverso: es producto de la realidad, y al mismo tiempo crea un mundo simbólico que devuelve a la realidad para que ésta se someta a una autodescodificación. Y nos creemos que las cosas son así, viéndonos reflejados en donde no debiéramos estar, cuando en realidad todo el mundo sin excepción alguna merece tener, como mínimo, media hora en el cielo.
Esta marca que ves aquí se irá. Es solamente que el jardinero me besó la mano antes de separarnos. Si desarrollamos la suficiente confianza le diré que preste atención a la trilogía, que por algo es una trilogía, de mi primera entrada.
Interpretar las señales de las películas bien hechas depende del entrenamiento del ojo y de tomarse la molestia de articular un por qué mental. Por eso el camión ocupando la mitad del retrovisor proclamó demasiado pronto la identidad de la hermosa mujer herida.
En un momento dado, Mujâhid se sentó conmigo y susurró en mi oído las palabras que Andy iba articulando cadenciosamente:
«Lo bueno de la contabilidad inmobiliaria es que puedes sumar al final de una página o en medio de una página y todo encaja, todos los días todo encaja: el total es siempre la suma de las partes, es limpio, claro, impecable, indiscutible. Pero mi vida no es… no encaja, es… nada está conectado con el resto, no. Yo no soy la suma de las partes. Todas las partes juntas no suman un único… yo, supongo».Después de esas palabras, se retiró y siguió la película desde un lugar en el que yo no podía verle.
La carga de fracaso por milímetro cuadrado es excesiva, asfixiante. No hay ni un solo rasgo positivo en los personajes ni en lo que les ocurre, ni un respiro agradable en ningún detalle, todas las risas son amargas y tensas (satura en este punto la sonrisa aviesa de la ex de Hank con respecto a los 130 dólares) y todos se comportan tal y como creen que son (o como les dicen que son), convirtiéndose así en lo que creen ser. Podrían combatirse para intentar superarse a sí mismos, pero la autolimitación requiere menos esfuerzo y menos valentía, y así Hank se convierte en incompetencia, Gina en inutilidad y Andy, más complicado de resumir en una palabra, en ese estallido de resentimiento, exclusión, autosuficiencia, amargura y desencanto que reprimía bajo la carcasa de normalidad.
No hay que olvidar el teatro íntimo de sencillo ciudadano honesto de Charles, al que se le presuponen valores y calidades morales hasta que el mundo se le va en una caja de pino. Quién sabe si la propia dama hermosa y hasta su nieta (todos los secundarios relevantes son mujeres, salvo el trapicheador) no tendrán cuentas pendientes con el diablo. En la realidad de esta película, sin duda («eres un fracasado papi»). Si no se han mostrado ha sido por falta de ocasión. También yo debía de estar haciendo algo miserable en el momento en que la película se concibió.
Lo audiovisual es un ouróboros perverso: es producto de la realidad, y al mismo tiempo crea un mundo simbólico que devuelve a la realidad para que ésta se someta a una autodescodificación. Y nos creemos que las cosas son así, viéndonos reflejados en donde no debiéramos estar, cuando en realidad todo el mundo sin excepción alguna merece tener, como mínimo, media hora en el cielo.
Esta marca que ves aquí se irá. Es solamente que el jardinero me besó la mano antes de separarnos. Si desarrollamos la suficiente confianza le diré que preste atención a la trilogía, que por algo es una trilogía, de mi primera entrada.
El vídeo me conquista, y esta conquista me disgusta por lo que tiene de manipulada y porque apela a una emocionalidad tramposa, inducida.
Me pregunto si volverá a darse esa espontaneidad incondicionada en una revolución, la que no mide el futuro impacto mediático de sus movimientos. Hoy, cualquier temeridad se realiza con la consciencia plena de las cámaras que le apuntan a uno a la espalda. Sabiendo que mañana los informativos arrancarán con tu imagen, que los periódicos de medio mundo hablarán de ti, seas una sola persona o una multitud indignada, y que siempre habrá un apologista que, con música especialmente seleccionada, hará de tu historia una película con la que el espectador de la realidad pueda experimentar masificadas elevaciones del espíritu.
No estás solo: la Sociedad de la Información, que es decir el mundo, está pendiente de ti.
Otro:
Desde el minuto 8:10: http://www.youtube.com/watch?v=fhWQ_VIh8sE
Varios periodistas filmaban desde el hotel, pero quienes corrían no lo sabían. No eran actores semi-conscientes de los que, repito, calculan el futuro impacto mediático de sus actos, sino padres que habían ido a buscar a sus hijos.
Hoy, en cambio, todo somos conscientes de los medios, ese gran dios voraz que todo lo ve y que por fin se manifestó en la Tierra para condicionar
a) nuestro conocimiento del mundo, y
b) la forma en la que el mundo reacciona a sí mismo.
Leo que a Portero de noche se la criticó en su día por varios motivos, y que uno de ellos fue presentar de modo favorable al oficial de las SS, luego portero en el hotel de los cubiles. No veo esa intención de simpatía por ninguna parte.
La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.
A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.
Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.
La insania de estos dos personajes es respuesta natural al horror. No hay demagogia, no hay bondad ni maldad, no hay heroísmo ni cobardía en la reclusión, ni grandeza o miseria en la sumisión. Hay reacciones, entendibles o no según la psicología de cada espectador, de dos personas que tienen la suficiente humanidad como para no haber sido capaces de moverse con completitud humana por el tropiezo más macabro de la Historia, ni de salir indemnes de él. En la escena del reencuentro por los suelos de la habitación, se siente en el corazón el vacío de la desesperación por la inevitabilidad de reavivar lo que ya había sido (aparentemente) dejado atrás, al mismo tiempo que un contento al escuchar la risa de Lucía.
A la pregunta formulada, ¿preferiría una relación masoquista, o una relación pseudo-incestuosa de protección paternalista? En la respuesta real: la libertad te llama desde dentro y no podría aceptar las hostias nacidas del miedo a perderme. Entonces tendría que escoger, una vez más, la segunda opción. En la respuesta literaria: hay un ansia, sí, una desearía abandonarse a un cierto sometimiento a una personalidad de aristas que sintiera debilidad por una, y por despertar una pasión y una ternura como la que Max siente por su pequeña. Eso no quiere decir que una desee la violencia física de ese amor, sino experimentar el torbellino de una compenetración absoluta, conflictiva (para que esté siempre renovándose) pero segura de sí.
Tras la película descubro el concepto de "metaconsenso", y pasa a interesarme mucho más la figura del dominante. Lucía ve el poder que tiene sobre él, y por lo tanto sobre su propia realidad, con el regalo de la cabeza. Lucía se agazapa como un animal en el suelo, sabiendo que cuando le mira desde abajo en realidad le está mirando desde arriba, lo que al final les coloca al mismo nivel.
"Aunque es difícil llegar a ser una réplica exacta de la hermosa reina faraónica, el solo hecho de soñar con convertirse en Nefertiti es algo que suscita valoración y admiración".
http://www.elpais.com/articulo/gente/51/operaciones/quirurgicas/parecerse/Nefertiti/elpepugen/20090824elpepuage_5/Tes
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