La isla era sólo silencio. Peter vio que sus pasos le habían llevado al lago de las Sirenas en contra de sus deseos y el recuerdo de Wendy llegó como una exhalación. La dulce Wendy, a la que había prometido que algún día les llevaría allí de nuevo. Y había faltado a su palabra. Cuando regresó a por ellos, el Tiempo había matado su infancia, y él simplemente había dejado de existir para ella. Su nieta se le parecía como una gota de agua a otra, pero no era ella.
El Tiempo es impío en todos los sentidos.
El campamento indio había desaparecido y el olfato ya no recogía el olor picante del humo de las hogueras perpetuas. Los Niños Perdidos habían sido excluidos de la magia de Nunca Jamás hacía eones y sus estragos y huellas habían sido borrados por la maleza; desde entonces se había negado a volver al Árbol del Ahorcado, vencido por la vegetación de un punto de la isla cuya localización, pese a su mucho empeño, no había conseguido olvidar. En cuanto a las Sirenas, habían sido las últimas en irse, espantadas por los cambios, pero eso había sucedido en una época tan lejana, que los oídos habían olvidado ya el eco de sus risas. Así que la isla no era sólo silencio, sino también vacío. Y ahí estaba Peter, antiguo dueño y señor de un Nunca Jamás ahora batido por el viento, del que huyó la magia el día en que el barco pirata partió, rendido al fin; el día en que Peter perdió a quien justificaba su infancia eterna y Campanilla languideció sin aplausos.
Abatido, sin detenerse nunca, bajó a la bahía, donde Smee reposaba sus viejos huesos sobre una roca, con un pie colgando sobre el abismo y la cabeza descansando sobre una mano. Sus ojos estaban entrecerrados. Su respiración era entrecortada y ruidosa. Se estaba quedando dormido con la caña en la mano, pero qué más daba. Por hoy ya no picarían más.
Peter, ya nunca más un niño, se sentó a su lado y dijo sin pensar:
—En las noches más llenas de estrellas me persigue a menudo el recuerdo de aquel tic-tac. He llegado a comprender lo que ese sonido significaba para él.
—Ahhh, el buen y viejo capitán —dijo Smee, casi sin creerse la suerte de que por fin su único vecino le diera una ocasión para hablar de él—. Cuánto se le echa de menos... Cuánto le echo de menos, quiero decir.
Pero Peter asentía ya antes de la corrección, sólo que Smee no lo vio porque intentaba no mirarle. Tarea inútil, pues el cambio agredía también sus oídos. La voz de Peter, grave y ronca, diciendo ahora:
—Me aburre ver mi sombra a mis pies día tras día.
Smee, poco amigo de acertijos y confidencias de doble sentido, acabó por mirarle: los ademanes de Peter, pausados y viriles; su cuerpo maduro y musculoso, semidesnudo desde que la ropa dejó de servirle. El viejo contramaestre intentó recordar a un menudo manojo de nervios encaramado a la baranda del barco, con una mano en la cadera y una sonrisa insolente en el rostro, pero tuvo que apartar la vista para retener la imagen durante más de un segundo.
Se levantó y recogió su caña y sus cuatro peces.
—¿Cenamos?
Peter arrojó un guijarro al agua. El día en el que su hasta entonces mayor enemigo se fue, gritándole desde la lejanía que había ganado, un rival más eficaz se hizo dueño invisible de la isla, apoderándose en distintas formas de todos y cada uno de sus habitantes. Lo invadió todo, sin que Peter supiera qué fuerzas eran precisas para hacerle frente, y el niño eterno empezó a envejecer muy lentamente.
La victoria le había derrotado: su vida estaría repleta de años, solitarios y desconcertados por siempre jamás.
Desde que comenzó el año 2012, no he hecho otra cosa más que salir de trabajar a horas imposibles de creer. Por eso ha sido muy bueno, 28 días después, dejar que el viento me refrescara la cara; pasar la tarde del viernes viendo Nosferatu en un cine abarrotado (delante de mí se sentaba un chaval cuya presencia quizás era un gesto para combatir las sagas de "vampiros" de moda de hoy; o quién sabe si no sería cosa de su madre, que se sentaba a su lado; el chaval aguantó); y esta mañana, dejarme llevar plácidamente por la cuesta de Ribera de Curtidores bajo un sol espléndido; pese a ser yo tan mía, fue agradable hacer una excepción y charlar en esta tienda de fotografía con un viejo a quien le habían vendido dos pilas de tamaños diferentes; en aquella tienda de artesanía china con una mujer que me explicó las funciones de los enseres de un juego de caligrafía; en la tienda de sillas, con un artesano que me habló de ciertas mecedoras que no se encuentran en España.
Pero he mentido en mi primera frase. En algún momento de esta pesadilla, soñé con una escapada a Barcelona en la que conocía a dos personas excepcionales que me acogían como si fuera de la familia, compartían su comida y sus viajes conmigo, me paseaban pacientemente (y ojalá que sin fastidio) y me hacían recordar que el curriculum puede llevar algo más que hormigón y renuncias.
Y vuelvo a mentir. No fue un sueño, aunque sólo en sueños, o en los mundos virtuales que frecuento últimamente, puedan encontrarse incongruencias como, por ejemplo, baños cuyo lavabo no da a tu propia imagen sino a un paisaje de luz.
Y tampoco puedo decir que las conocí, pues al menos una me acompaña desde hace mucho tiempo desde lejos.Verse fue confirmar la sintonía y querer que la vida, que a fin de cuentas es la que manda, nos siga haciendo coincidir.
En este viaje también recordé que hay mucha gente que enriquece su vida, su bolsillo, sus experiencias y sus conocimientos a costa de mantener las orejas creativamente abiertas. En el trajín de estos días se me volvió a olvidar, pero esta mañana se me presentó una pequeña oportunidad de, quizás, iniciar yo un... no exactamente intercambio de favores, pero sí un quid pro quo que posiblemente a mí no me reportaría nada, pero que me serviría de entrenamiento y tal vez, quién sabe, podría hacerle un favor a un desconocido. Soy tan mía que, como le decía hace unos días a alguien, paso por la vida como si no pasara; ese alguien cree ciegamente en un talento y unas capacidades que me ha visto, y cuando ha vuelto a decírmelo una vez más le he recordado que mi hándicap es no establecer relaciones con casi nadie. Soy tan mía... soy muy mía.
Esta mañana no reconocí la oportunidad cuando la tuve delante, pero al cabo de unas horas la rescaté de mi memoria (vamos mejorando, en otras épocas habría tardado varios días). Veré si puedo hacerle un favor a alguien y si puedo empezar a librarme de la torre de hormigón, si no físicamente de momento, sí al menos mentalmente. Como espere a que me crezcan las trenzas para lanzarlas por la ventana, será tarde.
Pero he mentido en mi primera frase. En algún momento de esta pesadilla, soñé con una escapada a Barcelona en la que conocía a dos personas excepcionales que me acogían como si fuera de la familia, compartían su comida y sus viajes conmigo, me paseaban pacientemente (y ojalá que sin fastidio) y me hacían recordar que el curriculum puede llevar algo más que hormigón y renuncias.
Y vuelvo a mentir. No fue un sueño, aunque sólo en sueños, o en los mundos virtuales que frecuento últimamente, puedan encontrarse incongruencias como, por ejemplo, baños cuyo lavabo no da a tu propia imagen sino a un paisaje de luz.
Y tampoco puedo decir que las conocí, pues al menos una me acompaña desde hace mucho tiempo desde lejos.Verse fue confirmar la sintonía y querer que la vida, que a fin de cuentas es la que manda, nos siga haciendo coincidir.
En este viaje también recordé que hay mucha gente que enriquece su vida, su bolsillo, sus experiencias y sus conocimientos a costa de mantener las orejas creativamente abiertas. En el trajín de estos días se me volvió a olvidar, pero esta mañana se me presentó una pequeña oportunidad de, quizás, iniciar yo un... no exactamente intercambio de favores, pero sí un quid pro quo que posiblemente a mí no me reportaría nada, pero que me serviría de entrenamiento y tal vez, quién sabe, podría hacerle un favor a un desconocido. Soy tan mía que, como le decía hace unos días a alguien, paso por la vida como si no pasara; ese alguien cree ciegamente en un talento y unas capacidades que me ha visto, y cuando ha vuelto a decírmelo una vez más le he recordado que mi hándicap es no establecer relaciones con casi nadie. Soy tan mía... soy muy mía.
Esta mañana no reconocí la oportunidad cuando la tuve delante, pero al cabo de unas horas la rescaté de mi memoria (vamos mejorando, en otras épocas habría tardado varios días). Veré si puedo hacerle un favor a alguien y si puedo empezar a librarme de la torre de hormigón, si no físicamente de momento, sí al menos mentalmente. Como espere a que me crezcan las trenzas para lanzarlas por la ventana, será tarde.
Eran doce en aquella mesa, y ya estaban a los postres cuando empezó a diluviar. Cuando el señor Groucho vio cómo la lluvia golpeaba los cristales y oyó su chapoteo en las grandes hojas de las plantas de la terraza, yo, que no le perdía de vista, le oí decir "¡ay!", saltar de su silla como un resorte y levantar una mano para pegarme un grito tabernario "¡café, tabaco, licores!".
Se los llevamos. Hasta ese momento el señor Groucho había ocupado la plaza contigua a la de la señora Piccolini, la esposa del célebre corredor de Bolsa, y su conversación me había provocado sudores aunque en la cocina celebraban mi llegada cada vez que volvía de su mesa con nuevas ocurrencias. Ahora había logrado que alguien le prestara un sitio junto a los señores Johnson, Halloway y el propio Patrick Piccolini, aunque obligando a que varias personas se desplazaran un lugar, entre ellas el jefe del gabinete del alcalde.
–Traiga unas cartas, ¿eh? –pidió, gesticulando con el puro y señalando las copas.
–No tenemos, señor –aventuré, porque obviamente no se podía jugar.
–Vamos, no me diga que hay que pedírselas personalmente al gerente –y sus hombros, cuello, cara, nariz y ojos se estiraron hacia arriba para localizar al gerente–. Muchachos, recuérdenme que aconseje este ejercicio a la señora madre de Frank Spaulding. Tiene que ser fantástico para las arrugas.
Viendo cernirse la amenaza de una escena bochornosa, volví adentro y localicé al señor Fitzpatrick, gerente del restaurante. Éste dijo «buéeno, buéeno» abriendo las manos y enseñando todos los dientes, que es lo que hace cuando algún camarero entra contándole que el alcalde ha vuelto a anunciar a su señora que según el señor Fitzpatrick la langosta corre a cuenta de la casa. Con esto quiero decir que estaba encantado de que los señores Marx estuvieran allí, aunque implicara algún desastre. Por lo tanto, sacó una baraja del escritorio de su despacho.
–Siento decirle que no tenemos tapete –me disculpé ante el señor Groucho
–Es una vergüenza que un restaurante que cobra veintiséis dólares por un medallón de lubina no haga las cosas como es debido. Sepa que nos lo quedan debiendo.
Y a continuación, sí, se sacó la pechera, la extendió sobre una parte de la mesa libre ya de platos y copas y pidió a los que iban a ser sus compañeros de juego que sujetaran las esquinas con un codo cada uno.
Al otro extremo de la mesa, el protagonista era el señor Harpo. Alguien había mencionado la guerra de España un momento antes y al pasar por su lado le oí contando una historia que incluía un pintor español, un arpa con cuerdas de alambre de espino y el proyecto de una película en la que arderían jirafas. Es el caso que hablaba con mucha vehemencia y, aunque los invitados tenían su solera y se trataba de una cena de negocios, los que se sentaban a su lado se vieron contagiados y se formó una algarabía con la que los comensales de las otras mesas bregaban de distintas formas; algunos se levantaron y se fueron, lanzando hacia la mesa miradas furibundas que buscaban estérilmente una disculpa, pero otros estaban fascinados; había un hombre en particular que no disimulaba su satisfacción; en su cara podía verse una máquina de escribir tecleando a toda velocidad, quién sabe si para un periódico o para convertirse en el centro de alguna fiesta futura.
(Al día siguiente lo supimos: para un periódico…).
Mientras el señor Groucho y sus compañeros soltaban exclamaciones y hacían muchos aspavientos pero sin despegar los codos ni de la mesa ni del cuerpo para que ni la pechera ni las cartas saltaran por los aires (era de verse cómo en los momentos de tensión se agitaban con un brazo pegado al torso, macizos y rígidos como un alcornoque), el señor Harpo se levantaba de su asiento, gesticulaba, hablaba en voz alta o sacaba una armónica de su smoking para arrancarle cuatro acordes. A propósito, no es cierto lo que afirmó el periodista al día siguiente: el señor Harpo no forzó a cierta hija de cierto senador, que estaba en una mesa vecina, a ejecutar un baile por todo el comedor, sino que ella misma se levantó para bailar cuando él solicitó una pareja y en ningún momento se la vio disgustada.
Por abreviar: pasó el tiempo, ya no llovía, pero todos se sentían en su salsa y, aunque se sabía que no podíamos trasladarles a un reservado, algunos clientes airados que no se resignaban a irse habían pedido al señor Fitzpatrick que tomara cartas en el asunto. El gerente sabía bien que se imponía un telefonazo: cuando Chico Marx entró en el comedor quince minutos después, el señor Harpo había levantado a siete personas de varias mesas y las hacía interpretar una escena de Sopa de ganso para explicársela al secretario del alcalde, que no la había entendido, y, mientras las cartas volaban de un lado a otro, el señor Groucho había adoptado la manía de retar a duelo a algún compañero cada diez minutos y cada cinco ponía una copa sobre su esquina de la pechera para, estuviera fumando o no, ir a pedir fuego a las mesas cercanas donde había señoritas bellas y cortejarlas al vuelo ante las narices de sus acompañantes.
Chico Marx contó a sus hermanos maravillas de la fiesta de la que el señor Fitzpatrick le había sacado, por lo que ambos se despidieron de su mesa con mucho énfasis y se fueron, no sin que antes el señor Groucho me dijera en voz bien alta desde la puerta que al final de la velada podíamos quedarnos con la pechera, que nos la cedía para que el restaurante pudiera prestar al menos un tapete digno cuando lo solicitara la gente decente.
Leo La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester, una de esas novelas que, como La montaña mágica, se adora o se rechaza. Yo, como a La montaña mágica, la adoro, pero por ejemplo, si bien antes de leerla me apetecía regalársela a un conocido que aprecia enormemente a Bach, por estar la novela construida como una de sus fugas, ahora que estoy a punto de terminarla no me animaría. No parece una temática que a él pudiera gustarle.
Pero, leyéndola, se me ocurre que lo que hace destacar a un escritor por encima de la mediocridad es que incline la balanza de su cuidado más hacia la forma de mirar lo pequeño cotidiano que hacia la forma de explorar los Grandes Temas. Éstos, cualquier arquetipo en realidad, como un deseo sexual, un amor, la naturaleza de la verdad y de la mentira, la pérdida de la inocencia, un mito, la muerte, una culpabilidad, los padres o su ausencia, la bastardía, el interno tira y afloja entre individualismo y solidaridad de grupo, se escogen como núcleo (cómo no van a serlo) pero se tratan con naturalidad, con las alharacas justas: a veces es mejor dejar paso a la ironía y rebajar un poco el tremendismo, porque ya los escritores comunes se encargan de sublimarlos y convertirlos en la razón de ser de su escritura. Se me antoja que los Escritores, la Literatura, saben que los dilemas y misterios de los Grandes Temas (insertos en nuestro ser como una segunda piel) serán siempre irresolubles. Los escritores comunes, por su parte, encuentran placer en llenar páginas y páginas con su exploración exhaustiva de esta trillada vía central de cuatro carriles sin atender a nada más, con el secreto deseo de que la musa de los arquetipos les sea más favorable a ellos que a otros.
Lo fascinante de los Escritores y la Literatura reside, para mí, en la forma de mirar lo pequeño cotidiano, esos senderos llenos de posibilidades que los escritores comunes descuidan. En donde otro hubiera garabateado «en la taberna irrumpió un hombre disfrazado», Torrente escribe:
Pero, leyéndola, se me ocurre que lo que hace destacar a un escritor por encima de la mediocridad es que incline la balanza de su cuidado más hacia la forma de mirar lo pequeño cotidiano que hacia la forma de explorar los Grandes Temas. Éstos, cualquier arquetipo en realidad, como un deseo sexual, un amor, la naturaleza de la verdad y de la mentira, la pérdida de la inocencia, un mito, la muerte, una culpabilidad, los padres o su ausencia, la bastardía, el interno tira y afloja entre individualismo y solidaridad de grupo, se escogen como núcleo (cómo no van a serlo) pero se tratan con naturalidad, con las alharacas justas: a veces es mejor dejar paso a la ironía y rebajar un poco el tremendismo, porque ya los escritores comunes se encargan de sublimarlos y convertirlos en la razón de ser de su escritura. Se me antoja que los Escritores, la Literatura, saben que los dilemas y misterios de los Grandes Temas (insertos en nuestro ser como una segunda piel) serán siempre irresolubles. Los escritores comunes, por su parte, encuentran placer en llenar páginas y páginas con su exploración exhaustiva de esta trillada vía central de cuatro carriles sin atender a nada más, con el secreto deseo de que la musa de los arquetipos les sea más favorable a ellos que a otros.
Lo fascinante de los Escritores y la Literatura reside, para mí, en la forma de mirar lo pequeño cotidiano, esos senderos llenos de posibilidades que los escritores comunes descuidan. En donde otro hubiera garabateado «en la taberna irrumpió un hombre disfrazado», Torrente escribe:
Salieron a relucir los papeles doblados, que eran así como cuatro o cinco holandesas, las abrió con parsimonia, y leyó con su habitual, sonora y bien timbrada voz: Puntualizaciones por J(osé) B(astida) y en el mismo momento se detuvo y se quedó mirando hacia la puerta del café, fascinado, porque alguien perteneciente a un sistema real había echado mano de ciertos elementos naturalmente insertos en un sistema imaginario, se los había encasquetado e intentaba ahora introducirlos sin modificación alguna en un tercer sistema, tan real e indiscutible como lo era el salón del Café Suizo, con la pretensión visible, bien de que lo imaginario pasase por real, bien de que lo real se viese inmediatamente introducido en una serie imaginaria o al menos que por tal fuese tenida. Y no era Bastida sólo a mirar y a fascinarse, sino varios de los clientes que golpeaban el mármol de las mesas con las fichas de dominó, y el dueño desde su mostrador, y el correturnos metido en su frac de botones dorados, y el primer camarero en medio del salón (a punto de caérsele la bandeja). También miró el Rey Artús, y se quedó quieto de la sorpresa. Y Merlín. Y Galván, que dijo «¡Atiza!», sin recibir reprimenda; y Gowen, y Galaor y Bohor y, último de todos en mirar y fascinarse, Lanzarote. De la niebla había salido un embozado que no hubiera llamado la atención de nadie de llevar un sombrero cualquiera, o una boina, o una gorra de visera. Pero llevaba un sombrero de copa del año de la Pera; y cuando dejó caer el embozo de la capa con airoso ademán, de esos cuyo secreto se ha perdido, vieron todos un rostro fino y triste, con bigote caído y barba apuntada, que todos conocían. El hombre sacó una mano con guante gris, se quitó el sombrero, hizo una reverencia y volvió a ponérselo. Lanzarote se había levantado y el Rey Artús, la cabeza vuelta, examinaba de cerca el retrato del Vate colgado bajo el busto de Coralina. «Sí, es él», le advirtió Merlín; y José Bastida, con una sonrisa, dobló las cuartillas y las guardó.Quien escribe algo así con este embrujo oral para hablar de una sensación, apenas un movimiento, que otro despacharía en dos frases, bien puede llamarla Literatura.
A menudo el viejo sueña extraños viajes, incoherentes conversaciones o extravagantes compañías, pues no tiene mejor forma de distraer la soledad de su encierro. Por las noches su mente se puebla de movimientos y palabras que debieran haber sido dichas muchos años atrás. Por las mañanas, su cuerpo realiza en silencio mil actividades insignificantes mientras recorre las habitaciones con un arrastrar de pies que, al pasar los años, ha creado un leve surco en las baldosas que le indica invariablemente el camino a seguir.
La chica llega a mediodía llevando en una bolsa la ropa limpia del viejo. Con apenas un saludo, se encierra en la cocina con su música de bolsillo y le prepara algo ligero. Luego recoge la escasa ropa sucia del viejo y le pregunta si ha pasado bien la noche y si necesita alguna cosa y él responde con la cabeza, respectivamente, que sí y que no. Le ha hecho creer desde un principio que es mudo, por lo que la visita de la chica, con gran alivio para ambos, nunca sobrepasa la hora y cuarto. El viejo se recrea en los ecos que el portazo levanta en los pasillos, el único momento del día en que el ruido ocupa por entero la casa, y luego almuerza la mitad de lo que la chica ha preparado.
Dedica las tardes enteras a conjugar los fantasmas que le susurran desde las sombras de las esquinas. Se apoltrona en un sillón que se cae a pedazos, absorbiendo todo el sol que su agrietada piel puede recibir, y a ratos contempla el paisaje urbano y a ratos sueña despierto. El espectro de una mujer se sienta en el alféizar de la ventana de espaldas a la luz y de vez en cuando, si esa noche se le ha ocurrido algo nuevo, habla con ella intentando explicarse, aunque por lo general permanece callado, con la esperanza horrorizada de que ella le hable y que sus primeras palabras sean de perdón.
La noche llega pronto y encuentra al viejo recorriendo de nuevo la casa, atareado en mil pequeñas cosas, o cenando en la cocina la otra mitad del almuerzo. Cuando se acuesta, sueña extravagantes conversaciones, incoherentes viajes o extrañas compañías, como esa noche en que se le aparece el Diablo y le pregunta si ha vivido bien su vida y si necesita alguna cosa; él responde con la cabeza, respectivamente, que no y que sí. Pero el Diablo mira con más atención y ve que no hay nada que le puedan vender, así que por una vez se retira murmurando una disculpa y dejando al viejo con sus pensamientos y su soledad.
El año pasado, las fotos ochenteras y noventeras comenzaron a salir de los cajones de toda la casa y a repartirse por las paredes. Este año han terminado de hacerse fuertes en la sala, las habitaciones y los pasillos.
Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.
Hasta el año pasado, descansaban en los cajones mientras seguíamos creando más recuerdos de familia. Hoy toca acostumbrarse a la idea de que las tendremos por muchos años ante nuestros ojos. Se intenta apuntalar la cohesión familiar futura, principal e inconscientemente, con ellas.
Durante la pausa tensa que precede teatralmente a una sentencia aleccionadora, demoledora o ingeniosa, solemos temer lo que pueda salir de ahí. ¿Una verdad como un templo? ¿Palabras grandilocuentes y vacías a mayor gloria del guionista? Por suerte, a veces recibimos el regalo de las palabras justas.
En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:
–¿Por qué tenemos que morir?
Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:
–Para que la vida sea importante.
__
Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
En el último capítulo de la primera temporada de "A dos metros bajo tierra", alguien arrebatado por el dolor de la pérdida de un ser muy querido pregunta, con lágrimas en los ojos y voz ausente:
–¿Por qué tenemos que morir?
Su (joven) interlocutor, que durante su último encuentro con un doctor descubrió que puede morir en cualquier momento, responde:
–Para que la vida sea importante.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
En el episodio piloto de "A dos metros bajo tierra", un recién fallecido Nathaniel Fisher charla con su hija, tomando el sol en una tumbona. Has tenido suerte, le dice ella. Sí, fue tan rápido que no hubo tiempo de tener miedo ni de pensar en ello; nada de responsabilidades, responde él. Se acabaron las preocupaciones y el aburrimiento.
Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.
Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
Y el tener que esperar a morir, recuerda ella.
Él no se había dado cuenta hasta entonces y se ríe, aliviado. Iluminado por el sol.
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Míralos, anda (sólo el último es "spoiler").
Es libre quien se somete a las obligaciones que ha asumido por propia voluntad.
Lo dijo hace hoy exactamente 26 años el Tribunal Constitucional
Ha transcurrido el sábado entre tres libros, el recorrido del sol en el borde de la cama, la brisa que entraba por la ventana abierta y el silencio de este enorme, milagroso, patio de manzana, que aun en el centro de Madrid está tan lleno de luz y de silencio.
¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.
Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:
¿Son muchos libros para un día? El caso es que son breves: "El siglo XX y otras calamidades", del Marqués de Tamarón, artículos con temática que se explica sola con el título del libro; "Sangre a borbotones", de Rafael Reig, narración detectivesca en un presente paralelo en el que España forma parte de una Federación estadounidense, el petróleo se ha terminado y Madrid está atravesado de norte a sur por el canal navegable de la Castellana; y "Los cínicos no sirven para este oficio", de Ryszard Kapuscinski, tres transcripciones de sendas conferencias sobre lo que el periodista polaco considera que es el periodismo de calidad.
Se imbrican suavemente, y también con la realidad de mis días; el Marqués de Tamarón y Kapuscinski coinciden en su mención al fin de la historia de Fukuyama y su opinión sobre Unamuno; Reig y Kapuscinski se acuerdan de Walter Benjamin. Y es la última página que leo (de Kapuscinski) la que me deja la reflexión sobre la utilidad de mi sábado:
«Naturalmente, escribir es una selección, una elección, una decisión. Pero sé, por mi trabajo, que quien escribe intenta atraer al lector hacia el gusto por las palabras. Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar a entender algo del mismo».
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