—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

La crianza con elogios

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Con todo lo que la aprecio. Con todo lo que deseo dejar de trabajar con ella:
––Gracias por tan excelente comida ––dijo relamiéndose––. ¡Qué hijos tan hermosos tienes! ¡Cómo se adivina en ellos la nobleza! Tienen unos ojos enormes. Y qué maravilla de juventud la suya. Aunque nada de esto me debería extrañar. Los hijos de los reyes son hombres desde que nacen.

Tabaqui sabía de sobra que no ayuda a la buena crianza alabar a los lobatos estando ellos presentes. El descontento se reflejaba en la actitud de Madre Loba y de su pareja.

El libro de la selva, de Rudyard Kipling (1984)


Xenreira

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Mi acompañante señaló el trisquel de la pulsera y apuntó que, en el mundo BDSM, se trata de un símbolo de sumisión. «No lo lleves más al trabajo», advirtió. Decepcionada, busqué más información, para descubrir que no son todos los trísqueles, sino solo este diseño. Pero, como corresponde a un símbolo que ha surgido a capricho hace un rato, también he podido ver en la red que buena parte de la comunidad BDSM se ha hecho la polla un nudo y se identifica con cualquiera.

Surgen dos reflexiones:

Que los practicantes gallegos de BDSM tienen que ser necesariamente más vivos que otros. En Galicia se encuentran trísqueles celtas en todas las esquinas y nadie quiere recibir un bofetón a cada paso.

Y que, independientemente de la justificación que hayan inventado para la elección, me parece de lo más adecuado que hayan escogido el símbolo característico del rincón noroeste de la península. Muy adecuado, dado el carácter. Tal parece que lo hubiera escogido un cacique de esos que todavía hasta hace bien poco se ataban metafóricamente a la silla. Quizás, conociendo el percal, dejaba que le sujetaran a ella también literalmente. Por someter y someterse.

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El día termina con una frase:
Gran defensa contra la adversidad efímera es la confianza plena en el valor del valer.

César González Ruano, Diario Íntimo (1951-1965)


Silencio que no es sepulcro, oscuridad que no es ceguera

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Quién me diría a mí ayer por la mañana en la capital del reino, con mis problemas laborales, la boina de contaminación, el ruido eterno, el calor abrumador, las prisas estresadas y el espíritu desangelado; quién me diría a mí ayer a las 12 de la mañana que, 12 horas después, a las 12 de la noche, estaría en un lugar solitario, rodeado de bosques, sin una sola luz eléctrica en un kilómetro a la redonda ni resplandores urbanos en más de diez; que estaría mirando hacia arriba, reencontrándome con la Vía Láctea y contando lágrimas de San Lorenzo; que a mi alrededor, el silencio caería como una manta fresca, ese silencio que, en la capital (si tienes la suerte de que tu minipiso dé a un patio de manzana), puede ser, muy entrada la madrugada, el silencio de una tumba; pero que aquí viene punteada con el canto rítmico de las cigarras en primer plano, el de un grillo un poco más distante y el de la lechuza lejos, más lejos en el interior del bosque.

Es posible que, de vez en cuando, la maleza se agite; querrá decir que un animal nocturno está atravesando sus dominios en busca de un deslizamiento rápido, ya que no discreto. Y si, en una casa lejanísima, ladran unos perros lejanísimos, quizás es porque te están sintiendo.

Todo esto ocurrirá en un primer plano de tu percepción auditiva, y sin embargo, por no sé qué atávico criterio, lo calificarás de silencio. Y no estarás mintiendo. Tampoco sabrás lo que es la oscuridad mientras no te encuentres en una situación semejante. No cuando cierres las persianas del todo y bloquees cualquier posibilidad de luz, no (eso es ceguera): sino la oscuridad de la naturaleza cuando no hay ni una sola luz artificial y bañas tu mirada en las estrellas.

Ofidio

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Es época de soñar con serpientes. Las encuentro continuamente en mi cabeza.

La de esta noche tenía la cabeza triangular y era de color morado. En un momento dado se revolvía contra mí, me atacaba. Yo la enfrentaba sin miedo, la tomaba entre mis manos y la despedazaba, pero un hilo de carne mantenía las dos partes unidas, estirándose y estirándose por más que yo las separara. Mi último pensamiento antes de despertar fue que ese era el sistema nervioso o la médula, algo así, y que mientras no se lo cortara también, la serpiente seguiría viva. Quise cortar, pensé en buscar alguna herramienta, pero me desperté antes de conseguirlo.

Por lo que he podido leer, en general soñar con serpientes es positivo. La interpretación que más me gusta es la que la liga a mi inconsciente más profundo, del que estoy desconectada últimamente quizás por tener una certeza que no consigo hacer realidad. Independientemente de las posibles interpretaciones, sé que estos sueños tienen que ver con esta imposibilidad actual de conseguir lo que quiero. Una de las interpretaciones leídas me dicen que soñar que se mata a la serpiente implica resolver el problema que nos atormenta. Pero ese hilo que mantenía a la serpiente viva en el mío es garantía de que aún no me libro.

Veremos si con la decisión tomada hoy para la vuelta de las vacaciones, los sueños cambian.

De repente, Terminator

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Oh Musas, bendita sea la veleta que me mueve, si hoy ha conseguido hacerme recuperar vuestro favor, tristemente perdido años ha, al preferir ver por decimoséptima vez De repente, el último verano, en lugar de, por primera, Terminator.

Que también me apetecía.

No te tires, tonta. ¡Te elegí a ti!

Vaivenes

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Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Todas las mujeres de Pueblanueva son unas perdidas que se han entregado a Cayetano, pero Torrente Ballester las pinta mejores personajes que sus maridos: ellos, unos peleles indecisos que cuidan el arcaico status quo y no son capaces de imponer su voluntad en prácticamente ningún aspecto de su vida, y cuando lo hacen, como don Baldomero, yerran y sufren con la consciencia del error; ellas, en cambio, sólidas, seguras, pisan con firmeza y miran de frente, saben lo que quieren y a dónde van, por qué hacen lo que hacen y cómo deben conducirse ellas y, de paso, las demás.

Clara es sobrenatural, un personaje con el que no es difícil empatizar y al que es imposible no respetar, mientras que al protagonista Carlos, pobre sabio soñador y vacilante, le zarandearía con gusto para quitarle el empañamiento que le imagino en la mirada. Pero ya lo hace Clara y el aire estupefacto no se le va.

Cayetano es el que, inesperadamente, más me ha sorprendido. Si en el primer volumen, "El señor llega" (1957), era el malo de la película, en "Donde la vuelta el aire" (1960) me sorprendo simpatizando más con él que con Carlos. Torrente hace que me gane poco a poco, que le vea no como esa especie de señor feudal moderno con derecho de pernada que pintó en "El señor llega", sino como un hombre con una sagaz visión empresarial (tan poco común en la terriña o, cuando menos, mucho menos aireada y fomentada que en el Norte o en el Noreste) que, sorprendentemente, sólo piensa en el progreso del pueblo. Y aquí, en pocas páginas, Torrente vuelve a hacer un ejercicio de genialidad:

En el primer volumen, Torrente había consolidado a conciencia los cimientos de nuestra antipatía hacia el personaje, hasta conseguir hacérnoslo ver como un hombre inmaduro, de motivaciones pueriles, vengativo, rencoroso, fanfarrón, lúbrico e impío, que no respeta a ningún hombre ni mujer en toda Pueblanueva, salvo a su madre por un, según Carlos, complejo de Edipo sin resolver que hace que todas sus acciones estén encaminadas a conseguir que todos los habitantes del pueblo sean indignos, salvo ella. Que quiere la ruina de los pescadores porque "son" de la Vieja, y que golpea hasta la inconsciencia a La Galana por atreverse a dejarle, en lugar de esperar dócilmente el abandono.

En "Donde da la vuelta el aire", se vuelven las tornas poco a poco (¿tendrá este título esta intención?). El autor dosifica en 300 páginas las apariciones del personaje y envuelve cada una de ellas en una creciente ambigüedad, haciendo que le miremos con los ojos cada vez más entornados, esquinados y respetuosos. Y de repente, en el último encuentro con Carlos, Torrente destapa sus cartas:
—Hay un negocio que nadie ha visto todavía y que podríamos empezar. Una flota y una factoría para explotar el bacalao. Hace falta más dinero, pero lo encontraríamos. En Pueblanueva hay un excedente de trabajadores que mi astillero no puede todavía asimilar; son los que andan a la pesca. Mientras esa gente no se acomode, en Pueblanueva no habrá prosperidad. Y cuando el famoso Sindicato dé en quiebra, que la dará, ¿qué haremos de esa gente? Ellos piensan siempre que estoy yo detrás, y que cuando las cosas vayan mal les daré empleo en el astillero. Pero yo no sé si podré hacerlo. Es muy caro transformar a un pescador en obrero. En cambio, el que está acostumbrado a pescar sardinas lo mismo pescaría bacalaos. Tenemos las tripulaciones...

Con este párrafo, Torrente desbarata las imágenes que del pueblo y de todos los personajes había armado en las 760 páginas anteriores. ¿Qué escritor hace eso? ¿Dónde se ven hoy semejantes profundidades a largo plazo a la hora de crear una historia, dibujar unos personajes y respaldar o derrumbar la justificación de unas acciones? Torrente borra de un plumazo todas las seguridades, hace que nos cuestionemos todas nuestras impresiones. Ante este chorreo de cavilaciones prácticas de Cayetano, ¿qué son las etéreas divagaciones intelectuales de un discípulo directo del doctor Freud como es Carlos, un hombre abúlico, de voluntad endeble, que no es capaz de decir que no a una mujer en la noche previa a la de su boda, mientras no se atreve a aceptar la salvación que le ofrece la mujerona Clara por ser eso, una mujerona?

Pero lo bueno es que no acaba aún ahí el zarandeo de Torrente, no. Faltan treinta páginas para terminar, pero aún hay tiempo para darle una vuelta más a la tuerca. Estoy ya encarrilada en el nuevo rumbo de la novela y me parece bien: Cayetano es el personaje más práctico y me descubro agradeciendo el detalle, tras tanta elucubración psiquiátrica y teológica de Carlos con sus frailes. Y por un momento pienso que Torrente está de parte del progreso y de esos nuevos tiempos que se acercan en ese año 35 (visto desde la perspectiva del que no sabía lo que venía en realidad para España, claro): Carlos "vive" estupefacto en Pueblanueva, con sus ambiciones (las que él creía tener) quebradas, dudoso de su carrera psiquiátrica, pero sin dejar de analizarlo todo desde el punto de vista de quien ve la vida pasar a su lado sin rozarle; dando vueltas y más vueltas a ese eje de pereza e inercia que, dicen, atenaza a las almas sensibles en la terriña. Para qué contar nada de fray Ossorio, uno de los protagonistas de este volumen, del carácter intachable y aburrido de su moralidad y de sus luchas internas con su fe. Y por último fray Eugenio, luchando también con un pasado que le atormenta, combatiéndolo desde una fe cristiana que le falla, la obediencia a un prior en el que no cree y la recuperación de un don artístico que teme. Sí, frente a estos personajes, ¿cómo no va a estar también Torrente, como yo, de parte de la acción y el movimiento?

Ah, pero entonces, Carlos se encuentra con fray Eugenio por última vez en este volumen. Y de nuevo el autor, como de pasada, como quien no quiere la cosa, vuelve a lanzarnos a la cara la duda de su posición.
—¿Por qué me descorazona? —dijo el fraile, con voz angustiada.

—Sólo quiero prevenirle y evitar que, sin querer, se aparte de la realidad. Pase lo que pase, habrá hecho usted una hazaña gigantesca: habrá dicho la verdad. siempre más que yo, porque yo, ante la imposibilidad de tener paciencia y esperanza, renuncio de antemano a mi utopía y condeno de por vida a nuestros amigos al uso y abuso de sus complejos. Pero siempre menos que Cayetano. Cayetano nos ganará porque su fórmula consiste sólo en dar de comer a todo el mundo, lo cual es compatible con seguir odiándose, con seguir envidiándose, con hacerse daño los unos a los otros, que es lo que verdaderamente apetecen. Usted quiere hacerlos buenos, yo me contentaría con que fuesen apacibles. Ni la paz ni el amor les interesa. Rechazarán a Cristo con la misma energía con que rechazarían a Freud. Pero no creo que rechacen un jornal suficiente, a menos si se ofrece a los demás sin merma del jornal propio. Porque, en ese caso...

Habían atravesado la plaza. Se oyó, súbita, ronca, sobrecogedora, la sirena del astillero.
Y así, otra vez de golpe, se me cambian las tornas de nuevo, las que había ido construyendo poco a poco durante casi 400 páginas y que había verbalizado por fin unas cuantas más atrás, dando la bienvenida al dinamismo y el pragmatismo. Y me encuentro cuestionando si es loable tanta acción, tanto avance y tanto progreso, si llevan a una sociedad mezquina y monetarista, a la que se le pueden poner muchos adjetivos, salvo el de cohesionada y bien cimentada.

Empiezo ahora el último, "La pascua triste" (1962). Veremos qué acabo concluyendo. Yo me dejo llevar con gusto.

Fogonazo

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Cómoda en la mecedora recién comprada. Madrid nocturno al otro lado de la cortina. Unas tareas de radio y "La conversación" en la televisión. Saxo. Independencia. Noche. Autonomía. Formación. Alucinaciones nocturnas. Renuncias. Salud. Malestar. Bienestar.

Tengo mala memoria. Debo guardar esta alcoba, aunque la cotidianeidad no quede reflejada en ella.

La noche del alma

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—Matushka, ¿por qué tenéis miedo?

—¿Por qué tengo qué?

—Creo que tenéis miedo; los extraños os dan miedo. Conocí a una mujer en Prokovskoe, mi pueblo, una aldea de Siberia. Y esa mujer tenía tanto miedo a los extraños que se compró una caja de madera de pino y vivía en ella. Un día, su marido clavó la tapa, hizo un hoyo y la metió en él. «¡Lvan, no!», gritó ella. «Sólo quiero hacerte feliz», respondió él. «Lo sé. Pero el cielo está lleno de extraños... ¡sácame de aquí!».

Nicolás y Alejandra, de Franklin J. Schaffner (1971)


Mujer

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Mujerona.

Con denominación de origen

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Una mañana como cualquier otra en Madrid. Pensando en el marketing, en el hormigón, en el periodismo multimedia y los proyectos en red y en esa asociación que ojalá me dé una alegría este año. Corriendo, por supuesto, como siempre en esta ciudad para no perder mucho tiempo aunque odies el lugar al que vas, como siempre en este trabajo para que todos estén contentos, como siempre en esta carrera para salir de este trabajo cuanto antes.

Todo lógico y racional, como viene siendo desde hace seis años. Plenamente integrada en esta ciudad desde el minuto uno.

Entonces, fue el Metro. En el vagón, un bebé lindísimo y muy tranquilo miraba a su alrededor desde su carrito. Le di la espalda, de pie, y mi pensamiento voló a otras cosas. Las del primer párrafo.

Me di cuenta de que había una mujer a mi lado cuando mi subconsciente, antes que mi cabeza, se fijó en que contemplaba muy fijamente al niño. La miré de frente. Era una mujer de mediana edad, bajita, menuda, coqueta, con mechas rubias; una madrileña de pro, poco sospechosa en principio de profundidades internas de las que se remontan a la noche de los tiempos. Recordaba un poco a la viuda de Cela. Sus ojos se clavaban en el niño y el rictus de su boca, con comisuras descendentes, volvían rígida y severa su contemplación.

Miraba. Seguía mirando. No dejaba de mirar. Y entonces, la combinación de sus ojos y su boca me hizo recordar esas cosas que mi lógica dejó atrás junto con el catolicismo. Pensé de nuevo en el mal de ojo, sobre todo en el involuntario, ese que poca gente sabe que existe (porque ¿quién va a hacerlo a propósito en un sitio como este?). Me agradó que mi memoria volviera ahí, porque así me llevaba también a lugares que son un bálsamo cuando la aridez del centro me hace árida a mí también.

Pero entonces el niño empezó a llorar.

Con el llanto, dejó de ser una fantasía. El niño sufría ante unos ojos que no se apartaban de él. Al mismísimo CEO de Magonia le hubiera parecido como mínimo una falta de educación y yo me sentí moralmente responsable de la situación por conocimiento de causa. Algo tenía que hacer, pero interponer el cuerpo entero sería descortés. Se me enfadaría. La desconocida estaría descontenta conmigo.

Pero el niño lloraba, y con cada pausa que hacía para tomar aire y reanudar el llanto, la fantasía tomaba más cuerpo.

Como al descuido y sin mirarla, me sujeté a la barra como si me hiciera falta, interponiendo el brazo en su ángulo de visión.

Por el rabillo del ojo vi cómo su contemplación absorta se interrumpía de repente, como si se hubiera cortado una conexión. Con un suspiro, se fijó en otros puntos del vagón y no volvió a mirar hacia aquél.

Volví a mi persona lógica y racional y fui indulgente conmigo misma, diciéndome que podía permitirme algo así si no lo compartía con nadie, y si yo sabía que, a pesar de haber actuado para evitar un daño, no había perdido la perspectiva de lo que existe y de lo que no.

Para entonces, por supuesto, el niño había dejado de llorar.