—Bien —aclaró el señor Tur Tur—, conmigo sucede lo contrario. Eso es todo. Cuanto más lejos estoy más grande parezco, y cuanto más me acerco, más se ve mi verdadera estatura.
—Usted quiere decir —preguntó Lucas— que no se vuelve pequeño cuando se aleja. ¿Y que no es usted un gigante cuando está lejos, sino que solo lo parece?
—Exacto —contestó el señor Tur Tur—. Por eso he dicho que soy un gigante-aparente.

Silencio musical

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Cosas del silencio que también son musicales

 

Un jardín de campánulas recién lavado por la lluvia.

 

Las cajas de madera diminutas.

 

Una mujer que, cerca del río, escribe una sonata para el hombre que la sueña.

 

La caída de la nieve.

 

Un cementerio de pájaros.

 

El humo de las varas de incienso.

 

La muerte de las magnolias. En ellas se puede ver, a cierta hora de luz ámbar, a un grupo de mujeres danzando una pavana.

 

Un cuerpo que ama. 

 

El rostro de una mujer que llora frente al mar. Si sus ojos son grandes, la música es más hermosa. Es probable que quien la escuche también se ponga a llorar. 

 

Sei Shônagon en 'El libro de la almohada' (siglo X)


Los pequeños instantes y las sensaciones que Sei Shônagon retrató en su diario íntimo hace más de mil años son ya inmortales.

 

En uno de los pasajes se sorprende de que, al contar a otras personas sus impresiones sobre la belleza del rocío que se evapora a medida que transcurre la mañana, éstas apenas se interesaron, ni mucho menos se conmovieron como ella lo hizo. Hoy en cambio sus palabras resuenan en el interior de millones de personas.

 

A mí este fragmento me ha traído a la cabeza (¿es que en algún momento se ha ido de ahí?) a mi Adorador (¿Adorante, como alternativa a Amante?). No le escribo exactamente sonatas, pero mi alma entera canta con alegría desde que le conozco. Y cuando nuestros cuerpos se imantan y se quedan pegados para darse placer, suena la melodía más hermosa de todas.

 


 

En casa

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Llego a casa, la casa de mi infancia, que siempre simboliza que estoy a punto de soñar con algo radical (de "raíz"), algo que surge o se está instalando en lo más profundo dentro de mí. Subo las escaleras pero está oscuro, por algún motivo la luz no funciona. Percibo bultos en los dos tramos de escaleras, pero me las conozco tan bien que los esquivo sin problemas y llego arriba enseguida. Voy algo apurada, porque en el reloj me ha parecido ver que son las nueve menos cinco y debería ponerme a trabajar lo antes posible.

 

Llamo a la puerta y abre mi hermano. Veo que son solo las ocho y cuarto y que tenemos tiempo de estar juntos un rato. Están los cuatro allí, papá, mamá, los dos hermanos con los que me crié en esa casa; sus yoes de hoy, plácidos, tranquilos. 


Están alrededor de la mesa, reuniendo el pan de molde de varias bolsas a medio consumir en una sola. Les ayudo mientras hablamos. En una transición muy suave, ya es la cocina de la segunda casa, la actual, y se me han caído algunos de los mensajes que compartí ayer con A del móvil a la mesa. Están ahí desperdigados, pequeñitos, verdes y blancos, con una letra diminuta. Los recojo con el dedo índice como cuando se recogen migas de pan, presionando para que se sujeten solos con la fina película de grasa de la yema.

 

En un ejercicio parecido al del trasvase del pan de molde, mientras mi hermana me ayuda sujetando el móvil, yo voy devolviendo los pequeños mensajes a su interior con esmero y por su orden, procurando que no se queden del revés. Y ella los lee, claro. Hablando al aire, a nadie concreto porque los demás han desaparecido, dice (por mí) "se está confesando". Yo le respondo que sí, y que no me importa que lo vea.


Es la primera vez que sueño con el móvil, contradiciendo esta entrada y reafirmando algunas hipótesis científicas sobre lo infrecuente que es. En este momento en el que de él ha surgido un conocimiento propio nuevo, le veo todo el sentido.


Captura

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Una madrugada-ya-casi-mañana de hace 22 años, me crucé en la televisión con un nocturno al piano que me fascinó. Mientras lo escuchaba, era consciente de que, como en aquel momento no tenía manera de grabar la pieza, acabaría por olvidarla al cabo de unos días, como así fue. Por eso, durante aquellos minutos en los que la luna bajaba detrás del horizonte y la primera luz del amanecer acariciaba las copas de los robles, cerré mis ojos y decidí dejarme envolver por la melodía, sabiendo que el placer equivalía al de ver pasar una estrella fugaz.

 

Algo parecido me ocurre hoy con uno de los elementos que forman parte de la esencia de A y que me gustaría recordar para siempre.

 

En cambio hay muchos otros que sí se podrían capturar. Podría por ejemplo describir las sensaciones que me produce, porque aunque las palabras sean limitadas me permitirían evocarlas (las sensaciones) toda la vida. O podría grabar un vídeo de un segundo y medio de nuestros encuentros para guardarlo en 1SE y así inmortalizar su mirada que me contempla como nadie, la textura de su piel, la delicadeza de sus caricias, esa deliciosa singularidad de su nariz, o un segundo y medio de su voz que llevo clavada en el alma.

 

El elemento que no puedo retener de ninguna manera es su olor en mis manos cuando vuelvo de verle, de pasar juntos uno de nuestros "muchos pocos".

 

Dudo que pueda inventarse alguna vez el archivador que consiga hacer perdurar algo tan mágico como un olor. Mágico porque, siendo incorpóreo como la luz y también efímero, es tan poderoso que puede reactivar las memorias olvidadizas y conjurar los recuerdos enterrados en lo más profundo, como bien sabía Proust.

 

Pero no tengo forma de guardarlo. Por eso, cuando llego a casa, cierro los ojos y me abrazo la cara con las manos, para aspirar profundamente cada partícula que ha dejado su rastro mientras mis dedos se bañaban en él. Me recuerda al olor tibio de la madera que fue cortada hace unos días y ha estado apilada al sereno en verano, oculta entre hierbas frescas y aromáticas en un entorno limpio, tranquilo y que produce calma. Tres cualidades que también le definen a él incluso cuando hace brincar todos mis anhelos.

 

Dentro de unos días ya me será imposible evocar este olor de la nada. Pero, a diferencia de aquel nocturno perdido, todo parece confabularse para que pueda engancharlo en mis dedos varias veces más.

 

(A)doración

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 Me gustas y me atraes, es cierto.

 

*

 

En los últimos meses vivía sin saber que, a menos de un kilómetro de distancia, la objeción a una creencia firme aguardaba pacientemente a que llegara el momento de encontrarnos.

 

Él es la objeción que ha hecho estallar en pedazos esa creencia firme, que decía así: "A partir de ahora podré seguir sintiendo arrebatos de la piel, pero no de la emoción". 

 

Era un error. A pesar de todo lo vivido, veo que alguien sí me puede sorprender, conmover y hacer que desee sujetar su mano para que no se suelte en un tiempo largo. Alguien puede irrumpir con la promesa del placer y regalarme, sin preverlo ninguno de los dos, una sed inagotable de labios, mirada, voz, mente, abrazos, ideas, susurro. De lascivia y romanticismo. De mirada tierna y visceralidad. De ese fundido de dos cuerpos y mentes que se desean tanto al mismo nivel, que solo hay cabida para una etiqueta. La del título.

 

La mente se ocupa por completo, como si tuviera veintidós años y pocas preocupaciones. Mejor aún: ocurre el milagro de desplazar a un segundo plano las preocupaciones adultas y situar un puñado de (v)ariposas en el hueco del estómago, en el punto medio exacto entre los dos pares de labios que ese Alguien adorado besa con la misma hambre.


Prender la mecha de los fuegos artificiales de la piel puede llegar a ser relativamente fácil. Conmover no lo es en absoluto. En el símil del champán, no hay duda de que estamos bebiendo hasta el fondo la mejor botella de todas.


*

 

 Pero a un nivel que no es normal.

 

 



Jaulas al viento

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El ser humano deja su huella inmortal en trozos de nubes y pone luego jaulas al viento para que no los destruya. Pierde todas las batallas individuales pero gana la gran guerra contra el olvido. ¿O quizá habría que formularlo al revés? Gana la gran guerra contra el olvido, pero pierde todas las batallas individuales. El lenguaje no es conmutativo y las batallas personales son importantes, aunque sean pequeñas. Lo son todo, en realidad, pues hay que estar hecho de una pasta especial para que decidas anteponer la deriva del mundo al derrumbe del tuyo. Esos son los héroes de la historia.

 

Dentro de nuestro discreto ámbito de influencia, hagamos cosas nobles entre tanta mezquindad.

 


 

 

 

- He visto el mundo, rey del sueño. He cabalgado los desiertos y visto las rocas, los viejos muros y las estatuas devastados por el viento del desierto en las tierras baldías de arena. Y el viento y la arena se levantan de nuevo y los restos de las ciudades, palacios y dioses se desvanecen durante otra edad del hombre... sepultados en el olvido... no puede ser de otra manera, ¿cierto?

+ Posiblemente...

- Pero solo Alá lo sabe todo. En efecto.

El sendero del tiempo

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Salta el corazón disgustado cuando le toca el turno a 'Agua' de Jarabe de Palo en la lista de reproducción. No cabe escuchar más canciones de esos labios después de la sabiduría clarividente de 'Eso que tú me das'. Como mucho 'Bonito' y 'Depende', íntimamente relacionadas con lo que vendría después. Pero ahora él no está, ya no es. Así de fácil es quedarnos con cara de tontos al momento de cruzar de la vida a la muerte. ¿De veras me frustré por aquello? ¿Será cierto que tal cosa me desveló durante tantas noches? ¿En serio fui yo quien reaccionó tan mal a aquello otro? A veces no da tiempo a darse cuenta, pero incluso si lo da, allá cuando se acerca la hora, no sirve de nada: tú lamentas haber dado importancia a lo que nunca lo tuvo, y los demás no escarmientan en cabeza ajena.

 

Algunos privilegiados se dan cuenta mientras caminan por el tiempo. Cada cual que lo gestione como pueda.

 

Rueda el trueno por la alfombra de nubes del cielo de Madrid mientras atardece y yo veo mi vida tras de mí y ante mí. Caminamos por el tiempo hacia atrás, es decir, de espaldas, mirando siempre hacia el pasado sin ver dónde ponemos los pies. Si nos diéramos la vuelta no ganaríamos mucho con la vista del futuro: una oscuridad en la que se van destacando bultos informes, cada vez más nítidos a medida que los tenemos a centímetros de la cara. Interactuamos un instante con ellos, estrechamos sus manos para confirmar humo, lamemos su glande en el punto exacto que conduce al éxtasis, reímos y les queremos cuanto dure, nos maravillamos con la naturaleza siempre cambiante, siempre la misma, un pincho de tortilla que viene a nuestros labios, un accidente de coche, una enfermedad, cientos de sorpresas, aprendizaje continuo que no se sabe hacia dónde va. Y luego se proyectan hacia el pasado, estirándose durante el tiempo que comparten nuestro presente.

 

Ciertamente curiosa, la vida esta. Cuando se ve de esta forma podría haber la tentación de no aferrarse y, aun así, unas cuantas personas, ideas y cosas al azar se acercan al calor de nuestro corazón y allí se quedan. Es inevitable. Somos seres con una enorme capacidad de apego y no hay mayor placer en este sinsentido que encontrar a "nuestra gente", "nuestra pasión", aquello que se sincroniza con el paso de nuestra alma.

 

Por eso no debería caber disgusto con 'Agua', porque es fundamentalmente una canción de vida. Vida que todavía está. Todavía es. Todavía tiene capacidad de dolernos pero también de sorprendernos. 




Sueños

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En el tsunami de emociones que embarga al decidir un nuevo rumbo vital, se entromete una tentación enemiga: la pereza (más bien la abulia, pero para que nos entendamos). Al sentir que lo que tienes ya no encaja en lo que eres, el esfuerzo para continuarlo es doble. No, triple... "¿Durante cuánto tiempo más deberé seguir por este camino que me estresa, me amarga y me envejece? ¿No sería mejor soltar el lápiz, dejarlo todo y cobijarse en el refugio temporal, yo que puedo hacerlo, para recargar energías y ánimos allí donde me quieren bien y lamerán mis heridas?".

 

En esas épocas, la fantasía de nuestros sueños explota en una exuberancia orgásmica y saca a la luz nuestros paraísos interiores: ciudades laberínticas de luz crepuscular, llenas de situaciones y misterios; cielos por los que te elevas remando en una silla desde la que observas el mundo a tus pies, lejos de ti, incapaz de mancharte ni herirte; encuentros de buen augurio con quienes viajas en compañía; veleros con los que navegas por los mares del Sur, llenos de azul y de luz... Esos mundos que también somos nosotros, mundos en los que lo indefinido que nos habita y que durante el día está muy enterrado, prácticamente olvidado, pasa al primer plano y nos convertimos en seres que no trabajan ni ven la televisión ni usan el móvil, sino que fundamentalmente (1) exploran y (2) se relacionan. ¿No es eso acaso lo que hacíamos hace milenios, justo antes de dejar el edén de los cazadores-recolectores y embarcarnos en las preocupaciones, las enfermedades y las diversas esclavitudes del sedentarismo?

 

En esos momentos de hermosa tentación, busco alguna perla de sabiduría con la que encontrarle un sentido al desatino de añadirse arrugas a propósito. Deseando que alguien me recuerde que los seres humanos valientes son aquellos que resisten las adversidades. Resistir, resistir... Nadie vale la pena si abandona el camino demasiado pronto, si no aguanta un poco más hasta que sus músculos estén a punto del desgarro y su cerebro medio frito por las tensiones. "Sé como aquel que, sí vale, tuvo dos infartos seguidos, pero llevó con orgullo las galas de haber resistido algo parecido a las calderas del infierno". 

 

Finalmente, encuentro el apoyo en un lugar insospechado, escrito por alguien de quien no sé si es sabio permanente gracias a la experiencia, o momentáneo debido al dolor: "Hay que permanecer para ganar y para tener la posibilidad y la libertad de irte con garantías", dice. Y yo le creo.

 

Entonces las fuerzas reverdecen. Porque para convertir en reales los sueños que están por venir, y que en cuestión de semanas empezarán ya a formarse en el vientre, es necesario algo muy mundano: el vil dinero. Si ese es el juego, lo jugaré hasta el final y afrontaré la tormenta con un café en las manos y una sonrisa en los labios: porque, al menos de momento, resistir hace más real la posibilidad de que la victoria final sea mía. 

 


 


Ponerse moreno

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Una vez tomada la decisión de un cambio vital, te conviertes en extranjero en tu propia vida hasta que "aquello" llega; alguien que está de paso y a quien de pronto todo le parece ajeno y desajustado, quizá curioso y a veces estimulante, pero no del todo importante, no del todo real como sí lo es Ese Otro Lugar, tu País Verdadero, que guardas en el corazón y que te espera en el pasado o en el futuro.

 

Entonces empiezas a comportarte como alguien que ha decidido ponerse permanentemente a la sombra porque ya no confía en ese sol que le quema tanto como le alumbra. Y esto tiene consecuencias, claro, sobre todo si, para no ponerte en evidencia demasiado pronto, te esfuerzas por fingir que aún tienes la capacidad de ponerte moreno.

 

Decía Marco Aurelio que no hay objetivo individual aceptable que no pase por el bien común. Hoy no hay mayor contribución al bien común que fomentar que en el mundo haya:

  1. Más silencio
  2. Menos prisa
  3. Más profundidad (*)

 

¿Tendrás la fortuna de formar parte del gremio de creadores de tales rarezas? Quién sabe, pero mientras tengas vida inténtalo, un paso detrás de otro.

 

(*) Habría todavía una cuarta: más simplicidad. Pero eso nunca pudo ser...

 


 

El golem Juan Sin Miedo

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Maravillas, Manuel Gutiérrez Aragón (1980).

«Saber no puede ser malo», dice Maravillas con una sonrisa de suficiencia. Acaba de cumplir dieciséis años, pero sigue siendo una niña porque aún no tiene miedo. El mago Salomón se lo quitó el día de su primera comunión, le regaló un anillo a cambio y a continuación fue expulsado de la familia.

«El día que hice mi primera comunión pasé llorando mucho tiempo» es la primera frase en off de Maravillas, mientras muestra lo que ocurrió aquel día. Guionistas más torpes pondrían en sus labios frases dramáticas, del estilo «esa fue la última vez que lloré», pero los de Maravillas son elegantes: lo siguiente que dice la chica sobre el tema, ya no en off, es que ella no sabe llorar. No le hace falta. Adopta un papel de adulta, bregando con un padre irresponsable y falsamente infantil al que desprecia porque no se da cuenta de lo que le ocurre en realidad. No se da cuenta porque sólo es una niña representando un papel y para eso no hacen falta lágrimas, sino concentración. La razón se impone. Por algo se le dan bien las matemáticas (y también la física) y calma ansiedades dibujando exquisitas esferas armilares que, ¿acaso nos extraña?, gravitan en una oscuridad sin matices…

El anillo que Salomón le regaló ya le está pequeño. «No pasa nada, te lo cambio por este otro». Ya podría ser igual de fácil cambiar el cascarón de la ausencia de miedo, que también aprieta. Toca deshacerse de él y es el primer amor perdido el que sacude la situación. Siempre lo es. El amor perdido derriba las máscaras y las certezas, y vierte el dique de las emociones contenidas. Ah, ¿pero estaban ahí? Sí, ahí estaban. El chaval es feo, ¡por qué serás tan feo! Pero te quiero. Te quiero.

El chaval comete un crimen por amor (de padre). Salomón le obliga a confesar y Maravillas se queda sola.

En la última secuencia, cada uno de los personajes tiene su frase. Revolotean en torno a la chica, ocupados en la tarea de aterrizar al padre en el mundo adulto. Ilusos. Ella permanece muda, por primera vez en silencio. El amor perdido duele. La traición de Salomón duele. «He pretendido ayudarte, pero no sé si lo he conseguido. ¿Lo he conseguido? Contéstame, ¿lo he conseguido?», pregunta el mago. No va a ser éste el momento en que Maravillas hable. Sigue atravesando Estigia. En silencio, le devuelve el segundo anillo y él comprende que no. Pero yo dudo de si su fracaso ocurrió hace un par de días, cuando arrancó la confesión que privaría a Maravillas del amor, o hace años, arrebatándole el miedo el día de su primera comunión.

Maravillas llora. La voz de su padre dice «se vive como se sueña: solos». Y ella le ve y le entiende por primera vez.


Nabokov y la creación de mundos nuevos

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La creación de mundos nuevos
Una obra de arte es la creación de un mundo nuevo, sin conexión con los mundos que ya conocemos. El escritor es el primero en trazar su mapa y poner nombre a los objetos naturales que contiene. El tiempo y el espacio, el color de las estaciones, el movimiento de los músculos y de la mente no son para los escritores de genio nociones tradicionales, sino una serie de sorpresas extraordinarias que los artistas maestros han aprendido a expresar a su manera personal.

La magia de una buena novela
Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal.

El poder de los detalles
Debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Tenemos que ver cosas y oír cosas: visualizar las habitaciones, las ropas, los modales de los personajes de un autor. El color de los ojos de los protagonistas y el mobiliario de su pequeña y fría habitación, son importantes.